lunes, 21 de febrero de 2011

HOMILETICA BIBLICA

HOMILÉTICA
PASTOR GUILLERMO SEBASTIAN OLIVERA
UNION DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS, CENTRO DE ORACION PENIEL
SAN JUSTO BUENOS AIRES
ARGENTINA

Homilética es el arte y la ciencia de la predicación. La predicación es la comunicación de la verdad de las buenas nuevas por un hombre a los hombres. En la predicación hay dos elementos: la verdad o el mensaje, y la personalidad o carácter del predicador. No se puede prescindir de ninguno de estos dos factores y ser todavía predicación. Para que el hombre pueda entender el mensaje de verdad, éste tiene que ser revestido de la personalidad humana del predicador. Sin la personalidad humana llegaría a ser una cosa teórica y abstracta. Por el otro lado, un discurso que se pronuncia con elocuencia, que no contenga el elemento de la verdad tampoco es predicación.
Esta verdad no ha de ser expresada mecánicamente, no simplemente por la boca y el intelecto, sino también por el carácter y la personalidad del predicador. Es preciso que la verdad domine la naturaleza moral y espiritual del predicador. El no ha de ser una máquina, sino un verdadero hombre lleno del Espíritu Santo y de fe, y el efecto de tal vida y tal predicación será que las almas de muchas personas serán conmovidas.
Esto nos lleva al propósito de la predicación, que siempre debe ser el de persuadir y conmover a las almas de los oyentes. El mensaje puede ser dirigido a los creyentes o a los incrédulos, pero el propósito no debe cambiar. Siempre debemos persuadir y conmover a las personas que nos oyen.

EL PREDICADOR
Predicar es la manifestación del Espíritu Santo en boca del hombre, pues se entrega el evangelio de manera racional y muy estudiada, reflexionada, de la manera más intensa que se pueda expresar el hijo de Dios. Hoy en día tenemos muchos predicadores que son toda pasión, pero carecen del conocimiento necesario, para entregar el verdadero mensaje de Dios él, propósito del sermón, pues no buscan el verdadero conocimiento y solo se excusan de su falta de estudios, aduciendo que son solo preparados por Dios en forma directa y que no necesitan de estudiar en ningún instituto bíblico o seminario teológico, muchos menos quieren aprender materias ministeriales y bíblicas, no aceptan sugerencias de ningún tipo, pero siguen entregando una pasión falsa y que ellos llaman unción.
Estos predicadores no comprenden el daño que hacen a la causa de la verdad. Deberían amar verdaderamente la Palabra de Dios y tener una fuerte consideración por la sana doctrina, pero su desapasionada entrega realmente comunica apatía e indiferencia. Al final, ellos minan el verdadero trabajo acerca del cual creen que fueron llamados a llevar adelante. El mundo (y la iglesia) serían mejor sin tales predicadores.

La predicación es la proclamación de la palabra de Dios a los hombres por mandato de Dios. Es el medio ordenado para la transmisión de la palabra de Dios al mundo y sirve también como un medio de gracia oficial para la edificación de la iglesia de Cristo.

La Palabra es predicada con interés transformador. El mensaje es presentado con una finalidad de salvación. El Sermón es compartido para obtener frutos que delaten cambios sustantivos, El predicador interesado en educar a su iglesia no les habla para adormecerlos, sino para que revelen compromiso con el Reino (La iglesia).

Por eso es que hemos dedicado en los últimos años muchas semanas a estudiar y a escribir sobre HOMILÉTICA, El Arte de Predicar, y deseamos sencilla pero sinceramente poder ayudar a todos nuestros hermanos con un verdadero interés de predicar y proclamar la palabra de Dios, en la medida de lo posible, para que seamos más prósperos y eficaces en nuestra labor como proclamadores de las verdades divinas.
De cómo lograr predicar eficazmente trata ésta materia.

Pretendemos en estas lecciones ofrecer a los estudiantes un máximo de ayuda para la preparación de sus mensajes, con un mínimo de reglas.
Estudiaremos el lado práctico del tema y el teórico. Y ayudará a quienes escuchamos mensajes regularmente, a lograr entenderlos y retenerlos en nuestra memoria.

EL CAMPO DE LAS NECESIDADES

Muchas personas asisten a las reuniones de la iglesia en busca de la solución a problema que no pueden hallar en los otros círculos en que se desenvuelven. Creen que el único remedio a sus perplejidades más profundas se encuentra en la religión.
Estas necesidades deben motivar al orador cristiano a preparar mejor sus sermones, ofreciendo un mensaje que ayude a aliviar las necesidades espirituales de sus oyentes. El sermón debe, a su vez, contribuir a fortalecer y estimular sus aspiraciones.
El conocimiento del campo requiere que el ministro esté familiarizado con el estilo de vida, con las costumbres, con las ideas que caracterizan a la gente de su comunidad. En cuanto a la congregación, el predicador tiene que tener una información precisa sobre:
(1) el nivel intelectual de la gente con quien trabaja
(2) el nivel social y económico,
(3) el nivel espiritual, incluyendo el conocimiento bíblico.
Aunque parezca algo secundario, aun las edades son importantes: ¿Son la mayoría adultos?, ¿Jóvenes? ¿Viejos?
El conocimiento del campo, es importante porque el predicador sabrá cuales son las necesidades más apremiantes de la grey. Sus discursos estarán diseñados a enseñar y orientar individual y colectivamente, confrontando problemas personales y familiares. Si los hermanos son débiles en la fe o poco instruidos, será necesario elevar su conocimiento bíblico (dándoles el alimento espiritual).
El orador sabrá qué nivel de lenguaje es más apropiado a la compresión de su audiencia, según su cultura. El orador tendrá también la capacidad de responder a preguntas reales y vitales. No estará respondiendo preguntas que nadie hace.
A) La HOMILÉTICA trata de la composición (armado - preparación) y la proclamación (presentación) de sermones.

B) Un SERMÓN es un discurso basado en la doctrina.
Sus cinco objetivos son:
1. enseñar las verdades divinas
2. convencer al incrédulo
3. fortalecer al débil
4. corregir al desviado
5. estimular al creyente en la práctica de las virtudes cristianas.
El predicador debe decidir cuál de estos objetivos será la meta de su predicación ¡antes de escoger el tema de su mensaje!

Predicación.
La predicación es la proclamación de la palabra de Dios a los hombres por mandato de Dios. Es el medio ordenado para la transmisión de la palabra de Dios al mundo y sirve también como un medio de gracia oficial para la edificación de la iglesia de Cristo.
Los mensajes.
Los mensajes no deben estar escritos y predicado para entretener al desocupado, ni para halagar la musicalidad del oído, del que busca belleza inoperante o palabras rebuscadas con poca capacidad de comunicación. La Palabra es predicada con interés transformador. El mensaje es presentado con una finalidad de salvación.
El Sermón es compartido para obtener frutos que delaten cambios sustantivos, que revelen compromiso con la iglesia. El predicador interesado en educar a su pueblo no les habla para adormecerlos, sino para despertarlos; no los orienta hacia la angustia, sino los dirige hacia la salud, no los mueve a "pastos secos e insípidos", sino hacia "aguas de reposo".
Por lo tanto, el predicador contemporáneo debe entender que la Biblia es el documento más importante de la iglesia, y que sus páginas contienen el recuento de las intervenciones salvadoras de Dios en la historia. La evaluación adecuada de este texto sagrado contribuirá significativamente al entendimiento y comunicación del mensaje cristiano.
EL PREDICADOR Y SU PERSONALIDAD
La personalidad del predicador tiene mucho que ver con el efecto de su mensaje. Un pintor puede ser un canalla, y sin embargo, hace una pintura que será admirada en gran manera; un escritor puede ser inmoral y no obstante producir un libro que le traiga mucha fama.
No es así con el predicador y su sermón. Son íntimamente unidos los dos; en verdad el sermón ha de ser la expresión de u misma vida y experiencia. Si no es así, lo que se llama su sermón no será sino “metal que resuena o címbalo que retiñe” (1a. Corintios 13:1).
La verdad tiene que llenar al predicador antes que él pueda proclamarla con poder que convenza. Aunque es cierto que un predicador desconocido puede engañar a la gente y aun puede haber almas convertidas a Cristo, sin embargo si ese mismo predicador permanece en el mismo lugar hasta que le conozcan, sus predicaciones llegarán a ser inútiles y aun perniciosas. Por tanto se ve que la preparación para el ministerio del evangelio no consiste en ciertas reglas para hacer sermones o la manera de darlos, sino en el desarrollo del mismo predicador

LA PERSONALIDAD DEL PREDICADOR


¿Qué clase de hombre debe ser el predicador? ¿Qué elementos de su carácter necesitan ser cultivados en el desarrollo de su personalidad. Veamos algunos puntos importantes:
1. NO HA DE SER IMITADOR
Cada sermón que predica debe ser marcado con su propia personalidad, y expresado en su propia manera. Cada hombre tiene su individualismo que debe marcar la obra que el Señor le ha dado para hacer. Muchos hombres han fracasado en su ministerio porque no estaban listos a ser como Dios lo había hecho. Querían imitar a otros.
Se debe notar que los hombres que copian las maneras de otros predicadores que han tenido buen éxito, casi siempre copian sus faltas y no sus virtudes, y haciendo esto se hacen ridículos al extremo. El predicador debe expresar su propia personalidad lo mejor que pueda, consagrándose al Señor y siendo lleno del Espíritu Santo. De esta manera satisfará su sinceridad, honrará a Dios, y será la mejor bendición al pueblo.


LA PERSONALIDAD EL PREDICADOR (CONT.)

2. DEBE SER HOMBRE DE PROFUNDA PIEDAD
En las cartas del Apóstol Pablo ya anciano, al joven Timoteo, aquel le exhorta muchas veces a la pureza y a la piedad de vida. Lo que somos habla más recio que lo que decimos, y ciertamente de una manera efectiva. “Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová” (Isaías 52:12).
El predicador tiene que ser limpio en los hábitos de su vida. No ha de tener ningún hábito de su vida. No ha de tener ningún hábito impuro ni vicio secreto. Al que peca secretamente, Dios lo avergonzará públicamente. La vida de David es una ilustración de esa verdad. Le faltará poder en el púlpito al predicador que no es limpio en su vida privada. El no puede presentarse con confianza si sabe que su vida no es pura como debe ser. “Así que, si
alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2a. Timoteo 2:21


LA PERSONALIDAD DEL PREDICADOR

3. DEBE SER HOMBRE QUE HABLA VERDAD
La exageración es una forma de mentir. Cambiar la verdad es mentira. El predicador no ha de mentir aun para hacer una ilustración. La vida del predicador es una mentira si pretende ser lo que no es. La piedad en el hogar debe acompañar la piedad en el púlpito. Tenemos que decir la verdad a Dios y ante los hombres. Si hemos hecho votos a Él paguemos los votos. Si hemos prometido cumplir cierta obligación ante los hombres en tal día, cumplamos es obligación. Si no lo podemos cumplir, seamos hombres y confesemos que no lo podemos hacer.
4. DEBE SER HOMBRE FORMAL
El predicador debe recordar de quien es siervo y que corte representa. Algunos predicadores entristecen al Espíritu Santo más por las palabras torpes y chanzas que de cualquier otro modo. No debe llegar al púlpito con espíritu de levedad—presentar el mensaje de Dios es asunto serio.
5. DEBE CUIDAR SU SALUD FÍSICA
El Predicador debe ser lo mejor que pueda físicamente. Un cuerpo sano es atractivo en el púlpito y es una ayuda en la vida espiritual. Por tanto es de importancia tener suficiente descanso, tomar ejercicio y observar una buena dieta.

EL BUEN ÉXITO EN LA PREDICACIÓN

EL BUEN ÉXITO EN LA PREDICACIÓN DEPENDE DE VARIAS COSAS
1. El predicador debe tener un conocimiento amplio de la Palabra. De conocerla y saber aplicarla a la vida diaria.
2. El Predicador debe estudiar la naturaleza humana. Si nos estudiamos a nosotros mismos conoceremos a otros al bien.
3. El Predicador debe tener interés verdadero en bienestar del pueblo que está sirviendo.
4. El Predicador debe ser bondadoso y cortés con todas las personas.
5. El Predicador debe ser inteligente y dirigido por la razón en sus decisiones.
6. El Predicador debe hacer uso del sentido común, ya sea en el púlpito o fuera de él.
7. El Predicador debe predicar de un corazón lleno, directamente a los corazones y las conciencias del pueblo, con devoción santa.
8. El Predicador debe saber terminar antes de cansar al auditorio.
9. El Predicador debe recordar que es mejor agradar que ofender más fácil atraer con miel que con vinagre – p ero no es bueno procurar agradar sólo para tener el favor del pueblo.
10. El Predicador debe vivir de tal manera que todos sepan que práctica lo que predica.
11. El Predicador debe dedicar todo su ser, espíritu, alma y cuerpo al trabajo sagrado.


LOS INSTRUMENTOS DEL PREDICADOR.

Como todo buen artesano, el predicador debe tener ciertos instrumentos a su alcance. Estos instrumentos le ayudarán a ser un mejor predicador y preparar mejores mensajes. Los instrumentos que presentamos en esta lección son básicos, y el predicador debe aprender a usarlos bien.
1. LA BIBLIA
Este es el instrumento más importante de todos, y es por eso que el predicador debe tener un buen conocimiento de la Palabra. Debe comprender el manejo correcto de la Biblia, debe estudiarla con cuidado y con un corazón abierto para exponer el mensaje de la Biblia con claridad.
Recomendamos que use para la predicación la versión Reina Valera revisión 1960, por ser la más común en las iglesias evangélicas. Pero el predicador debe también tener todas las otras versiones disponibles para su estudio, ya que muchas veces otras versiones nos dan alguna aclaración de algunos pasajes bíblicos. Algunas versiones son: La Versión Moderna (1893), La Versión Hispánica (1962), La Versión Popular (1966), El Nuevo Testamento Viviente (1972), La Biblia de las Américas (1973).


LOS INSTRUMENTOS DEL PREDICADOR

2. UNA CONCORDANCIA
La concordancia es como un diccionario que contiene las palabras de la Biblia en orden alfabético. Por medio de la concordancia, el predicador puede buscar alguna palabra de un texto y hallar la cita donde se encuentra en la Biblia. Es una gran ayuda en la preparación de sermones.
Hay varias concordancias que uno puede conseguir. Algunas concordancias, como las que vienen adjuntas a la Biblia, no son completas y contienen solamente las palabras más importantes.
Pero el predicador puede conseguir una concordancia completa de las Sagradas Escrituras que contienen todas las palabras de la Biblia.
3. EL DICCIONARIO BÍBLICO
El diccionario bíblico es un libro que contiene muchos datos históricos, la definición de términos, y datos biográficos que ayudan al predicador a tener un mejor trasfondo para la predicación.
4. COMENTARIOS
Los comentarios ayudan al predicador en la interpretación de La Biblia. El predicador debe tener por lo menos un comentario, y si es posible, varios comentarios para poder comparar las diferencias interpretaciones de la Biblia. Sin embargo, los comentarios no son inspirados y deben ser usados sólo como una fuente de referencia.
5. LIBROS DE ESTUDIOS BÍBLICOS
Hay muchos otros libros sobre ciertos temas de la Biblia, o sobre alguna epístola. Estos libros también son de ayuda al predicador que quiere mejorar y ampliar su conocimiento y su predicación. En el estudio de estos libros es recomendable: siempre leer la Biblia juntamente con el libro, y no basar mensajes solamente en algún libro.

PREPARANDO EL MENSAJE

¿Cómo comienza uno a preparar un mensaje? ¿De dónde viene el mensaje? Estas son preguntas importantes, y a la vez difíciles de contestar, porque hay muchos métodos que se pueden usar para el inicio de un mensaje. Casi cada predicador tiene su propio sistema de preparar mensajes y el estudiante debe desarrollar su propio método.
En esta lección veremos algunas ideas y sugerencias que pueden ayudar al predicador en preparar sus mensajes.
1. Tenga un objetivo. Cada mensaje debe tener un propósito. Sin una meta, el predicador no puede empezar la preparación de un mensaje. Conocer bien las necesidades de su congregación le ayudará al predicador en establecer el objetivo de su mensaje.
2. Busque una porción bíblica que corresponda al objetivo que quiere lograr. La Biblia es una fuente inagotable de recursos para mensajes que hablen a las necesidades de los hombres.
3. Tenga un corazón abierto a la dirección del Espíritu Santo. Este es el factor más importante en la preparación de un mensaje. El Espíritu Santo nos ayuda a descubrir las verdades eternas de la Biblia y nos enseña cómo aplicarlas a las vidas de nuestros oyentes.

PREPARANDO EL MENSAJE (CONCLUSIÓN)

En esta lección estaremos viendo otras sugerencias para la preparación de mensajes.
1. LA ORACIÓN
Debemos recordar que somos representantes de Dios ante el pueblo. Ellos esperan oír un mensaje de Dios. No podemos presentar este mensaje sin la unción del Espíritu Santo, y solamente por la oración podemos tener esa unción.

2. EL ESTUDIO
Juntamente con la oración viene el estudio. Las dos cosas se completan entre sí. El que sólo ora y no estudia no podrá presentar un mensaje claro y entendible, y el que sólo estudia y no ora dará un mensaje vacío y sin poder.

3. EL BOSQUEJO
Para recordar los pensamientos y para poder presentar el mensaje en forma más fácil de entender, es necesario hacer un bosquejo. El bosquejo es como el esqueleto del mensaje. Será responsabilidad del predicador revestirlo con la “carne” que dará alimento espiritual a sus oyentes.

EL TEMA DEL MENSAJE

1. Es de mucha importancia tener un tema que uno conoce bien. El predicador que procura predicar sobre un tema que él mismo no entiende tendrá un fracaso.
2. Se debe escoger un tema que la congregación entenderá. Siempre debemos procurar predicar al nivel de nuestros oyentes, usando palabras que ellos entienden, y sobre un tema que ellos podrán apreciar.
3. El tema debe ser de valor espiritual. Se puede desarrollar otros temas interesantes como de la historia, la ciencia u otros asuntos. Pero eso no es predicar a Cristo ni la Biblia. Debemos predicar sobre las cosas que edifiquen a nuestros oyentes en su vida espiritual, tal como las grandes doctrinas y la aplicación práctica de éstas a la vida diaria.
4. El tema debe coincidir con el blanco u objetivo del mensaje. No debemos predicar sólo por predicar. Toda predicación debe tener como fin conmover a los oyentes y estimularles a alguna acción espiritual.
5. No escoja un tema que no esté de acuerdo con su propia experiencia. Si uno no está viviendo santamente, no debe predicar de la santidad. No se puede predicar de la victoria completa si uno mismo vive en derrota.
6. El tema debe ser apropiado al tiempo, al lugar y a los oyentes. No es apropiado predicar mensaje evangelístico a un grupo de creyentes, ni es aconsejable predicar sobre el crecimiento en la vida cristiana a un auditorio de inconversos.

LAS VENTAJAS DE TENER UN TEXTO

El texto es la porción o parte de la Palabra de Dios en que se basa el mensaje. Hay varias ventajas de tener un texto.
1. Guarda al predicador cerca de la Biblia. No hay mucho peligro de olvidar o despreciar la palabra si se acostumbra explicar pasajes o porciones de ella con cuidado.
2. Ayuda al predicador a evitar que su mente se distraiga y que vague por otros rumbos. El predicador debe seguir el hilo del texto y preguntarse si no está divagando.
3. Despierta interés en la congregación. Si se escoge bien el texto sirve de estímulo a los oyentes.
4. Gana la confianza de la congregación. Los oyentes saben que el predicador va a proclamar la Palabra de Dios y no sus propias opiniones.
5. Da autoridad y valor al predicador en proclamar su mensaje. Ya sabe que “así dice Jehová” no tiene por qué temer. A la vez, el pueblo está deseoso de oír un mensaje con autoridad divina.

CÓMO ESCOGER TEXTOS

En esta lección queremos dar algunas indicaciones sobre el texto y cómo escogerlo.
1. Busque la dirección del Espíritu Santo. Si vivimos continuamente bajo la influencia y el poder del Espíritu Santo no será difícil obtener esta dirección.
2. Lea la Biblia con constancia. La Biblia es la mina del predicador. Cuando algún pensamiento, ilustración o argumento le impresiona, debe apuntarlo en un cuaderno. A veces al leer las Escrituras, un cierto texto o pasaje le llama la atención y aun un bosquejo se presenta. Hay que apuntar tales pensamientos y algún día le servirán.
3. Esté al tanto de las necesidades de su congregación; sus necesidades físicas, mentales, morales y espirituales. El predicador que toma en cuenta las necesidades de su congregación les ayudará con sus mensajes.
4. Lea otros libros buenos. Hay que leerlos, no para copiar, sino para recibir inspiración. Estos libros sirven como tónico para la mente y el corazón. El estudio de las biografías de grandes predicadores, misioneros y reformadores es una grande inspiración al predicador.
PRECAUCIONES ACERCA DE ESCOGER UN TEXTO

Hay ciertas precauciones que el predicador debe tomar al escoger el texto para su mensaje.
1. No debe escoger texto demasiado difícil. Hay algunos textos que son oscuros, profundos y difíciles de interpretar. El predicador no debe meterse a las aguas profundas si no está seguro que sabe nadar bien. Es preferible usar textos que son claros y entendibles.
2. Se debe evitar la controversia. No es aconsejable usar el púlpito para la polémica. Nunca debemos usarlo como un fuerte de donde atacar a los enemigos. Debe evitar usar textos controvertibles, porque será fácil caer en el error de estar predicando nuestras propias opiniones.
3. Hay que tener cuidado si se usa textos del libro de Job, Cantares o Eclesiastés. Se debe considerar el objeto del libro y el carácter de la persona que habla.
4. Nunca debe usarse como texto una parte de un pasaje que solo expresa una parte de la verdad. Ejemplo: “No hay Dios”, Salmo 14:1 “Todo hombre es mentiroso”, Salmo 116:11-
INTERPRETANDO EL TEXTO

Queremos ahora considerar algunas reglas para la interpretación correcta del texto.
1. Hay que averiguar si el lenguaje del texto es literal o figurativo. Vea Juan 2:19, 21, 22. En este pasaje las palabras “templo” y “cuerpo” se referían literalmente al cuerpo físico de Cristo. Vea Mateo 26:26. En este pasaje la palabra “cuerpo” se usa no en forma literal sino figurativa. Las palabras “lavando” y “lavar” son usadas literalmente. En la historia de Naamán (2°. Reyes 5) se usa en el sentido literal, mientras en 1a. Corintios 6:11 la palabra “lavados” se usa figurativamente.
Siempre debemos tomar la Biblia en sentido literal a menos que el contexto, los pasajes paralelos o el mismo texto muestren que el lenguaje es figurativo. Creemos que la Biblia dice lo que quiere decir. Averiguar lo que la Biblia dice requiere estudio esmerado.
2. Hay que averiguar el sentido de las palabras dado por lo diferentes escritores de la Biblia. Todos no dan el mismo sentido a la misma palabra.
Ejemplo: La palabra “fe” –en Gálatas 1:23; 1a. Timoteo 3:9; 4:1 y Hechos 24:24 quiere decir el Evangelio de lo cual fe en Cristo es la gran doctrina. En Hechos 17:31 y Hebreos 11:1 quiere decir prueba o evidencia.
3. Hay que considerar las circunstancias del escritor y de las personas a quienes fue escrito. ¿Bajo que condiciones fueron escritas las palabras? ¿Qué era el carácter del pueblo a quien fue escrito?
4. Ejemplo: En 1a. Corintios 3:1-3, Pablo se dirige a la situación que existía en la Iglesia de Corinto. No podemos aplicar estos versículos universalmente a todas las iglesias ni a todas las personas en este tiempo. Por cierto se aplican a ciertos casos hoy, pero reconocemos que también hay iglesias espirituales.
5. Hay que considerar la enseñanza de toda la Escritura en conjunto. Ningún texto debe ser interpretado aparte de lo que toda la Biblia enseña. Se entiende mejor la Escritura comparándola consigo misma. Los hombres piadosos de todas las edades han sentido la necesidad de leer reverentemente la palabra de Dios comparando Escritura con Escritura.
Ejemplo: Si en base de Romanos 5:1-11 uno enseña que la justificación por la fe nos libra de la necesidad de la santidad, no es bien interpretado, porque contradice las otras enseñanzas de la Biblia, tales como 1a. Tesalonicenses 4:3 y Hebreos 12:14.
6. Un conocimiento de las costumbres del pueblo a quien la Biblia fue escrita es una gran ayuda en interpretarla correctamente. Ejemplo: En Juan 13:14 Jesús dijo a sus discípulos, “vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”. Para entender este versículo tenemos que saber algo de las circunstancias y de la cultura de los judíos. Los judíos siempre mandaban a sus siervos a lavar los pies de sus huéspedes. Era trabajo de mozo. Jesús lo hizo y mandó a sus discípulos que lo hicieran. Aquí la interpretación importante es la lección de humildad y servicio.

LAS FUENTES DE INTERPRETACIÓN DEL TEXTO

Existen fuentes de interpretación que pueden ayudar al predicador en la preparación de su mensaje. En esta lección vamos a ver algunas de éstas.
1. El contexto del pasaje: El contexto, es, sencillamente, lo que va con el texto; lo que viene antes y lo sigue después. Por eso es muy importante estudiar todo el pasaje para ver en que circunstancias se dijo las palabras del texto, y que es su verdadero sentido.
2. El uso de pasajes paralelos. Se debe usar diligencia en comparar textos paralelos, pasajes en que el asunto es el mismo, equivalente o semejante. Compárense Marcos 8:36 con Lucas 9:25 y Mateo 21:1-11 con Marcos 11:1-11. Muchas veces descubrimos nuevos detalles en el relato al leer la misma historia en los diferentes evangelios.
3. El texto mismo. Hay que averiguar exactamente lo que quiere decir la Biblia en el texto. Para esto hay que leer cuidadosamente varias veces, observando la puntuación, las tildes, etc.
4. Otros libros de estudios tales como los medios disponibles para la buena interpretación del texto, pero no olvidemos que la Biblia misma es su mejor comentario.
EL MATERIAL PARA EL MENSAJE

Habiendo escogido el texto y el tema uno necesita recoger el material para la preparación del mensaje. Aquí uno debe insistir en pensar por sí mismo, y no predicar los pensamientos y sermones de otros. Aunque cuete mucho al principio, hay que hacerlo, y al fin tendrá éxito, porque haciéndolo, uno aprende a hacerlo. Predicando el sermón de otros como si fuera propio es una forma de robar.
Al comenzar a pensar en el texto y el tema, ¿qué preguntas se hacen?
1. ¿QUÉ HE LEÍDO SOBRE ESTE TEMA
Recoja sus pensamientos. Escríbalas mientras esté pensando, no procurando ponerlos en orden primeramente. La primera cosa es pensar. Algunos no tienen muchos pensamientos porque no leen mucho. La lectura hace sabio al hombre. Es como un tónico a la mente. Al hombre que lee no le faltarán los pensamientos. Si uno no lee mucho, tiene muy poco que dar. Sobre todo, debe leer la Biblia, no de vez en cuando, sino de una manera sistemática y regular. Tendrá fracaso el predicador que lee la Biblia solamente para sacar sus textos, y no se llena de sus verdades y pensamientos. Nunca descuide del estudio de la Palabra. Entonces lea buenos libros: historia, geografía, ciencia y sermones.
2. ¿QUÉ HE OBSERVADO QUE DARÁ LUZ SOBRE ESTE ASUNTO?
El predicador debe tener siempre ojos que vean en las circunstancias ordinarias, lecciones útiles. Cristo observaba, y sus sermones abundan con ilustraciones tomadas de lo que Él veía y oía: “El sembrador salió a sembrar”, “considerad los lirios”, “Diez vírgenes … salieron a recibir al esposo”. Jesús veía, oía y usaba tales cosas en sus sermones. Es bueno tener un cuadernito siempre a mano para apuntar lo que se ve y se oye que impresiona. Tales ilustraciones serán más interesantes y a propósito que las que se toman de un libro.
3. ¿QUÉ HE PENSADO SOBRE ESTE ASUNTO
El Predicador debe estar escribiendo los pensamientos sobre varios temas cuando le vienen y luego añadir a ellos mientras vayan desarrollándose. Muchos pensamientos buenos se pierden porque no los escribimos.
4. ¿QUÉ MATERIAL TENGO YA SOBRE ESTE ASUNTO?
Uno no debe procurar recordar todo, sino guardar su material donde pueda hallarlo. El peligro de recoger material solamente al tiempo de predicar, es que los pensamientos no serán bien digeridos. Necesitas uno estar recogiendo siempre verdades que le ayudarán o le servirán.

EL ARREGLO DEL MATERIAL

El predicador debe arreglar el material de tal manera que todo converja al propósito del mensaje. Para algunos es fácil el arreglo; pero para la mayor parte es verdadero trabajo. De todos modos el predicador debe aprender a hacerlo.

LAS VENTAJAS EN EL ARREGLO DEL MATERIAL
1. Para el predicador. Es de gran ventaja para el predicador porque para el buen arreglo se necesitan pensamientos claros y ordenados, además de un conocimiento del asunto. Una vez bien arreglado, es mucho más fácil que el predicador siga el hilo de su mensaje.
2. Para los oyentes. Mucho del efecto del mensaje depende del arreglo de los pensamientos. Si el mensaje está bien arreglado es más fácil para la congregación entenderlo y retenerlo. Si está desordenado e indistinto, aunque sea elocuente, no retendrá mucho la congregación. Y este es el propósito en predicar: que la congregación saque provecho.
LAS CARACTERÍSTICAS Y CUALIDADES DEL BUEN ARREGLO
1. Un solo Tema. Una de las lecciones que el predicador debe aprender primero es concentrarse en un solo tema. No debe tener varios en el mismo mensaje.
2. Las divisiones del sermón deben tener una conexión lógica. No debe exhortar antes de instruir, o dar la aplicación antes de la explicación. El argumento para el intelecto debe preceder a la apelación de las emociones. De las emociones se llega a la voluntad. El lado negativo precede al positivo, las generalidades a las particularidades. Generalmente el plan del mensaje debe ser fácil de seguir, pero no debe ser siempre lo mismo.
LA INTRODUCCIÓN

Cada mensaje debe empezar con una introducción. El propósito de la introducción es:
1. Para despertar interés. Si no se logra el interés en el principio, es probable que no se logrará durante todo el mensaje. La congregación no tendrá interés simplemente porque se le ha suplicado escuchar. El que habla tiene que despertar interés.
2. Para introducir lo que sigue en el mensaje. Recordando esto, no es bueno poner todo el mensaje en la introducción. No debemos presentar todo de una vez.
3. Seguidamente veamos algunas fuentes de una buena introducción.

1. EL TEXTO
a. El contenido del texto. Ejemplo: Efesios 1:3-14. Se ve que es un himno de alabanza a la Santa Trinidad: al Padre, verss. 3-6; al Hijo, verss. 7-12; al Espíritu Santo, verss. 13, 14. Es interesante esto como introducción.
b. De la familiaridad del texto. Ejemplo: Salmo 23:1. Aquí se puede hablar de los miles que han sido bendecidos por este texto. Esto da interés al principio.
c. Corrigiendo ideas falsas acerca del texto. Ejemplo: 1a. Timoteo 6:10. No dice que el dinero es raíz de todos los males como muchos suelen pensar, sino el amor al dinero.
2. EL CONTEXTO
Es un mensaje sobre Juan 3:3, el contexto haría una introducción interesante.
3. LA HISTORIA ACERCA DEL TEXTO
En un sermón sobre Isaías 6, sería interesante hablar del tiempo de Isaías, el reinado glorioso de Uzías, su pecado, castigo y muerte, y luego después de la muerte del rey, la visión de Isaías.
4. UNA DESCRIPCIÓN DEL LUGAR
Muchas veces el lugar donde se hablaron las palabras del texto añade unos detalles de interés para una introducción.
5. LAS COSTUMBRES Y CULTURA DE LA BIBLIA
Una congregación siempre tiene interés en los hábitos y costumbres de las personas mencionadas en la Biblia.
6. LAS CIRCUNSTANCIAS
Saber bajo qué circunstancias fue escrita la porción es de interés. En un sermón sobre Filemón, el relato de las circunstancias de Pablo es de interés. Su amigo Filemón, era dueño de esclavos. Un esclavo, Onésimo, se fugó a Roma. Allí fue convertido y Pablo le iba a volver a su amo y escribió la carta para mandarla con Onésimo a Filemón.
LAS CARACTERÍSTICAS DE UNA BUENA INTRODUCCIÓN.

Siendo que la introducción es tan importante, queremos ver algunas de las características de una buena introducción:
1. No debe prometer demasiado. Es bueno preparar la introducción después de preparar el mensaje.
2. No debe ser muy recia y demasiado llena de emoción. Mejor es comenzar con un todo ordinario y tratar el mensaje gradualmente.
3. No debe ser demasiado larga. Una anciana dijo una vez que su pastor ocupaba tanto tiempo en poner la mesa y arreglar las cosas, que ella ya había perdido el apetito cuando la comida llegaba, o antes que llegara.
4. Debe tener relación vital con el tema. La introducción no debe referir un asunto y el mensaje a otro.
5. Debe contener solamente un tema. Así como no se debe tratar más de un tema en el mensaje, tampoco se debe tratar dos asuntos en la introducción.
6. Debe tener una transición natural. Debe ser fácil salir de la introducción al cuerpo del mensaje. La introducción debe servir de embudo para canalizar los pensamientos hacia el hilo del mensaje.
7. Debe ser preparada con cuidado. Recuerde que el éxito de su mensaje depende de la primera impresión que tenga la congregación. La introducción puede preparar el ambiente para el mensaje, o destruir el interés de los oyentes.
8.
7. LA OCASIÓN
En un sermón predicado al aire libre se puede hacer referencia a que Cristo predicó al aire libre. Un predicador dio mensaje a unos trabajadores. Él introdujo su mensaje con contar que Cristo trabajó como carpintero.

8. EL TEMA ILUSTRADO POR UN SUCESO RECIENTE
Algún terremoto, inundación o tragedia puede servir como una introducción a un mensaje sobre la inseguridad de la vida, bienes y posesiones.

EL MENSAJE MISMO

El desarrollo del mensaje mismo ha sido llamado el plan o argumento. Uno puede hacer el número de divisiones o puntos principales como sean necesarios. Pero es aconsejable tener por lo menos dos, pero no más de cinco divisiones. Por lo general se hacen tres divisiones principales. Algunas sugerencias en cuanto a las divisiones son:
1. No deben ser demasiado marcadas o diferentes. Debe haber una conexión lógica entre las divisiones.
2. Las divisiones deben presentar el tema a la congregación en una manera clara, definida y completa. Se debe tener cuidado especialmente cuando el tema no es muy claro en el texto.
3. Las divisiones deben ser naturales y lógicas referente al orden y transición de una a otra.
4. Las divisiones negativas deben preceder a las positivas. Hay algunos que creen que las divisiones deben ser anunciados en el principio; otros, que deben ser dadas al llegar el punto, y aún otros que creen que nunca deben ser mencionadas en el púlpito. Cada uno tendrá que decidir por sí mismo.
LA PRIMERA DIVISIÓN
La primera división de un mensaje debe tratar de aclarar el asunto y la doctrina o deber que el sermón quiere enseñar. Debe contestar la pregunta, ¿Qué es? No debe haber ninguna equivocación o parte mal entendida del tema cuando la primera división está concluida. En un sentido especial, esta división apela al intelecto en vez de las emociones o la voluntad.
¿Cómo podemos contestar la pregunta "¿Qué es?" en el mensaje?.
1. Por definición del Tema y sus términos. Si el tema del sermón es la santificación, la primera división puede dar la definición de la palabra, otros términos que quieren decir la misma cosa, errores en cuanto a la santificación y lo que no es. Puede ser aclarado el tema, dando su relación a la justificación.
2. Por comparación. Podemos comparar, relacionar y hacer contraste entre el tema y otros asuntos. Cristo usó este método muchas veces, comparando el reino de los cielos a alguno cosa bien conocida. “El reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas”, “El reino de los cielos es semejante a una red”. Jesús vendrá “como ladrón en la noche”. Las escrituras usan el método de definición por contraste. Por ejemplo, las ovejas y las cabras; el trigo y la cizaña; la luz y la oscuridad.
3. Por ilustración. Una ilustración es al sermón lo que una ventana es a una casa. Una casa no debe ser toda ventana, ni un sermón toda ilustración. Uno debe estar muy seguro que la ilustración verdaderamente ilustra el tema. En resumen diremos que el propósito de la primera división del mensaje es exponer el tema en una manera clara, por definición, explicación, relación, comparación, contraste o ilustración.
LA SEGUNDA DIVISIÓN

La segunda división de un mensaje debe contestar la pregunta ¿Por qué? Debe exponer la necesidad, la razón y el por qué uno debe creer y aceptar lo dicho.
No es suficiente decir que una cosa es cierta. Hay que probarlo. Cristo dio muchas pruebas infalibles de su resurrección. Por supuesto no es necesario probar todas las cosas, pues hay unas que son muy evidentes. No es necesario probar que existe el sol. Se puede ver. Tampoco necesitamos probar que hay Dios.
Comencemos con un hecho ya conocido por el oyente. Procedamos de lo conocido a lo desconocido. Usemos argumentos comunes. Cuando Pablo hablaba a los agricultores hablaba de “tiempos fructíferos”, pero cuando hablaba a los atenienses hablaba de “sus poetas”. Los pobres escuchaban a Jesús con gusto porque les hablaba de una manera que podían entender. Es bueno en tanto que sea posible, usar argumentos de las Escrituras porque convencen mejor.

¿De qué podremos hacer argumentos?
1. De la Causa y Efecto. Esto quiere decir que cada efecto tiene una causa. Nada es sin causa. Si uno quiere probrar la resurrección de Jesucristo, puede usar argumentos tales como la tumba vacía, la Iglesia Cristiana, etc. Estos son efectos. ¿Qué son las causas? ¿Cómo sucedió que la tumba quedó vacía? Era por el poder divino de Cristo.
2.
3. Del Testimonio. El testimonio puede tener mucho uso en un mensaje. ¿Qué piensan de Cristo? ¿Qué era el testimonio de los que le conocieron bien? ¿Qué dijeron de Él sus enemigos? Mucho del efecto del testimonio depende del carácter del testigo, el número de testigos, y el hecho a que testifican. Lo primero con respecto al testimonio es la autoridad de las Escrituras. En cuestiones de la fe y de la práctica cristiana, la Biblia es la última autoridad. Uno debe tener mucho cuidado en citar a otros autores.
4.
5. De la Analogía. Esta forma de raciocinio está basada en la semejanza de dos o más cosas en ciertos puntos, y su semejanza inferida en otros puntos. Si los hombres dicen que la doctrina del pecado original es incompatible con la bondad divina, podemos señalar, como prueba por analogía, la enfermedad heredada, la deshonra heredada y las tendencias al vicio heredadas.
6.
7. De la Refutación. Refutar es más fácil que probar, como más fácil es deshacer que hacer. En la refutación, dígase claramente la cosa que va a refutar, y entonces contéstese.
8. La experiencia. El argumento de más valor de la existencia de Dios y de la deidad de Cristo, es la experiencia cristiana. Pablo usó este modo en 1a. Corintios 15:17. “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. Los corintios sabían que fueron librados de su vida pecaminosa por un poder sobrenatural que había venido del Cristo, resucitado. En la experiencia de la oración, la oración contestada es la mejor prueba de la realidad de la oración.

COMPOSICIÓN DE SERMONES
Un mensaje bien preparado contiene tres partes principales:

a) INTRODUCCIÓN
b) CUERPO
c) CONCLUSIÓN

a) La INTRODUCCIÓN es la primera parte. Es la preparación para el cuerpo. Sirve para fijar la atención del oyente en el tema y despertar su interés.
Por lo tanto, debe relacionarse estrechamente con el tema.
No debe ser muy larga - generalmente de 3 a 5 minutos.

b) El CUERPO es la parte principal del mensaje donde se presenta el tema, se lo explica (define) y se lo aplica a las necesidades del oyente.
No se puede nunca aplicar un mensaje si primeramente no se lo explica en forma detallada y bien sencilla.
ANOTE: ¡Las verdades bíblicas más profundas deben ser expresadas de tal manera que un niño las pueda entender!

c) La CONCLUSIÓN es el "broche de oro" con el que se cierra el mensaje.
Debe ser corta. Debe apelar directamente al oyente para conducirle (inducirle o "forzarle") a tomar una decisión personal.
Cuando el predicador sabe que tiene que presentar un mensaje, luego de conocer su objetivo y de haber definido el tema de su sermón, lo más natural es que busque un texto, un versículo (o varios) de las Escrituras que pueda servirle de base para su predicación.
No todos los versículos son de igual peso para ese fin, de modo que es necesario seleccionar el texto que sea más apropiado para el propósito del mensaje.
(Por su definición, es incorrecto decir "versos" en lugar de "versículos" - vea el significado de ambas palabras en el diccionario).
a) INTERESANTE. El predicador debe sentir interés personalmente en el texto y un verdadero entusiasmo por explicarlo a sus escuchas.
Reiteradamente, los versículos que nos inspiran en nuestra propia vida espiritual, son aquellos textos favoritos que nos gustan para apren-derlos de memoria.
Estos también son los textos que generalmente resultan Adecuados para servir de base a nuestros sermones o predicaciones.
B) Elección del texto

La razón por la cual es necesario elegir un buen texto es bien sencilla:
las tres funciones de un buen texto son:
1. EXPLICAR
2. ILUSTRAR
3. APLICAR
A veces es necesario elegir textos salteados para explicar una verdad.
Ejemplos: Juan 3:7, 14 y 30, para explicar eso "necesario".
C) Deberes del predicador

Por regla general, el no tener un texto adecuado es sólo un pretexto.
No se lo ha buscado con suficiente ahínco. No se ha tomado el tiempo necesario para ello. En una palabra: ¡no se ha trabajado!
En la preparación del mensaje, el obrero debe siempre seguir este principio (deber ineludible)
ORAR
TRABAJAR
No hacerlo es pereza y haraganería. Tal predicador no debe predicar. No es digno de ocupar un púlpito para dirigir un mensaje a la congregación.
¡Una predicación no preparada es un insulto a Dios!
DEFINICIÓN:
La predicacion que se desarrolla en la manera que hemos bosquejado y estudiado se le conoce con el nombre de predicacion textual.
La definición pues del predicacion textual es:

" La predicacion textual es aquella que está basada en un sólo texto y que toma todas sus divisiones del texto mismo".
Todas las divisiones de la predicacion deben seguir un proceso natural para enfocar el tema.

1) Progreso de las divisiones
Siempre debe haber un progreso natural en la cronología, en la lógica y un orden en las frases.

a) Progreso CRONOLÓGICO
Veamos un ejemplo.
Si el mensaje es sobre la vida de nuestro Señor Jesucristo, debe tratar primero sobre su nacimiento y luego sobre su ministerio; primero sobre su ministerio y luego sobre su crucifixión ... su resurrección ... su ascensión ... etc.

b) Progreso LÓGICO
Las divisiones que explican o prueban el tema deben ser presentadas antes de las que exhortan a los oyentes o aplican su contenido.
Tomando como el ejemplo de un tema:
"La Salvación", se debe primeramente explicar la necesidad de obtener dicha salvación, para luego invitar y exhortar a los oyentes a que la acepten.

c) Orden FRASEOLÓGICO
A veces, para conservar el progreso en las divisiones, es necesario dejar de seguir el orden fraseológico del texto.
Veamos un ejemplo.
Hebreos 2:3: "¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?".
Cuando observamos éste versículo descubrimos que, a los efectos de las divisiones del mismo, es preferible dividirlo de la siguiente manera:

1 - La salvación inexplicable (... una salvación tan grande)
2 - El desprecio inexcusable (... si descuidamos)
3 - El peligro inevitable (... ¿cómo escaparemos?)
Observemos también tanto la simetría como la consonancia entre los puntos 1, 2 y 3.

Para ayudar al predicador en la preparación de su mensaje cuando estudia el progreso cronológico y lógico de su texto, le proponemos contestarse a sí mismo las siguientes preguntas:
¿qué es?
¿para qué es?
¿porqué es?
¿cómo puedo obtenerlo?
2) Simetría de las divisiones
La simetría es la proporción adecuada de las partes de un todo entre sí y con el texto mismo.
Es decir, la simetría de las divisiones es la armonía que existe entre las divisiones en su relación entre sí y en su relación con el tema.
Esta armonía se manifiesta en la uniformidad de pensamiento y también en la de frase.

En el ejemplo que vamos a estudiar a continuación, a una de las divisiones le falta la simetría de pensamiento. Averigüe el estudiante cuál es.

Tema: ¿Para qué vendrá Jesús?
Jesús volverá a la tierra para:
1 - Cumplir las profecías
2 - Purificar la tierra
3 - Su venida será visible
4 - Libertar a los santos
5 - Juzgar a los malos

A - Si el alumno estudia bien las divisiones presentadas, verá que aunque todo se relaciona con el advenimiento de Cristo, sin embargo, la división 3 no trata directamente con el tema
"¿Para qué vendrá Jesús?", pues no dice el propósito de su venida sino la manera de su venida, de modo que no está en armonía con el tema.
Le falta la simetría de pensamiento.
Le falta simetría pues, mientras los puntos 1, 2, 4 y 5 declaran algo que Jesús hará cuando regrese, el número 3 presenta cómo será su venida. Por lo tanto, está fuera de lugar aquí.

B - Además de la simetría de pensamiento, es vital en un bosquejo la simetría de frase.
Esto requiere que los encabezamientos tengan uniformidad en cuanto al género de vocablos que se utilizan.
Es decir, todos deben ser de una sola clase: o sustantivos (como vimos en Juan 14:6: camino, verdad y vida); o adjetivos (por ejemplo:
Los cristianos deben ser:
1 - obedientes
2 - bondadosos
3 - respetuosos)
o verbos (como en el bosquejo de la lección que hemos visto):
1 - Cumplir las profecías
2 - Purificar la tierra
3 - Libertar a los santos
4 - Juzgar a los malos

C - En un buen bosquejo también es fundamental la consonancia.
En nuestro ejemplo significa que: además de la uniformidad de género debería haber consonancia entre los vocablos.
Por ejemplo: en el primer punto, se debería sustituir el verbo "cumplir" por un verbo que tenga la terminación "ar" en lugar de "ir" - sin modificar el sentido - como "sellar" o "consumar".
Entonces todos los verbos terminarían con el mismo sonido. A esto se le llama consonancia. Y, si bien no es indispensable, es sí deseable, aunque no siempre es posible lograr los encabezamientos de esta manera.
Pero si se puede, esto añade prolijidad e interés a nuestro bosquejo.
Hasta ahora hemos tratado mayormente el sermón textual, es decir, el desarrollo de un texto que usamos como base del sermón.
Ahora bien, muchas veces el predicador desea predicar sobre un tema, pero no encuentra un texto adecuado para presentar las divisiones que él desea desarrollar.
EL PREDICADOR TEMATICO
En estos casos puede preparar y predicar un Sermón temático cuya definición es:
"El sermón temático es aquel que está basado en un sólo tema y que toma sus divisiones de la mente del predicador - usando la Biblia".

El sermón temático desarrolla un tema - y no solamente un texto - como lo hace el sermón textual.
Por lo tanto, puede cubrir un área de pensamiento mucho mayor y de manera mucho mas completa.
Para ilustrar el desarrollo de un sermón temático, escogeremos como tema unas palabras que leemos en Hebreos 2:3:
"Una Salvación Tan Grande".
Hay varias maneras de desarrollar éste tema como sermón temático.
Aquí sugerimos la siguiente:
TEMA: "Una Salvación Tan Grande"
1 - Una salvación profetizada (en el Edén; en los tipos del AT y por los Profetas)
2 - Una salvación comprada (por la muerte del Hijo de Dios)
3 - Una salvación experimentada (la obra del Espíritu Santo en el hombre que cree)
4 - Una salvación proclamada (el ejemplo de los Apóstoles; la tarea que nos queda a la iglesia; la obra misionera)
5 - Una salvación consumada (a la venida de Cristo a la tierra)

A tener siempre en cuenta

a) Por supuesto que cada división en el sermón temático debe ser desarrollada por medio de las sub-divisiones y demás detalles al igual que en un sermón textual.
Las frases y las palabras entre paréntesis en el bosquejo del ejemplo arriba mencionado son sólo sugerencias para mostrar los puntos que se pueden tratar bajo cada división.

b) Debe haber progreso y simetría en el desarrollo de las divisiones, lo mismo en el sermón temático como en el sermón textual (ver la lección anterior).
Observe el estudiante en el ejemplo recién utilizado que hay tanto progreso cronológico como lógico en el desarrollo del bosquejo.
También hay simetría tanto de pensamiento como de frase. Nuestro bosquejo también posee consonancia.

c) El predicador debe siempre cuidar de que su sermón temático no sea demasiado largo.
Si se incluye demasiado material en el mismo, se le hará más difícil su desarrollo.
No más de 3 a 5 divisiones según ya hemos aprendido.
Es preferible dos sermones tópicos sobre un mismo tema - predicados en la misma semana - y no uno con diez divisiones. ¡Imposible de recordar!

d) Como en todos los sermones, también en el sermón temático siempre debe haber una meta definida al exponérselo al oyente.
Sin ella dicho sermón pierde su razón de ser.
Cuando el predicador quiere presentar un mensaje doctrinal, lo puede hacer como sermón tópico doctrinal.
Hay muchos temas para este tipo de mensaje.
Para esta clase de mensajes, el obrero puede preparar su tema por medio de las siguientes preguntas, quedando las respuestas a ellas como título o materia posible para una división.
EL PREDICADOR TOPICO
Éstos son los cuatro aspectos presentes en un sermón tópico doctrinal:

1 - ¿De qué cosa trata? ¿Qué es? Aquí se debe definir y explicar claramente la verdad sobre la que trata el tema.
A esto se le llama DEFINICIÓN.
2 - ¿Porqué? ¿Porqué es? Aquí se debe probar el tema, demostrando lo necesaria y lógica que es la verdad.
A esto se le llama EXPLICACIÓN

3 - ¿Cómo? ¿Cómo es? Aquí es cuando los oyentes pueden alcanzar en su propia experiencia la verdad presentada por el predicador.
A esto se le llama MANIFESTACIÓN

4 - ¿Qué se debe hacer? ¿Qué debo hacer? Aquí es cuando se debe apelar a los oyentes para que pongan por obra la verdad del mensaje. Cuando se apela a la decisión personal del escucha.
A esto se le llama CONCLUSIÓN

Se sobreentiende que no será siempre necesario emplear todas las ideas sugeridas por estas preguntas, ni ocuparse de todas las preguntas en un mismo mensaje.
El predicador escogerá sólo aquellas que concuerdan con las ideas más adecuadas al aspecto particular del tema que quiere presentar.

Tomemos ahora como ejemplo el tema "El Arrepentimiento".
Hagamos un bosquejo siguiendo lo estudiado hasta ahora.
Se pueden establecer y anotar unos pensamientos sobre el tema de la siguiente manera:

I - ¿Qué es el arrepentimiento?
A) Lado Negativo
1 - No es la penitencia
2 - No es la tristeza que resulta de haber sido descubierto en una fechoría
B) Lado Positivo
1 - Quiere decir "un cambio de ánimo o de parecer"
2 - Es un cambio de dirección en la vida moral y espiritual de la persona.
"¡Es un cambio mental que produce un cambio moral!"

II - ¿Porqué es necesario el arrepentimiento?
A) Porque el hombre natural anda por el mal camino
B) Porque dicho camino conduce a la muerte
C) Porque Dios manda a todos los hombres que se arrepientan

III - ¿Cómo es el arrepentimiento?
A) Es la parte que le toca hacer al hombre (Dios ya ha hecho lo suyo)
B) Confesar el pasado malo
C) Dejar el camino malo
D) Entregarse la vida a Cristo para que El cambie el corazón y lo guarde

IV - ¿Qué se debe hacer?
A) Puesto que Dios lo manda y el hombre lo necesita para
salvarse de la perdición, Usted debe dejar sus pecados
B) Usted debe volverse a Cristo ahora mismo.
Seguramente el estudiante notará que éstas preguntas han sugerido muchos pensamientos útiles sobre el tema del arrepentimiento.
Razón por la cuál debemos seguir estudiando el tema.

Después de haber presentado los pensamientos en el bosquejo, el predicador debe estudiarlos otra vez para que cada uno sea ubicado en la división correspondiente.
Será necesario vigilar atentamente que no se admita algún material que no contribuya al propósito del mensaje.

Siempre será mejor escribir un encabezamiento adecuado en el lugar de las preguntas. Así se evitará la monotonía en la presentación de los sermones tópicos doctrinales.
¿Serán buena sugerencia éstos encabezamientos para el bosquejo que estamos estudiando?

Introducción
I - El arrepentimiento definido (¿qué es? ¿de qué cosa trata?)
II - El arrepentimiento exigido (¿porqué es?)
III - El arrepentimiento obtenido (¿cómo? ¿qué debo hacer? ¿cómo lo obtengo?)
A efectos de que el oyente recuerde lo medular del sermón - antes de concluirlo - siempre será una buena costumbre realizar un resumen - no más de dos o tres minutos.
Tengamos para ello en cuenta la conocida REGLA DE LOS TRES PASOS de la Ciencia de la Comunicación, que dice: "Di lo que vas a decir. Dilo. Di lo que dijiste".

(Veamos también ahora un par de puntos de importancia sobre el sermón expositivo.
El sermón expositivo se ocupa, como la misma expresión lo establece, de la exposición - de un pasaje entero - de las Escrituras, en lugar de un versículo solo.
Dicho pasaje puede incluir varios temas. Se extraen entonces las divisiones de las verdades presentadas en el pasaje.
Para finalizar, ciertas sugerencias que confío serán útiles a mis colegas:

A - Prepare sus bosquejos con anticipación. Tómese tiempo para estudiar y trabajar. No espere hasta el mismo día que va a predicar para comenzar a escribir su bosquejo.
B - Ponga especial atención en que su mensaje lleve solamente un tema, sea el sermón textual, temático o tópico doctrinal. ¡Tenga con su mensaje una meta bien definida! ¡Siempre!
C - Preste mucha atención a la preparación de las sub-divisiones. Ellas proveerán al mensaje su verdadera sustancia.
D - Procure que cada división sea enriquecida con una ilustración: puede ser un relato
Una historia
Una anécdota
Una comparación
para añadirle interés a la presentación. "La ilustración es como la ventana de una habitación, sirve para ... ¡iluminarla!"
Pero evite el peligro de dar tantas ilustraciones de modo que éstas pasen a ser el mensaje.
E - No alargue la conclusión demasiado. Cuide su tiempo. Respete a sus escuchas. Algunos predican su mensaje y, al llegar a la conclusión, comienzan con pensamientos ajenos al tema - tal vez creyendo de que deben continuar su mensaje "mientras sientan la bendición de Dios". Pero, la bendición está en un mensaje "terminado a tiempo".
F - Prepare su corazón por medio del estudio bíblico y la oración. Viva a diario en santidad.
Recuerde que sin el Espíritu de Dios ... ¡nada podremos hacer! Nuestra dependencia de Él es total y absoluta.
G - Preséntese ante los oyentes debidamente preparado. ¡Será una muestra de respeto a Dios!
RESUMEN
1. El predicador necesita poseer y desarrollar las características de calidad y de potencia. Ellas son la base para una buena labor dentro del Reino de Dios.
2. La constancia es el estudio de todo material actualizado: boletines, revistas, folletos, y la lectura de diarios, aumentará el caudal de conocimiento del predicador.
3. El predicador estudioso necesita poseer varias versiones de la Biblia para consultar sobre un determinado texto. No obstante deberá tener en cuenta que debe memorizar los texto de una sola versión al presentar un estudio (o indicar de qué versión especifica está citando)
4. Es necesario dedicar tiempo al estudio de ayudas bíblicas que incluyan diccionarios, concordancias, léxicos, etc.
5. Los temas a estudiar incluyen la Homiletica, Hermeneutica, Teología, Historia de la iglesia etc..

I- EL TEMA DEL SERMÓN
El tema es el asunto principal sobre el cual trata el sermón o predicacion. Sobre él debe girar todo el mensaje.
Un sermón nunca debe presentar más de un tema. ¡Solamente un tema!
LA SELECCIÓN DEL TEMA
Una de las preguntas más críticas y comunes que se hacen los predicadores es: ¿Que voy a predicar el próximo domingo? Desde luego que una de las respuestas a esta pregunta son las necesidades de la iglesia. Pero conviene antes establecer el interés y la capacidad del orador para seleccionar un tema:
1. El predicador debe escoger un tema que sea importante e interesante. Hay oradores que inclusive planean un programa de enseñanza bíblica cuya relevancia amerite una elaboración cuidadosa del material. Por ejemplo, elaboran una serie de sermones según temas como "la cena del Señor", "la ofrenda", "la organización de la iglesia". etc.
2. Para esto mismo el orador escoge un tema según su capacidad, es decir que esté dentro del campo de su experiencia, o que sienta que lo puede investigar con ahínco. Cuando el predicador no se sienta competente, debe invitar a otro orador para que se encargue del tema.
Nota: A veces el predicador no tiene opción de seleccionar el tema. Por ejemplo cuando lo invitan a una serie de conferencias o campañas. Aun así, el predicador debe estar seguro de que puede exponer o desarrollar el tema.
Si bien el ministro es capaz de escoger temas de acuerdo a su propio interés, también tendrá en mente los intereses espirituales de otros. Una fuente inagotable de temas para sus sermones será su experiencia diaria de interacción con otros.
Sus diálogos con los creyentes y las opiniones de los incrédulos serán de valor universal. A su vez, el predicador debe desarrollar la capacidad de penetrar la realidad de la vida e interpretar sabiamente al ambiente de la comunidad en que se desenvuelva.
Así, pues, los temas seleccionados por el predicador tienen que exhibir un interés vital relacionado con la existencia . Sus temas han de ser una reflexión seria sobre el hombre y su relación con el universo, incluyendo
(1) problema de la vida,
(2) el problema de la muerte,
(3) el problema de la inmortalidad,
(4) el problema del mal y el pecado, etc.
La primera cosa para preparar un buen sermón es tener un mensaje definido. Antes de proceder a la preparación de un sermón, todo predicador debe responderse esta sencilla pregunta: ¿De qué voy a hablar?
Mientras el predicador no pueda contestar clara¬mente tal pregunta, no debe seguir adelante. Ha de tener un tema y debe saber con precisión cuál es. Sólo puede estar seguro de que lo sabe cuando pueda expresarlo en palabras. Si el tema está entre la bru¬ma, también lo estará todo lo que le pertenece: su introducción, su arreglo, su prueba y su objeto.
El tema debe ser la expresión exacta del asunto, o la respuesta a la pregunta: ¿De qué voy a hablar? Nunca debe escogerse un tema por ser bonito o so¬noro como fase, sino que ha de expresar claramente el objeto que el sermón persigue.
Todo predicador, para preparar bien su sermón, debe responder a la pregunta: ¿Por qué voy a hablar de este tema? ¿Qué fin deseo lograr?
El tema no sólo ha de abarcar o incluir lo que se va a decir, sino que ha de excluir todo lo que no tenga que ver con el asunto.
En toda preparación para el público, las primeras palabras que se escriban deben ser la expresión exac¬ta del tema, o sea, la respuesta a la pregunta: ¿De qué voy a hablar?
COMO ENCONTRAR UN TEMA
El mensaje debe venir como una inspiración es¬pecial de Dios, y el predicador debe estar pidiendo mensajes a Dios para sus oyentes. Pero no es de esperar que venga siempre como una inspiración profética, sino que él mismo debe afanarse en bus¬carlos de diversas maneras.
Spurgeon dice: «Confieso que me siento muchas veces, hora tras hora, pidiendo a Dios un asunto, y esperándolo, y que esto es la parte principal de mi estudio. He empleado mucho tiempo y trabajo pen-sando sobre tópicos, rumiando puntos doctrinales, haciendo esqueletos de sermones, y después sepul¬tando todos sus huesos en las catacumbas del olvido, continuando mi navegación a grandes distancias so¬bre aguas tempestuosas hasta ver las luces de un faro para poder dirigirme al puerto suspirado.
Yo creo que casi todos los sábados formo suficientes esqueletos de sermones para abastecerme por un mes, si pudiera hacer uso de ellos; pero no me atre¬vo, ni suelo hacerlo.
Naturalmente, porque no da lugar a ello el hallazgo de otros mejores.»
El predicador puede recibir la inspiración de un mensaje:
a) Reflexionando sobre las necesidades espirituales de sus oyentes.
Debemos advertir al predicador novel acerca del peligro de sermones particulares dirigidos a una familia o a un individuo de la iglesia. Si tiene algo que decir a un individuo, dígaselo particularmente, pero no desde el pulpito, que es la cátedra de toda la Iglesia, y no debe sacrificarla a las conveniencias particulares de unos pocos.
Además, se expone a que sus insinuaciones sean comprendidas por otros her¬manos, como dirigidas a aquélla u otra persona y ello produciría murmuraciones, o podría ocurrir que la misma persona comprendiera demasiado bien el mensaje y se ofendiera con razón por la falta de tacto del predicador.
Pero cuando el predicador sien¬te que la mayoría de la iglesia adolece de algún defecto o necesita una exhortación especial, hágala sin temor, pensando en su alta responsabilidad como siervo de Dios.
El célebre Spurgeon dice en su libro Discursos a mis estudiantes: «Considerad bien qué pecados se encuentran en mayor número en la iglesia y la con¬gregación. Ved si son la vanidad humana, la codicia, la falta de amor fraternal, la calumnia u otros de¬fectos semejantes.
Tomad en cuenta cariñosamente las pruebas que la Providencia plazca sujetar a vuestros oyentes, y buscad un bálsamo que pueda cicatrizar sus heridas. No es necesario hacer men¬ción detalladamente, ni en la oración ni en el ser¬món, de todas estas dificultades con que luchen los miembros de vuestra congregación.»
El autor quisie¬ra añadir aquí: Que sientan vuestros miembros cul-pables, probados, afligidos o castigados por la mano del Señor, que vuestra palabra desde el pulpito es adecuada a su necesidad; que es bálsamo para sus heridas; pero sin empeñaros vosotros en rascar la Haga para que penetre más la medicina.
Confiad esta tarea al Espíritu Santo. Dejad tan sólo caer vuestro mensaje como la nieve que se posa suave¬mente sobre los secos prados, y permitid a Dios hacer el resto.
b) En sus lecturas devocionales de la Biblia.
El predicador no debe alimentar a otras almas manteniendo la suya a escasa dieta. Sin embargo, éste es el defecto de muchos predicadores excesi¬vamente ocupados. La lectura devocional diaria, per¬sonal o en familia, proporcionará al predicador temas y le hará descubrir filones de riqueza espiritual en lu¬gares insospechados. Anote cuidadosamente las ideas que surjan en tales momentos.
c) Leyendo sermones de otros predicadores.
El predicador no debe ser insípido bajo la pre¬tensión de ser original, ni debe fiar tampoco en las despensas de otros para alimentar su propia familia. Ambos extremos son malos. El predicador debe tener tiempo para leer sermones de buenos predicadores, no sólo en el momento en que necesita algo con urgencia para preparar su mensaje, sino en otros momentos cuando no le interesa preparar ningún ser¬món, sino alimentar su propia alma.
Es muy posible que si espera el momento de tener que preparar su propio sermón no encuentre nada adecuado y tenga que emplear horas y más horas repasando libros de cubierta a cubierta, mientras que si hubiera emplea¬do un poco más de tiempo en el cuidado de su propia alma, los mensajes adecuados para las de los demás le habrían venido sin esfuerzo, y quizá sacrificando para ello menos tiempo que el que en el momento del apuro se ha visto obligado a emplear.
Siempre los mejores mensajes del predicador son aquellos que primero han hecho bien a sí mismo. Cualquier sermón o idea que el predicador considere útil para sus oyentes debe anotarla cuidadosamente en su «Li¬breta de sugestiones», indicando el volumen y página donde podrá volver a encontrar tal idea expuesta detalladamente.
Thomas Spencer escribió así: «Yo guardo un librito en que apunto cada texto de la Biblia que me ocurre como teniendo una fuerza y una hermosura especial. Si soñara en un pasaje de la Biblia, lo apun¬taría; y cuando tengo que hacer un sermón, reviso el librito, y nunca me he encontrado desprovisto de un asunto.»
Usando de nuevo una de las figuras de Spurgeon, diremos que: «Cuando se quiere sacar agua con una bomba que no se haya usado por mucho tiempo, es necesario echar primero agua en ella, y entonces se podrá bombear con buen éxito.
Profundizad los escritos de alguno de los maestros de la predicación, sondead a fondo sus trabajos y pronto os encontra¬réis volando como una ave, y mentalmente activos y fecundos.»
d) En sus visitas pastorales.
Muchas veces la conversación con personas inconversas, o con miembros débiles de la Iglesia, hacen sentir al pastor alguna necesidad espiritual común a muchos de sus oyentes. A veces aun el texto que responde a tal necesidad es dado durante la conversación. Debe apresurarse a anotarlo en la misma calle, al salir de tal visita. Si espera a hacerlo po¬dría borrarse de su memoria. Cuando el mensaje es sugerido en tal forma predíquelo con confianza y con la persuasión de que es Dios quien le ha dado su palabra, con la misma seguridad que lo haría un pro¬feta del antiguo tiempo.
e) En la consideración de las cosas que le rodean.
El predicador debe ser un atento observador de la naturaleza y de los hombres. Todo lo que ve y oye debe archivarlo cuidadosamente en su memoria por si alguna vez pudiera serle útil como ilustración de un sermón. Y a veces una ilustración provee el tema de un sermón. Spurgeon cuenta de un predicador que descubrió el tema de un magnífico sermón en un canario que vio cerca de su ventana con algunos gorriones que lo picoteaban sin compasión con ánimo de destrozarlo, lo que le hizo recordar Jeremías 12:9: «¿Es mi heredad de muchos colores? ¿No están con¬tra ella aves en derredor?» Meditando sobre este texto, predicó un sermón sobre las persecuciones que ha de sufrir el pueblo de Dios.
Otro día encontró un tema en el hecho de un tizón que cayó del hogar al estrado un domingo por la tarde en que necesi¬taba un tema para sermón, lo que le indujo a predi¬car sobre Zacarías 3:2. Dos personas vinieron des¬pués a decirle que habían sido convertidas por este sermón.
Es necesario, no obstante, que los sermones sur¬gidos de tales observaciones prácticas sean verdade¬ros sermones, llevando un plan y un mensaje espi¬ritual, y no una larga y detallada exposición del incidente que, no por interesar mucho al predicador, ha de interesar en la misma medida a los que no han sido afectados por la idea o sugerencia, la cual debe ser puesta solamente como introducción, pero no ocu¬par el lugar del sermón.
f) Pidiéndolos a Dios en oración.
Spurgeon dice: «Si alguien me preguntara: ¿Cómo puedo hacerme con el texto más oportuno? Le con¬testaría: Pedidlo a Dios.»
Harrington Evans, en sus Reglas para hacer ser¬mones, nos da como la primera: «Pedid a Dios la elección.»
Si la dificultad de escoger un texto se hace más dura, multiplicad vuestras oraciones; será esto una gran bendición.
Es notoria la frase de Lutero: «Haber bien orado, es más de la mitad estudiado.» Y este proverbio merece repetirse con frecuencia. Mezclad la oración con vuestros estudios de la Biblia. Cuando vuestro texto viene como señal de que Dios ha aceptado vues¬tra oración, será más precioso para vosotros, y ten¬drá un sabor y una unción enteramente desconocidos al orador frío y formalista, para quien un tema es igual a otro.
Y, citando a Gurnal, declara: «Cuánto tiempo pueden los ministros sentarse, hojeando sus libros y devanándose los sesos, hasta que Dios venga a darles auxilio, y entonces se pone el sermón a su alcance, como servido en bandeja. Si Dios no nos presta su ayuda, escribiremos con una pluma sin tinta. Si alguno tiene necesidad especial de apoyarse en Dios, es el ministro del Evangelio.»
g) Evitad la repetición.
El predicador, al buscar su tema, debe tener pre¬sentes sus temas anteriores. Dice Spurgeon: «No se¬ría provechoso insistir siempre en una sola doctrina, descuidando las demás. Quizás algunos de nuestros hermanos más profundos pueden ocuparse del mismo asunto en una serie de discursos, y puedan, voltean¬do el calidoscopio, presentar nuevas formas de her¬mosura sin cambiar de asuntos; pero la mayoría de nosotros, siendo menos fecundos intelectualmente, tendremos mejor éxito si estudiamos el modo de conseguir la variedad y de tratar de muchas clases de verdades.
Me parece bien y necesario revisar con frecuencia la lista de mis sermones, para ver si en mi ministerio he dejado de presentar alguna doctrina importante, o de insistir en el cultivo de alguna gra¬cia cristiana. Es provechoso preguntarnos a nosotros mismos si hemos tratado recientemente demasiado de la mera doctrina, o de la mera práctica, o si nos hemos ocupado excesivamente de lo experimental.»
EL TEMA Y EL TEXTO
¿Debe predicarse sobre temas o sobre textos? ¿Debe elegirse primero el tema y después el texto, o viceversa?
Es imposible responder a estas preguntas de un modo concreto dando reglas absolutas. En algunos casos, cuando el predicador tiene un tema definido, sintiendo que debe predicar sobre aquel asunto; el tema precederá a la elección de texto. Pero en otros casos, cuando el tema es sugerido como resultado de meditación personal de la Sagrada Escritura, será el texto el que precederá y sugerirá el tema al pre¬dicador.
¿Es fácil encontrar textos para predicar? Permí¬tasenos citar otra vez a Spurgeon, quien dice: «No es que falten, sino que son demasiado abundantes; es como si a un amante de las flores se le pusiera en un magnífico jardín con permiso para coger y lle¬varse una sola flor; no sabría cuál coger que fuera mejor.
Así me ha pasado a mí —dice el gran pre¬dicador— al tratar de buscar un texto para un ser¬món. He pasado horas y horas escogiendo un texto entre muchos lamentando que hubiera tan sólo un domingo cada siete días.»
¿Cómo llegar a determinar el texto que se debe escoger, sobre todo cuando no se tiene antes esco¬gido el tema del sermón? Se puede establecer esta regla, también de Spurgeon: «Cuando un pasaje de la Escritura nos da como un cordial abrazo, no debe¬mos buscar más lejos.
Cuando un texto se apodera de nosotros, podemos decir que aquél es el men¬saje de Dios para nuestra congregación. Como un pez, podéis picar muchos cebos; pero, una vez tra¬gado el anzuelo, no vagaréis ya más. Así, cuando un texto nos cautiva, podemos estar ciertos de que a nuestra vez lo hemos conquistado, y ya entonces podemos hacernos el ánimo con toda confianza de predicar sobre él.
O, haciendo uso de otro símil, to¬máis muchos textos en la mano y os esforzáis en romperlos: los amartilláis con toda vuestra fuerza, pero os afanáis inútilmente; al fin encontráis uno que se desmorona al primer golpe, y los diferentes pedazos lanzan chispas al caer, y veis las joyas más radiantes brillando en su interior.
Crece a vuestra vista, a semejanza de la semilla de la fábula que se desarrolló en un árbol, mientras que el observador lo miraba. Os encanta y fascina, u os hace caer de rodillas abrumándoos con la carga del Señor.
Sabed, entonces, que éste es el mensaje que el Señor quiere que promulguéis, y estando ciertos de esto, os pose¬sionaréis tanto de tal pasaje, que no podréis descan¬sar hasta que, hallándoos completamente sometidos a su influencia, prediquéis sobre él como el Señor os inspire que habléis.»
FORMULACIÓN DEL TEMA
Una vez elegido el texto, es indispensable concre¬tarlo en un tema, si no se posee ya de antemano.
El tema es el resumen del texto y del sermón con¬cretado en una corta sentencia. Ha de ser, por tanto, no solamente la esencia del texto, sino el lazo de unión de los diversos pensamientos que entrarán en el sermón. Hay una gran ventaja en poseer un tema para el arreglo del sermón. Se ha dicho que el tema es el sermón condensado, y el sermón es el tema desarrollado.
El tema fomenta la unidad del discurso, y si los argumentos, explicaciones y aplicaciones son adecuados, permanece el tema como nota dominante sobre la mente.
El tema ayuda para dar intensidad y firmeza al sermón y mantener el discurso dentro de los límites razonables. Por esto es preferible tener el tema limi¬tado y bien definido y no demasiado amplio.
Predicar un sermón sin tema, es como tirar sin blanco.
EL TEMA Y EL TITULO
Una vez escogido el tema, o sea, el asunto sobre el cual desea el servidor de Dios predicar a una con¬gregación, debe formular dicho tema en un título. Muchos predicadores y libros de Homilética confun-den el tema con el título.
Al autor le ocurrió esto por un tiempo. A veces, y hasta cierto punto, no exis¬te diferencia entre ambas cosas, pero a veces el títu¬lo no es más que la puerta del tema o asunto, el cual no puede ser expresado plenamente por el título, por dos motivos:
a) Porque el título del sermón ha de ser exage¬radamente breve, y por tal razón no puede a veces contener todos los pensamientos o partes que el pre¬dicador desea desarrollar en su tema.
b) Porque, sobre todo en estos tiempos de abun¬dante publicidad, ha de ser el título del sermón es¬pecialmente chocante y atractivo, para despertar la atención e intrigar al público.
Esto pone al predi¬cador en el peligro de formular su tema en un título que se aparte del asunto del cual realmente quiere tratar. En otras palabras: que sirva tan sólo de ex¬cusa o motivo para llamar la atención y no de ver¬dadera base al mensaje. En tal caso se expone a que el público, sintiéndose defraudado, pierda con¬fianza al predicador.
El Dr. J. H. Jowett dice: «Tengo la convicción de que ningún sermón está en condiciones de ser escrito totalmente, y aún menos predicado, mientras no podamos expresar su tema en una sola oración gramatical breve, que sea a la vez vigorosa y tan clara como el cristal.
Yo encuentro que la formu¬lación de esa oración gramatical constituye la labor más difícil, más exigente y más fructífera de toda mi preparación. El hecho de obligarse uno a formu¬lar esa oración desechando cada palabra imprecisa, áspera o ambigua, disciplinando el pensamiento has¬ta encontrar los términos que definan el tema con escrupulosa exactitud, constituye uno de los factores más vitales y esenciales de la hechura del sermón.
Y no creo que ningún sermón pueda ser esbozado, ni predicado, mientras esa frase no haya surgido en la mente del predicador con la claridad de luna llena en noche despejada».
Es afortunado el predicador que puede encontrar un título que, al par que suficientemente interesante, breve y sugestivo, para ser puesto en la pizarra de anuncios, en el boletín de la iglesia o en la prensa pública, sea a la vez tan expresivo y completo que no necesite una segunda formulación del tema para uso del predicador, sino que título y tema se con¬fundan en una sola cosa, abriendo la puerta al pre¬dicador para una eficaz y fructuosa exposición de alguna de las grandes verdades del Evangelio.
Conviene que el tema o el título que se formule sea intrigante, de modo que despierte el deseo de conocer lo que se oculta detrás del mismo, o sea, a ver cómo lo desarrollará el predicador.
Observad cuan intrigantes son los títulos de ciertas novelas y películas mundanas. Debemos imitar en ello hasta cierto punto a los hijos de este siglo, que son «más sagaces que los hijos de luz», pero sin caer en exa¬geraciones.
En Norteamérica, donde los temas son generalmente anunciados por medio de un cartel en las afueras de las iglesias, pueden observarse mu¬chos títulos de sermones ingeniosísimos.
UN PENSAMIENTO CONCRETO
El tema ha de ser corto, pero claro y expresivo. Un tema largo pierde toda su gracia y atractivo. Cierto predicador anunció el siguiente tema “Las opiniones falsas que los hombres se forman acerca de los juicios de Dios permite sobre nuestros próji¬mos y las opiniones rectas que se deben formar sobre tales juicios».
Con el anuncio de tal tema, el predicador casi podía haberse ahorrado el sermón. «El peligro de juicios erróneos» habría sido mucho más acertado para este mismo asunto, porque este tema no detalla lo que el predicador va a decir, sino que despierta interés por saber lo que dirá.
Cuando el sermón es textual el tema debe ser tan dependiente del texto que ha de contener el principal pensamiento del mismo.
ejemplo: Para Rom. 12:2: «Alistados contra lo que nos rodea».
Cuando es para un sermón expositivo o sea, para la exposición de un pasaje o historia bíblica, el tema debe hacer énfasis sobre algún asunto del pasaje, que sea la clave y base de la historia y su aplicación.
ejemplo: Sobre Juan 9:25: «La confesión del ciego».
«La historia del ciego» sería un tema demasiado vago.
Poner por tema a Lucas 15:7: «El hambre del alma», sería más adecuado que «El hambre del Hijo Pródigo». ¿Por qué? Consideremos ambos temas. En el primer caso la palabra «confesión» es un juicio y comentario del predicador que da base para un buen sermón acerca del deber de confesar nosotros a Cris¬to.
En cambio, «El hambre del Hijo Pródigo» no in¬troduce nada nuevo. Es cosa harto sabida que el pródigo tenía hambre física, pero al decir «Hombre del alma», nos permite aplicar el texto al caso espi¬ritual.
El tema ha de ser una expresión completa que una las múltiples ideas de un texto.
He aquí algunos ejemplos de temas adecuados:
1) Sintéticos:
«La dádiva de Dios a nosotros y la nuestra la El»: Tit. 2:14.
«El tentado pecador y el tentado Salvador»: Hebr. 2:18.
2) De frases escriturales:
«Las fuentes de salud»: Is. 12:3.
«Traerá el hombre provecho a Dios»: Job 22:2.
«¿A quién iremos?»: Juan 6:58.
3) Paradójicos:
«Deberes que resultan privilegios»: Sal. 119:54.
«Religión sin hacer la voluntad de Dios»: Ma¬teo 7:21.
«La eficacia de virtudes pasivas»: Apoc. 1:9.
«Luz el resultado de la vida»: Juan 1:4.
«El gozo de la abnegación»: 2.° Crón. 29:27.
«Maravilla en sitio peligroso»: Luc. 8:25.
«Lo incomprensible en el testimonio cristia¬no»; Hech. 4:20.
Recomendamos al lector leer estos textos y consi¬derarlos a la luz del tema. Aunque no damos el ser¬món correspondiente a cada uno de estos temas, pues esto es tarea de próximos capítulos, verá cómo el tema le despierta ideas sobre cada texto.
DESARROLLO DEL TEMA
Una vez que el predicador ha concretado el asun¬to y el objeto de su sermón en una frase que se llama tema, la cuestión inmediata es cómo debe tratar el asunto para lograr el objeto que se propone. ¿Qué cosas tiene que decir y en qué orden ha de ir expre¬sándolas? A este efecto transcribimos literalmente lo que dice el Dr. Herrick Johnson en su libro El Ministro Ideal:
«El tratamiento del asunto significa plan, plan de algún género que agrupa todo para formar un orga¬nismo, que colocará las partes en orden hacia un clímax, y presentará una sucesión natural y ordena-da que excluya todo lo que no sea a propósito, y que haga que las diferentes líneas vayan creciendo en color, según convergen al foco ardiente, que es la exhortación final. Esto es esencial para la eficacia del sermón. En la misma medida que el plan sea claro, comprensivo y acumulativo, el sermón hará mayor impresión a los oyentes.»
Y Spurgeon dice: «Nuestros pensamientos deben ser bien ordenados según las reglas propias de la arquitectura mental. No nos es permitido que ponga¬mos inferencias prácticas como base, y doctrinas como piedras superiores; ni metáforas como cimien¬to y proposiciones encima de ellas; es decir, no de¬bemos poner primero las verdades de mayor impor¬tancia, y por último las inferiores, a semejanza de un anticlímax, sino que los pensamientos deben subir y ascender de modo que una escalera de enseñanza conduzca a otra, que una puerta de raciocinio se co¬munique con otra, y que todo eleve al oyente hasta un cuarto, digámoslo así, desde cuyas ventanas se pueda ver la verdad resplandeciendo con la luz de Dios.
Al predicar, guardad un lugar a propósito para todo pensamiento respectivamente, y tened cuidado de que todo ocupe su propio lugar. Nunca dejéis que los pensamientos caigan de vuestros labios atraban-cadamente, ni que se precipiten como una masa con¬fusa, sino hacedlos marchar como una tropa de sol¬dados. El orden, que es la primera ley celestial, no debe ser descuidado por los embajadores del Cielo.»
Esto requiere por lo regular una gran cantidad de trabajo. Con alguna frecuencia un plan relampa¬guea en la mente como una inspiración, y el sermón se formula en pocos instantes, por lo menos en for¬ma de bosquejo o esqueleto; pero la inteligencia de ordinario no trabaja con rapidez eléctrica, y sólo después de un trabajo duro el bosquejo va alcan¬zando su forma satisfactoria.
A veces hay una lucha larga con la oscuridad y confusión de ideas. El pen¬samiento parece nadar en el caos, apareciendo una idea aquí, otra allá, sin conexión, o se presentan ideas muy buenas pero que no vienen a propósito para el tema y hay que rehusarlas o diferirlas para un sermón de otro tema.
Sin embargo, el trabajo persistente y la meditación sacará el orden del caos y por fin un número considerable de las ideas surgi¬das durante la meditación serán aptas para entrar en un plan armónico basado en el tema y su texto.
Tal vez el predicador se sienta inclinado en algu¬na ocasión a renunciar al uso de un plan, por razón de la dificultad en prepararlo. Parece tanto más sen¬cillo seguir adelante diciendo buenas cosas, formu¬lando argumentos y lanzando exhortaciones que no tienen mucha relación entre sí, sino que cada una engarza con la otra por la frase final, que da origen a otro párrafo con ideas totalmente diferentes.
Esto puede admitirse en la conversación, cuando nos dedicamos a «anunciar el Evangelio» a otras per¬sonas. Pero en el pulpito nunca. Los oyentes no re¬cibirán una impresión tan profunda y perdurable del sermón si éste no sigue un plan mejor que un simple conjunto de buenas ideas.
Es verdad que Dios se ha servido a veces de los medios más humildes para realizar su gran obra de salvación de almas, y sermones sin orden lógico no han sido siempre sin fruto, pero tal modo de proce-der no es aconsejable en modo alguno cuando pue¬de haber un propósito y una ordenación clara del sermón.
Una aglomeración de pensamientos buenos puede compararse a una turba que trata de apode¬rarse de cierta fortaleza; puede tener éxito en algu¬nas ocasiones, pero no podrá obrar jamás con la efi¬cacia de un ejército en el que cada hombre ocupa su lugar.
Un plan es necesario en todas las cosas: un ar¬quitecto no principia a edificar sin antes haber tra¬zado un plano; un ingeniero civil no lanza sus briga¬das al azar sobre las montañas sin haber antes ideado por dónde debe pasar el camino que se pro¬pone construir.
El predicador no debe lanzarse a trazar el camino que se propone hacer llegar hasta el mismo corazón de sus oyentes, sin plan, excepto en casos especiales en que tal preparación haya sido de todo punto imposible, y la inspiración del Espíritu suple la imposibilidad del predicador; pero aun en tales casos de improvisación, los predica¬dores convenientemente educados o experimentados suelen recibir la inspiración en forma de un plan rápidamente concebido y en cuyo desarrollo puede notarse el poder de lo Alto. La misma ayuda y poder puede notarse en el desarrollo de un sermón formu¬lado con más tiempo y oración, la cual el estudio de ningún modo puede ni debe suplir.
¿De qué maneras puede formularse el plan de un sermón una vez decidido el asunto o tema que se va a tratar?
A continuación ponemos un gráfico que lo demues¬tra, a la vez que ilustrará y aclarará muchas de las instrucciones teóricas de este libro.
EXPLICACIÓN DEL BOSQUEJO GRÁFICO
La sencilla figura de un trompo dibujado en la pizarra nos ha servido muchas veces para ilustrar a estudiantes de Homilética el desarrollo que con¬viene dar a cualquier sermón.
La cabeza del trompo representa el tema, del cual parte la introducción; y el desarrollo consiguiente va ampliando y robusteciendo el argumento hasta llegar a la conclusión, la cual es presionada por cada pensamiento del sermón.
Todos ellos pesan sobre la punta que deseamos clavar en las conciencias de nuestros oyentes, determinando su decisión por Cris¬to o su resolución de poner en práctica la amonesta¬ción del predicador sobre el tema que sea.
En el presente gráfico, y contando con la habi¬lidad de un buen dibujante, hemos ampliado y com¬pletado la ilustración.
El tema o asunto lo representamos por una nube que se forma como consecuencia de la necesidad es¬piritual que el predicador apercibe, como ensombre¬ciendo la vida de sus oyentes. Dicha nube produce un rayo que ilumina la mente del predicador: Es el texto apropiado a tal necesidad, el cual origina un título adecuado e interesante.
Del mismo modo que antes de la caída de un cha¬parrón se producen muchos relámpagos innocuos, así surgen en la mente del predicador temas y textos que no llegan a satisfacerle. Aparece, por fin, el más acertado de todos, el cual, rompiendo la nube, da lugar a una lluvia de pensamientos.
Si la mente del predicador ha sido bien preparada con una disciplina homilética, aunque caigan éstos dispersos y confusos serán encauzados por los canales de un plan bien dispuesto; de este modo todos aquellos pensamientos aprovechables entrarán, en su lugar y momento debi¬do, en el cauce del río, que es la argumentación del tema.
El río es finalmente una corriente poderosa que se lanza por la catarata de la conclusión. Obsérvese cómo en el interior de ésta aparece la recapitulación, que consiste en una mención breve de los argumen¬tos principales del sermón.
No todos los sermones necesitan una conclusión recapitulativa, pero siem¬pre tendrá lugar un breve resumen, sea en la forma detallada que indica el gráfico o de un modo más general.
Obsérvese cómo el río que representa el caudal de pensamientos de un sermón puede venir de los montes de la imaginación del predicador en dos for¬mas diversas. Atropelladamente, como un chorro de frases e ideas sin distribuir (dejando en el ánimo de los oyentes la impresión de haber escuchado «un montón de cosas buenas», pero sin ser capaces de definir el curso que han seguido tales pensamientos), o bien, relacionados el uno con el otro, en la forma escalonada y ordenada que aparece en la supuesta red de canales de la izquierda.
Del mismo modo que un caudal de agua es mucho más eficaz cuando es bien distribuido para regar la tierra y hacerla producir sus frutos, porque el líquido elemento en vez de pasar inútilmente se esparce y empapa los surcos, el sermón bien ordenado es mu¬cho más susceptible de quedar retenido en las me¬morias y corazones de los oyentes que el sermón no homilético, desordenado y confuso, por abundante que sea el don de palabra del predicador, e impo¬nente el griterío y los ademanes con que fuera pro¬nunciado.
Tanto en el gráfico como en todos los bosquejos del libro hemos adoptado, para las divisiones, los signos que suelen usar la generalidad de los predi¬cadores. Así, los puntos principales son indicados por números romanos: I, II, III, IV. Las subdivisiones, por cifras: 1.°, 2,°, 3.°, 4.°, etc. Y las subdivisiones secundarias, por letras: a), b), c), d), etc.
II- Sermones Textuales
En líneas generales, el sermón bíblico puede ser catalogado en tres clases:
TEXTUAL, el que se limita a exponer y explicar un texto bíblico.
TEMÁTICO, el que se basa sobre un tema o asunto.
EXPOSITIVO, es el que comenta un pasaje bí¬blico, narración o parábola de la Sagrada Escritura.
Estas tres clases se subdividen en muchas otras según el carácter o procedimiento que se adopte para el arreglo del sermón, como tendremos ocasión de ver.
Empezaremos hablando del sermón textual por ser el más fácil, sobre todo en su forma simple o ilativa.
DIVERSOS USOS DEL TEXTO
La costumbre de basar el sermón evangélico so¬bre un texto bíblico es muy antigua y en gran modo recomendable. El texto bíblico da autoridad divina al sermón.
Permítasenos, empero, decir que los textos bíbli¬cos suelen ser usados en tres formas por los predi¬cadores:
a) Como punto de partida para el sermón. Algu¬nos predicadores hacen uso del texto como de una especie de plataforma desde la cual se lanzan a ha¬blar sin acordarse del lugar de donde vinieron. Los que usan así su texto como excusa y no como base del sermón muestran tener poco respeto a la Pala¬bra de Dios y no serán estimados por una congre-gación de creyentes espirituales y fervorosos.
b) Como punto de socorro o apoyo. Otros predi¬cadores dicen su texto y predican sin orden pensa¬mientos más o menos buenos, pero que por lo general no tienen mucha relación con su texto. Cuando el predicador se ve perdido, regresa al texto, lo repite y vuelve a lanzarse al mar de su palabrería, en otra dirección muy diferente que la primera vez, usando como excusa de su nueva disertación alguna otra palabra del mismo texto, pero el oyente que piensa lógicamente no puede ver ninguna relación ni co¬nexión entre esta segunda parte del sermón y la pri¬mera.
Las congregaciones sometidas a la tortura de esta clase de sermones nunca tienen una idea clara de lo que se propone decirles el predicador y les es muy difícil recordar otra cosa que sus frases sueltas del sermón.
c) Como verdadero texto y fundamento del ser¬món. En las formas que vamos a analizar.
I. Sermón textual ilativo.
El método más sencillo para preparar un sermón textual es el de comentar el texto palabra por pala¬bra. Hay textos muy buenos para esta clase de ser¬mones, pero no todos sirven para tal desarrollo, y muchos textos no pueden ser tratados de modo alguno en esta forma simple, pues darían como resul¬tado un galimatías de ideas sin orden lógico.
EJEMPLO 1º.
Sobre 1.a Timoteo 1:15
Después de formular un tema que concrete el mensaje del texto, como:
«EL FIEL MENSAJE» o «NOTICIA SIN IGUAL», puede desarrollarse diciendo:
Introducción. — La necesidad de verdad que tiene el mundo habiendo habido tantas enseñanzas de error. Afortunadamente hay un mensaje de parte de Dios que puede con razón ser llamado:
I. Palabra fiel. — Expónganse los motivos que te¬nemos para creer en la fidelidad de la Sagrada Es¬critura, como son su enseñanza inigualable, profecías cumplidas, fidelidad y pertinacia de los primeros propagadores del Cristianismo, etc.
II. Digna de ser recibida de todos. — Puntualíce¬se la necesidad que todos los hombres tienen de salva¬ción y, por tanto, de hacer caso del llamamiento de Dios. (Resístase la inclinación que pueda sentir el predicador novato a explicar en este segundo punto el plan de salvación, pues esto ha de venir después. Hasta aquí no hay que hablar más que de la vera¬cidad y necesidad del mensaje.)
Pásese luego al tercer punto diciendo: ¿En qué consiste tan gloriosa noticia que todo hombre nece¬sita conocer?
III. Que Cristo Jesús vino al mundo. — Cristo sig¬nifica «ungido», elegido de Dios para una misión es¬pecial. Jesús significa «Salvador». Háblese de las repetidas promesas que Dios hizo de enviar a un Ser de tal naturaleza a través de los tiempos desde que el primer hombre pecó. (Resista también aquí la tentación de explicar cómo Cristo nos salva, re-servándolo para el punto que sigue.)
IV. Para salvar a los pecadores. — Su venida ha¬bría sido de poco provecho a la Humanidad si no hubiera llegado a realizar el objeto de ella, si se hu¬biera limitado a ser un Maestro y no llegara a efec¬tuar la salvación por su muerte redentora. Ilústrese con alguna anécdota de alguien que se haya sacri¬ficado por un prójimo.
V. De los cuales yo soy el primero. — Esta con¬fesión de parte de cada hombre es indispensable para poder recibir el beneficio inmenso de este glo¬rioso mensaje de indulto. Diga a los oyentes, perso¬nalizando ya el asunto: «Quizá no seas el más grande pecador del mundo, pero eres el primero, por cuan¬to ninguno hay más cercano y que te interese tanto salvar como tu propia alma inmortal.»
Nótese el orden lógico de este texto, que empieza con un preámbulo acreditando la certeza de la fe cristiana y termina con una aplicación personal.
Otro texto notable que viene lógicamente ordena¬do es Juan 10:27 y 28, el cual, por referirse a una metáfora —la del Buen Pastor—, requerirá una ex¬plicación y aplicación especial.
II. Sistema textual analítico.
Puede añadirse fuerza a las ideas del texto si se concreta en una frase que las defina de un modo sugestivo, es decir, formulando una especie de tema para cada parte del texto.
EJEMPLO 2º.
LA PROMESA DEL LADRÓN ARREPENTIDO
Lucas 23:43
I. Seguridad preciosa. — «De cierto, de cierto te digo».
II. Invitación admirable. — «Estarás en el Paraíso».
III. Compañía gratísima. — «Estarás conmigo».
IV. Promesa sin dilación. — «Estarás hoy».
En este método se da prominencia más bien al pensamiento que a las palabras del texto, y no hay tanto peligro de que se siga tan solamente un tratamiento verbal del mismo, es decir, una mera repe-tición de lo que el texto dice: porque estos epígrafes analíticos sugieren al predicador nuevas ideas.
III. Sistema analítico invertido.
Algunos textos pueden ser tratados provechosa¬mente de diversos modos por medio de la inversión de términos, o sea, variando el orden de las frases que entran en el texto.
EJEMPLO 3º.
PRIVILEGIO QUE ENTRAÑA GRAN PELIGRO
Tomando Efesios 4:30, pondríamos por título:
I. Un gran beneficio. — «Sellados por el Espíritu».
II. Una gran esperanza. — «El día de la redención».
III. Un gran requerimiento. — «No contristéis al Es¬píritu».
O bien puede compararse la condición del creyente a la del esclavo hebreo, que esperaba el Jubileo para obtener la libertad, y formular el bosquejo de otra forma.
IV. Sistema analítico-expositivo.
El sistema analítico se emplea con gran provecho en textos largos, o sea, porciones formadas por va¬rios versículos, de los cuales se toma, no cada pala¬bra o frase para exponerla a considerarla, sino las que convienen al plan general del sermón según el tema bajo el cual se comenta.
Esta clase de sermones se llaman expositivos, y aunque trataremos de ellos ampliamente en otros capítulos, damos aquí estos ejemplos para mostrar cómo se aplica a ellos el método analítico la inversión de términos.
No es posible la formulación homilética de sermones expositivos si no es por el método analítico, ya que se trata de pensamientos disemi-nados en un largo pasaje y no de un solo texto que se divide en partes. Por esta razón, sin las frases analíticas que relacionan sus partes con el tema, no tendrían sentido las frases escriturales que se esco¬gen para comentar.
EJEMPLO 4º.
LA RELIGIÓN GENUINA
Ezequiel 31:19-21
I.Su autor. — «Yo Jehová».
II.El cambio que produce. — «Corazón y espíritu nuevos».
SERMÓN TEMÁTICO DOCTRINAL
Es el que toma una idea o doctrina bíblica y la sintetiza o resume, aportando en su apoyo diversos textos bíblicos, pero no todos los textos que hablan sobre tal asunto, ni un número excesivo de ellos.
Hay sermones que apenas son otra cosa que una serie de textos bíblicos engarzados. A la gente le gusta ver que los pensamientos del predicador están bien fundados en la Palabra de Dios. Puede obser¬varse cómo el apóstol San Pablo cita una vez y otra las Escrituras del Antiguo Testamento; por ejem¬plo, en apoyo de la tesis sobre la salvación por la fe, que desarrolla en las cartas a los Romanos y a los Calatas, pero hay allí pensamientos originales que forman la carne de la disertación.
Alguien ha dicho que antes que escuchar sermones que son meros esqueletos de textos preferirán los oyentes com¬prarse un diccionario bíblico de paralelos, evitando a un predicador que no se toma la molestia de pensar y fía su discurso en la memorización de textos bí-blicos.
En ningún discurso, ya sea simplemente tópico como el anterior, o de estudio bíblico como el que sigue, deben emplearse más de dos o tres textos bíblicos, como máximo, en apoyo de cada una de las partes.
Puede usarse más de un texto para cada parte o división cuando el segundo y el tercero con¬tienen alguna idea nueva que completa la idea de los otros, pero en la mayoría de los casos un solo texto bien escogido será suficiente.
EJEMPLO 1º.
EL PROMETIDO MESÍAS
Introducción. — La promesa de un Redentor fue hecha a nuestros primeros padres desde el momento de la caída; la Biblia va definiendo el carácter de este enviado sin igual que vendría a efectuar la libe¬ración espiritual de la Humanidad.
Desarrollo. — Notemos sus características:
I.Sería simiente de la mujer, lo que parece predecir su nacimiento virginal: Génesis 3:15.
II.Sería un descendiente de Abraham: Géne¬sis 22:18.
III.Sería un descendiente de David: 2.° Samuel 7:13.
IV.Nacería en Belem Miqueas 5:2.
V.Horadarían sus manos y sus pies: Salmo 22:16.
VI. Sería contado entre malhechores: Isaías 53:9.
VI.Pero enterrado en rica tumba: Isaías 53:9.
VII.No quedaría en el sepulcro: Salmo 16:10.
Conclusión. — Cristo ha demostrado ser el Mesías prometido y como tal debe ser aceptado.
Como advertimos ya, el predicador encontrará muchos pasajes en que se declara que el Mesías sería hijo de Abraham o de David, pero uno solo escogido y explicado es mejor que muchos mal explicados.
En un sentido general todos los sermones tópicos son sintéticos porque sintetizan o resumen alguna verdad o doctrina que se halla distribuida en toda la Biblia, pero en el ejemplo «Por qué predicamos el Evangelio» la síntesis de pasajes bíblicos no aparece tan clara como en éste del Mesías, por esto lo con¬sideramos simplemente tópico, o de desarrollo de un tema. Mientras que llamamos al segundo sermón, doctrinal, o de síntesis bíblica, porque desarrolla, no una idea, motivo, apelación o exhortación, sino una doctrina, la del Mesías. Algunos llaman a los sermo¬nes sintéticos sobre alguna enseñanza o doctrina es-piritual, simplemente: Estudio Bíblico.
Con la ayuda de un buen diccionario de paralelos, o aun con la mera ayuda de las notas marginales de la Biblia, es fácil componer buenos mensajes tópicos, de síntesis doctrinal.
Otras veces el bosquejo sigue una serie de consi¬deraciones acerca de un tema, algunas apoyadas con texto y otras sacadas de la experiencia.
Búsquense textos bíblicos y, si es posible, alguna anécdota que ilustren estas afirmaciones y se obten¬drá un sermón breve y sugestivo que todos los oyen¬tes podrán recordar con facilidad.
Asimismo, en lugar de tratar en un solo discurso de «la fe» en todos los aspectos, sería mejor tratar un día de: «La fe como único medio de salvación», o concretándolo en un tema más breve, «Salvación por la fe», y en otro discurso «EZ poder de la fe», refiriéndonos, no al acto de fe por el cual recibimos a Cristo como Salvador, sino a la fe constante que obtiene el cumplimiento de las promesas de Dios por medio de la oración.
Como quiera que nuestros públicos son general¬mente mixtos, de personas inconversas y de creyen¬tes, es permitido al predicador, en un discurso sobre la salvación por la fe, referirse al final del sermón a la constancia de la fe que nos permite vivir una vida victoriosa como creyentes, hasta el día que en¬tramos en posesión de la promesa de salvación.
Pero esto de un modo breve, sin extenderse en aquellas consideraciones que no son el objeto principal del sermón. Asimismo, en un discurso para creyentes, refiriéndonos a la fe que obtiene victorias por la ora-ción, nos es permitido poner, quizá como primer punto de la disertación, que la primera bendición de Dios que alcanzamos por medio de la fe es la sal¬vación del alma, lo que nos permitirá dirigir una llamada a algún oyente no convertido que pudiera ha¬llarse entre la concurrencia, pasando inmediatamen¬te a referirnos a las otras bendiciones de la vida de fe, con más detalle y extensión.
Nunca hay que olvidar el propósito principal del sermón, que es, en el primer caso, atraer a los in-conversos a una fe definida en la obra redentora de Cristo, y en el segundo, alentar a los creyentes a una vida de fe.
Un sermón que abarque completamente los dos aspectos de la fe es imposible, pues todos los sermo¬nes deben tener un propósito principal. Tratar de cazar muchos pájaros de un solo tiro es seguro mé-todo para no alcanzar ninguno.
Asimismo, un sermón que se extiende por igual en dos propósitos diversos no alcanzará ninguno; siempre debe tener un propó¬sito principal, aunque contenga alguna exhortación incidental de otro carácter, la cual debe procurarse relacionar del mejor modo posible con el propósito principal.
SERMÓN TEXTUAL-TEMATICO
Uniendo lo que hemos aprendido acerca de los sermones textuales y los temáticos, encontraremos que algunos textos se prestan para la construcción de sermones temáticos con la ayuda de otros tex¬tos de la Biblia, pero siguiendo un desarrollo muy similar al sermón textual.
En los sermones de esta clase hay por lo general una palabra clave que viene a constituir el tema del discurso. Otros textos bíblicos en los cuales ocurre la misma palabra o idea, son preciosos auxiliares para ilustrar las subdivisiones de tal discurso, aun¬que otras partes pueden ser ilustradas también con ejemplos o circunstancias de la experiencia huma¬na, y no por un texto bíblico.
Debe evitarse cuidadosamente el uso de textos ilustrativos con profusión excesiva. Nunca deben to¬marse textos por la simple razón de que la palabra o idea clave concurre en ellos. Un sermón no es una concordancia de analogías bíblicas.
De acuerdo con este principio, jamás deben formularse subdivisiones para poder encajar textos favoritos en un sermón, sino que los textos deben buscarse después de haber formulado las subdivisiones, con el exclusivo objeto de ilustrar el pensamiento que tenemos en mente.
Obsérvense estas instrucciones en el siguiente
EJEMPLO 2º.
BUSCANDO AL SEÑOR
Isaías 55:6
I. Qué significa buscar al Señor.
1.° Es buscar el conocimiento de El: Juan 1:18, 2.a Corintios 4:6, Juan 17:25-26 y Mateo 11:27.
2.° Es buscar su favor: Efesios 2:3 y 1:6.
3.° Es buscar su imagen: Génesis 1:27, Efe¬sios 4:22-24.
4.° Es buscar su comunión: Colosenses 1:21, 2.a Corintios 6:16 y Juan 14:23.
5.° Es buscar su presencia y goce por la eter¬nidad: Mateo 5:8, 1.a Juan 3:2, Apocalip¬sis 21:3-7 y 22:3-4.
II. Cómo debe buscarse al Señor.
1° Conscientes de nuestra absoluta necesidad de El y de los privilegios arriba mencio¬nados.
2.° Con sinceros deseos de tenerle: Salmo 42:1, 43:1 e Isaías 26:8-9.
3.° Por medio de la oración: Mateo 7:7 y 6:6.
4.° Con una búsqueda perseverante.
III. Cuándo debemos buscar al Señor. 1° Mientras vivimos. 2." Mientras gozamos de salud.
3.° En nuestra juventud.
4.° Mientras dura el día de la gracia.
I.Su generosa oferta.
1° Tendrá misericordia.
2.° Dará abundante perdón: Isaías 55:7.
3.° Nos renovará: Vers. 10 y 11.
(Adaptado de Charles Simeón.)
Obsérvese que algunas de las subdivisiones tienen textos ilustrativos y otras no. El mensaje es tan evan¬gélico que fácilmente podrían hallarse textos para cada una de sus subdivisiones, pero los puntos III y IV son tan sencillos que no necesitan textos para su ilustración, y el aplicarlos a cada subdivisión ha¬ría el discurso demasiado largo y pesado. Hay casi demasiados en la primera parte.
Quizá podrían suprimirse textos en las primeras secciones y poner otros en las últimas. Como un ejercicio práctico para el estudiante, vamos a poner citas bíblicas adecuadas a estas últimas secciones, pero en desorden, para que el estudiante las coloque en el lugar que a su juicio corresponden: Isaías 55:7. Eclesiastés 12:1. Isaías 65:6. Job 7:4-6. Eclesiastés 7:2. Salmo 111:2. Lucas 11:9.
Notemos que cuando se citan varios textos para un mismo punto, éstos no están puestos en cualquier orden, sino que hay entre ellos un desarrollo de pen¬samiento. Por ejemplo, en la subdivisión 1.a «Es bus¬car el conocimiento de El», podemos empezar dicien¬do, de acuerdo con Juan 1:18, que la búsqueda del Desconocido Invisible ha sido la gran incógnita de la Humanidad; pero no es tanto porque Dios se haya ocultado como porque el diablo ha cegado las mentes de los hombres para no ver a Dios en sus obras.
Aquellos que reciben a Cristo son empero los que verdaderamente descubren a Dios según Juan 17:25-26, ya que Dios tiene que ser buscado más con el corazón que con la mente. Por esto son las per¬sonas más sencillas y sinceras, y no los sabios de este mundo, quienes le encuentran más fácilmente (Mateo 11:27). Quien busque este supremo conoci¬miento lo hallará, por muy humilde e ignorante que sea.
Relacionando estos textos auxiliares, el oyente se siente suavemente introducido en ellos por la argu¬mentación lógica del predicador. Nada hay peor que tratar de ilustrar un sermón con una retahíla de textos bíblicos sin conexión. Es necesario desarro¬llar el tema de modo que los textos caigan a propó¬sito, como llaves que se aplican a sus cerraduras.
Por otro lado, hay que tener gran cuidado en no caer en el peligro de desarrollar los textos ilustra¬tivos demasiado extensamente, de modo que resulten nuevos sermones. Al desarrollar el subtítulo antes referido con cuatro textos ilustrativos, no debe olvi¬dar el predicador que el tema del sermón es «BUS¬CANDO AL SEÑOR» y que «El conocimiento de Dios» es sólo un punto subsidiario del argumento principal, que es: la necesidad y conveniencia de buscar a Dios, y que para este punto subsidiario no debe em¬plear el predicador más que unos breves minutos. Por consiguiente, las frases con las cuales una estos cuatro textos deben ser concisas e incisivas.
Cuando al estudiar una subdivisión le ocurran al predicador una superabundancia de pensamientos, hará bien en anotarlos para otro sermón, que en este caso podría ser sobre el tema «EL MAYOR DESCUBRIMIENTO DE TODOS», o bien «UN CONOCIMIENTO FELIZ», pero de ningún modo debe tratar de hacer de cada subtítulo un nuevo sermón, hasta hacerse cansado al auditorio.
Con el ejemplo del punto primero el estudiante podrá ver fácilmente la relación que existe entre los textos de los subtítulos 3.°, 4.° y 5.°.
Los subtítulos del punto 3.°, por ser tan breves y simples, convendría ilustrarlos con alguna anécdota, lo que daría variedad al sermón.
Conclusión. — Oh, que el pecador considere la ne¬cesidad de un cambio total de pensamiento en lo interior, y de conducta exterior. Si no es completo y radical sería vano. Total y terrible ruina será la consecuencia de seguir en el mal. Que sea ésta la hora crucial de tu vida. Dios dice «vuélvete». ¿Qué te impide hacerlo?
(Adaptado de C. H. Spurgeon.)
IV- Subdivisiones del sermón
Concretando lo dicho en los capítulos anteriores, podemos definir la gestación de un sermón en la si¬guiente forma:
1. El predicador recibe la inspiración del asunto sobre el cual ha de hablar como un mensaje especial de Dios para sus oyentes; como respuesta a sus con¬tinuas oraciones pidiendo a Dios la inspiración de mensajes apropiados a las necesidades espirituales de su público.
2. Encuentra el texto adecuado que define el mensaje. (A veces la inspiración del mensaje viene con el texto, sobre todo si el predicador es un asiduo lector de la Palabra de Dios.)
En otros casos querrá predicar sobre una doctri¬na bíblica y usará, no uno, sino muchos textos en su apoyo, escogiendo como texto del sermón el que me¬jor defina el mensaje o doctrina que desea exponer.
3. Concentrará el mensaje en una frase corta que se llama tema.
4. Lo definirá en varias proposiciones o divisio¬nes principales, ya sea usando las palabras o frases más prominentes del texto (sermón textual ilativo), o siguiendo un plan lógico formulado en su mente acerca de los pensamientos que el texto le sugiere (sermón textual-tópico), o bien formará un plan que no tiene nada que ver con las palabras del texto sino con algún mensaje o doctrina bíblica, para el cual el texto le sirve solamente de introducción (sermón tópico).
5. Escribirá una introducción que despierte la atención y el deseo de los oyentes para escuchar el desarrollo del mensaje. Acerca de esta parte breve pero importantísima del sermón hablamos en un ca¬pítulo especial.
Hasta aquí tiene formulado el plan o esqueleto del sermón. Aunque el esqueleto es el armazón o apoyo del cuerpo, no constituye el cuerpo en sí, ne¬cesita la carne y los órganos que lo completen. Así el sermón con sólo sus divisiones principales no con¬seguiría el objeto de salvación o edificación de los oyentes. Algunos de los mismos puntos principales no serían ni siquiera comprendidos por los oyentes si no fueran acompañados de una explicación.
El estudiante habrá notado cómo algunos de los bosquejos que dimos en el capítulo I, que se refiere a las diversas formas de sermón textual, los acom¬pañamos de subdivisiones para hacerlos más com-prensivos, mientras otros más claros o simples los dejamos en esqueleto, sin dar de ellos más que las di¬visiones principales.
El objeto de las subdivisiones es ampliar el sentido de las divisiones principales para que el pensamiento sea más claro y detallado.
Por lo tanto, las subdivisiones deben ser única¬mente el desarrollo de la división principal sin sa¬lirse de ella y, sobre todo, sin tratar de explicar lo que ha de exponerse más tarde en alguna otra di¬visión.
Tomando el bosquejo que hemos tenido en el ca¬pítulo I, página 20, podremos desarrollarlo en esta forma:
EJEMPLO 1º
Tema: LLAMAMIENTO EFICAZ
Mateo 9:9
Introducción. — Explicar la historia de Mateo de un modo vivo y dramático. Haciendo énfasis en la prontitud con que Mateo siguió a Cristo. Puntualícese lo que dijimos en la introducción del anterior bos-quejo: que una sola palabra bastó para cambiar la vida de este hombre, pero:
I. ¿Quién es el que hace el llamamiento?
1. El Hijo de Dios venido como hombre a la tierra.
2. El amante Salvador que desea salvar a todos.
3. El Divino Maestro.
4. El que sabe lo que hay en el hombre.
5. El que tiene toda autoridad para invitar y aun mandar.
II. ¿A quién dirige esta exhortación?
1.A un hombre avaro y entrometido en nego¬cios mundanos.
2.A uno despreciado de todo el mundo por su carácter y conducta.
3.A uno a quien el dinero no había podido sa¬tisfacer.
Aplicación: ¿No hay muchos así hoy día y entre los oyentes?
III. ¿Qué significa seguir a Cristo?

EJEMPLO 1º
Tema: LLAMAMIENTO EFICAZ
Mateo 9:9
Introducción. — Explicar la historia de Mateo de un modo vivo y dramático. Haciendo énfasis en la prontitud con que Mateo siguió a Cristo. Puntualícese lo que dijimos en la introducción del anterior bos-quejo: que una sola palabra bastó para cambiar la vida de este hombre, pero:
I. ¿Quién es el que hace el llamamiento?
1. El Hijo de Dios venido como hombre a la tierra.
2. El amante Salvador que desea salvar a todos.
3. El Divino Maestro.
4. El que sabe lo que hay en el hombre.
5. El que tiene toda autoridad para invitar y aun mandar.
II. ¿A quién dirige esta exhortación?
1.A un hombre avaro y entrometido en nego¬cios mundanos.
2.A uno despreciado de todo el mundo por su carácter y conducta.
3.A uno a quien el dinero no había podido sa¬tisfacer.
Aplicación: ¿No hay muchos así hoy día y entre los oyentes?
III. ¿Qué significa seguir a Cristo?
1. Seguir su instrucción, sus enseñanzas.
2. Imitar sus prácticas: oración, asistencia al culto, caridad, etc.
3. Acompañarle en sus sentimientos y propó¬sitos.
4. Dejar la compañía que no sigue a Jesús.
5. Dejar la ocupación que, por no corresponder con el carácter o métodos de Cristo, no puede ejercerse siguiendo a Jesús.
Aplicación: A las posibles circunstancias de los oyentes (sin entrar en detalles que pu¬dieran tener un carácter personal para al¬guno de los asistentes, lo que sería fatal¬mente erróneo y contraproducente. Dejemos al Espíritu Santo aplicar la Palabra).
IV. Resultados de seguir a Cristo.
1. Cambio total de vida. No se avergonzó de seguir al Señor.
2. Procuró que otros tuviesen contacto con Cristo.
3. Generosidad. «Convidó a muchos».
4. Recibió uno de los más altos cargos que Cris¬to podía dar a los mortales, el ser apóstol.
5. Ha sido un medio de bendición por medio de su Evangelio no sólo a sus contemporá¬neos, sino a todas las generaciones de cre-yentes.
Conclusión. — ¿No quieres seguir a Cristo hoy y servirle como Mateo para gozar de sus beneficios y ser bendición a muchos?
Las subdivisiones de los dos primeros puntos prin¬cipales tienen que ver con la historia de Mateo y no requieren aplicación especial a los oyentes; sin em¬bargo, al desarrollar las subdivisiones del primero, el predicador debe pensar en las almas que necesitan un Salvador, al igual que lo necesitó Mateo, y debe hablar con entusiasmo y convicción, aunque lo hará solamente refiriéndose a Mateo, sin hacer invitacio¬nes especiales a los oyentes, pues tales invitaciones sólo en casos excepcionales pueden hacerse en el primer punto del sermón.
Sin embargo, debe contar la historia de Mateo, pensando en la impresión que hará en el ánimo de los oyentes inconversos lo que está describiendo como de paso, acerca del amor y deseo del Señor Jesucristo de salvar a los pecadores.
Al terminar el desarrollo de las cuatro subdivi¬siones del punto segundo puede hacerse una aplica¬ción personal, diciendo: ¿No te hallas satisfecho y feliz? Cristo te invita, etc.
En el tercer punto casi olvidamos a Mateo, pero no nos apartamos del temía, porque, sin duda, Mateo haría todas estas cosas, sobre todo la 5.a, que está bien declarada en la narración evangélica.
En las cinco subdivisiones del punto cuarto puede observarse una clara gradación que nos permite ter¬minar hablando de la recompensa que Cristo otorga a los que le siguen.
Las subdivisiones deben, pues:
1. Explicar lo que no sea bien claro en la divi¬sión principal.
2. Demostrar y probar que lo afirmado en la di¬visión principal es la verdad.
Algunas veces las subdivisiones son respuestas a las preguntas de las divisiones principales, cuando el método de preguntas ha sido usado al hacer el plan general del sermón.
Veamos un ejemplo de ello en este bosquejo sobre Judas:
Conclusión. — ¿No quieres amar a Cristo, confe¬sarle con valor y sufrir el desprecio del mundo para obtener en cambio tan grandes beneficios?
DIVISIONES AMPLIADAS O EXPLICADAS
Para predicadores noveles o muy ancianos, cuan¬do empieza a fallarles la memoria, no será suficiente un bosquejo con escuetas divisiones y subdivisiones, sino que necesitará un poco de desarrollo escrito. Aconsejamos, empero, que éste sea lo más conciso posible para no llevar al predicador a la tentación de leer el sermón palabra por palabra, lo que siem¬pre resta vigor a la alocución, atando al predicador a un manuscrito.
El lector encontrará numerosos ejemplos de bosquejos de esta clase en nuestro volu¬men de Sermones escogidos, donde publicamos sola-mente dos, sobre inauguración de templos, transcri¬tos palabra por palabra, y cuarenta y ocho sobre diversos temas en esta forma condensada, ocupando cada bosquejo a lo más tres páginas, y una, aproximadamente, de anécdotas.
Aquí nos limitaremos a transcribir un ejemplo exprofesamente escogido de otro autor.
Introducción. — El capítulo del cual selecciona¬mos este ejemplo empieza con el mensaje enviado por Juan a Cristo y la respuesta de Este (vers. 3-6). Cristo ensalza el carácter de Juan (vers. 7-11) y cen-sura al pueblo por su menosprecio, tanto del minis¬terio de Juan como dej suyo propio, mostrándoles los vanos pretextos que presentan para justificarse. Finalmente profetiza la ruina de Corazín, Bethsaida y Capernaum, y concluye con esta afectuosa invita¬ción a tales oyentes desaprensivos, que bien pueden ser tomados como tipo de la Humanidad entera. Con¬sideremos:
I. El yugo que nos impone.
El yugo es un instrumento puesto sobre el cuello del buey por el cual éste queda sujeto a ciertas res¬tricciones de parte del labrador que le conduce y de su compañero o compañeros de labor. Cristo usa esta figura para aplicarla a la religión; e implica:
1) El yugo de su doctrina. — Esto significa la su¬jeción de nuestra mente a su enseñanza. La recep¬ción con humildad de las misteriosas doctrinas del Cristianismo, como la encarnación del Verbo Divino, la Redención, la Resurrección, etc. Tales doctrinas eran tropezadero a los judíos y locura a los gentiles, mas a los creyentes son sabiduría y potencia de Dios.
2) El yugo de sus leyes. — Cristo no abolió la ley moral, sino que la explicó, espiritualizó y amplió. «Amad a vuestros enemigos» (véase Mateo 5:7). No hay verdadero discipulado sin obediencia: «Vosotros sois mis amigos», etc. «Si me amáis, guardad mis mandamientos.»
3) El yugo de la cruz de Cristo. — «Si alguno qui¬siere ser mi discípulo tome cada día su cruz, etc.» Esto implica mucho: pública profesión de Cristo, ne¬gación de sí mismo, si es necesario abandono de amigos, esposa, hijos, casas, bienes, y aun de la mis¬ma vida, por causa de Cristo.
II. La lección que nos enseña.
«Aprended de Mí». Esto significa tanto la doctrina que enseña como las reglas que nos impone y los sacrificios que demanda.
Tenemos que aprender de El:
1) Escuchando sus palabras. — El es el Profeta Supremo prometido a Israel de quien se dijo: «A El oíd.» Mandato divino enfatizado nuevamente por Dios en Su bautismo.
2) Imitando su ejemplo. — Es nuestro modelo perfecto. No nos impone ningún deber que El mismo no haya cumplido en su vida ejemplar. El abrió la senda y nosotros tenemos que seguir sus pasos.
3) Adoptando su mente y espíritu. — «Que soy manso y humilde de corazón». Debemos compartir la mansedumbre y humildad de Cristo, pues: «Si al¬guno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El.» La verdadera humildad suprime el orgullo e im¬parte un carácter dócil y amable.
III. La bendición que promete.
«Hallaréis descanso para vuestras almas». El re¬poso corporal es dulce e indispensable. ¡Cuánto más el descanso del alma! Esta promesa incluye:
1) Descanso de la servidumbre del pecado. — No existe labor más severa o cruel, ni acompañada de mayor miseria, que la del pecado. Esclavitud de Sa¬tanás. Vasallaje de su maldito imperio.
2) Descanso de la inquietud interior. — «Los im¬píos son como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta». «No hay paz, dice mi Dios, para los impíos, sino temor y constante recelo»; pero «Justi¬ficados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios». Por esto el alma puede cantar:
Oí la voz del Salvador
Decir con tierno amor:
Ven, ven a Mí, descansarás,
Cargado pecador.
Tal como era, a mi Jesús,
Cansado, yo acudí,
Y luego dulce alivio y paz,
Por fe, de El recibí.
3) Eterno reposo en el Cielo. — Queda un reposo para el pueblo de Dios. De los trabajos, conflictos, tristezas, cruces, sufrimientos, etc. Reposo constante y eterno (Apoc. 14:13). Para persuadir a los pecado-res a aceptar esta invitación observad:
IV. El motivo que aduce.
«Pues mi yugo es fácil y ligera mi carga». Así, es:
1) Contrastado con el yugo del pecado. — ¿Qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales os aver¬gonzáis? El yugo del pecado está lleno de amargura y su paga es «muerte».
2) Comparado con las prácticas religiosas del pa¬ganismo. — Por lo general están llenas de crueldad. Tales sistemas religiosos se hallan escritos con la sangre de sus adoradores. Niños inmolados, viudas quemadas, torturas de los faquires y santones. El yugo de Cristo, en cambio, está lleno de misericordia, bondad, paz y pureza.
3) Comparado con las prácticas de la dispensa¬ción judía. — Aunque de divino origen, como Dispen¬sación preliminar a la Cristiana, era, sin embargo, lo que Pedro llama: «Yugo que ni nosotros ni nues¬tros padres hemos podido llevar.» Por sus numerosos servicios, sacrificios, purificaciones, oblaciones, et¬cétera, y por la severidad de su ley moral: «Ojo por ojo y diente por diente.»
4) El yugo de Cristo es, en cambio, fácil por sí mismo. — Nada irracional, nada degradante u opre¬sivo se encuentra en su doctrina. «Sus mandamientos no son penosos». Amar a Dios, creer en Jesús, obe¬decer las leyes divinas y la dirección del Espíritu Santo; ser lleno de frutos de bondad, etc.
5) Es fácil por la ayuda que al aceptarlo nos es otorgada. — «Yo estoy con vosotros todos los días», promete Cristo al partir. Su presencia infunde for¬taleza y consuelo por su Santo Espíritu. (Cítense ejemplos de mártires.) «Bástate mi gracia» fue dicho a un hombre que pasó muchas tribulaciones en el servicio de Cristo, el cual pudo por su parte excla¬mar: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»
Aplicación: Exhortad al esclavo del pecado acerca de la necedad y locura de continuar en su penosa vida de pecado.
Invitadle a probar el suave yugo de Cristo.
Animad a los discípulos de Cristo a «seguir al Cor¬dero por dondequiera que fuere», imitando sus vir¬tudes.
Sermons, por J. Burns, D.D.)
Nótese en este ejemplo de un gran maestro varios rasgos que hemos señalado en la parte teórica de este manual:
1.° El sermón es en su planteamiento de carácter textual ilativo.
2.° El exordio o introducción es del contexto.
El doctor Burns tiene una preferencia especial por las introducciones contextúales. Permítasenos decir que éstas son siempre las más fáciles y ricas en ense¬ñanza, pero no las recomendamos en todos los casos.
El predicador que teniendo que -dirigirse a un mismo auditorio le diera siempre introducciones del contex¬to llegaría a hacerse monótonamente pesado. Como explicaremos en el capítulo VIII, hay otras formas de introducción más atractivas para despertar viva¬mente el interés del público desde el mismo principio del mensaje.
3.° Este sermón es, empero, en su desarrollo, un sermón textual-analítico, porque hay una frase en cada división principal que analiza, o presenta en otras palabras que las del propio texto, la verdad que expresan las frases textuales una tras otra.
4.° La conclusión, o aplicación, como lo denomina el Dr. Burns, es múltiple, conteniendo tres puntos. Ello es posible por tratarse de un texto largo y un sermón bastante extenso. Un texto más breve, rara-mente permite varias conclusiones.
5.° Digamos, finalmente, que este bosquejo, de un autor clásico y maestro de Homilética del siglo pasado, resulta demasiado extenso para nuestra épo¬ca moderna.
El predicador de nuestro tiempo que quisiera adaptarlo literalmente podría dar muy poco desarrollo a cada parte. Esto ocurre también con nuestro propio volumen de Sermones escogidos, pre-parado para predicadores noveles en tiempos de per¬secución, cuando los fieles se reunían por las casas, llenos de fervor espiritual, y no se sentían muy sa¬tisfechos si el sermón se circunscribía a una sola hora. Era necesario, pues, extender el mensaje por toda clase de ramificaciones en cada punto y enri¬quecerlo con muchas anécdotas. Pero ello da posi-bilidad al predicador actual a escoger lo mejor.
Siem¬pre es preferible en un bosquejo ajeno que nos pro¬ponemos adaptar, que haya exceso de material, que falta, para poder escoger y omitir lo menos intere¬sante, dando paso a pensamientos propios basados en aquellos puntos o proposiciones que más nos han llamado la atención.
El autor tiene que confesar que ha adaptado muchos sermones de Spurgeon en sus 45 años de predicador, pero omitiendo las nueve décimas partes del material, conservando tan sólo las divisiones principales y algunos pensamientos clave
V- Buscando material para el sermón
Muchas veces, los estudiantes de Homilética han dicho que ocurre con los bosquejos como con el hue¬vo de Colón. Son muy fáciles cuando se ven escritos en la pizarra, pero lo difícil es que a uno se le ocu¬rra el plan a desarrollar, y una vez obtenido éste, queda la dificultad de llenarlo con ideas interesantes. ¿Cómo lo haremos para hacer surgir ideas acerca de un texto en nuestras mentes?
La primera y más sencilla de las formas es so¬metiendo el mismo a un bombardeo de preguntas prácticas.
Supongamos que el texto es Romanos 1:16. Antes de proceder a ningún plan sobre este texto, el es¬tudiante puede preparar copioso material sometién¬dole a las siguientes preguntas:
Sobre el texto en general.
¿Cuándo fueron escritas estas palabras? ¿En qué población? ¿Por quién? ¿A quiénes fueron dirigidas? ¿De qué estaba hablando el escritor? ¿Qué objeto se proponía al escribir este texto?
Respecto a las palabras.
¿Por qué dice no me avergüenzo? ¿Por qué dice potencia? ¿Qué significa salud? Búsquense otros textos donde salud significa salvación.
Ejemplo: Hechos 4:12. Romanos 10:10. Hebreos: 14. Hebreos 2:3. 1.a Pedro 1:5. Judas 3.
¿Quién era el judío? ¿Quién era el griego? ¿Por ué nombra dos pueblos?
Respecto a las frases.
¿Cuántas hay en este texto? ¿Dónde hallaré aclaración sobre la palabra salud? ¿Dónde hallaré aclara-ión de que el Evangelio es poder?
En la Biblia: Zaqueo. La pecadora. El carcelero e Filipos.
En la historia: Recuérdese algún caso o anécdota. ¿Qué otros textos extienden la invitación a «todo 3uel»? Juan 3:16.
V- Buscando material para el sermón
Muchas veces, los estudiantes de Homilética han dicho que ocurre con los bosquejos como con el hue¬vo de Colón. Son muy fáciles cuando se ven escritos en la pizarra, pero lo difícil es que a uno se le ocu¬rra el plan a desarrollar, y una vez obtenido éste, queda la dificultad de llenarlo con ideas interesantes. ¿Cómo lo haremos para hacer surgir ideas acerca de un texto en nuestras mentes?
La primera y más sencilla de las formas es so¬metiendo el mismo a un bombardeo de preguntas prácticas.
Supongamos que el texto es Romanos 1:16. Antes de proceder a ningún plan sobre este texto, el es¬tudiante puede preparar copioso material sometién¬dole a las siguientes preguntas:
Sobre el texto en general.
¿Cuándo fueron escritas estas palabras? ¿En qué población? ¿Por quién? ¿A quiénes fueron dirigidas? ¿De qué estaba hablando el escritor? ¿Qué objeto se proponía al escribir este texto?
Respecto a las palabras.
¿Por qué dice no me avergüenzo? ¿Por qué dice potencia? ¿Qué significa salud? Búsquense otros textos donde salud significa salvación.
Ejemplo: Hechos 4:12. Romanos 10:10. Hebreos: 14. Hebreos 2:3. 1.a Pedro 1:5. Judas 3.
¿Quién era el judío? ¿Quién era el griego? ¿Por ué nombra dos pueblos?
Respecto a las frases.
¿Cuántas hay en este texto? ¿Dónde hallaré aclaración sobre la palabra salud? ¿Dónde hallaré aclara-ión de que el Evangelio es poder?
En la Biblia: Zaqueo. La pecadora. El carcelero e Filipos.
En la historia: Recuérdese algún caso o anécdota. ¿Qué otros textos extienden la invitación a «todo 3uel»? Juan 3:16.
Respecto a sí mismo.
¿Peco yo de avergonzarme? ¿Recuerdo algún caso que lo haya hecho?
¿He dudado del poder de Dios para convertir a alguien?
¿He de buscar primero los que están más cerca los que están más lejos en mis trabajos? ¿Me indicaré sólo a una clase?
Respecto a los oyentes
¿Qué verdades he de inculcar a los creyentes? . Las que me he aplicado a mí.
¿Y a los no creyentes? La realidad de un Evangelio que se ha demostrado tan poderoso.
La necesidad de creer para tener salvación.
La inutilidad de las obras para salvar. Lo que hacían los judíos.
La inutilidad de buscar a Dios en la filosofía na¬tural sin revelación.
ARREGLO DEL BOSQUEJO
Puedo hacerlo de dos modos: Por el método textual-ilativo o por el temático.
Si lo hago temático, ¿sobre qué palabra lo basaré?
Hay tres frases en el texto que sugieren intere¬santes temas, los cuales son:
1.° No me avergüenzo.
2.° Del Evangelio de Cristo.
3.° Porque es potencia de Dios.
Y pueden formularse así:
1.° El deber de no avergonzarse.
2.° l Evangelio, poder de Dios.
3.° Salvación para todo hombre.
Respecto a las ilustraciones.
¿Qué puntos conviene ilustrar? Especialmente: «avergüenzo» y «poder».
Respecto a la introducción.
¿Cómo haré el exordio? De dos maneras:
1.a Relacionándolo con el proyecto del viaje a Roma.
2.a Explicando el humilde origen del Evangelio y su triunfo sobre el mundo judío y gentil.
Qué luz echa el contexto sobre el texto?
El vers. 14 ilustra la disposición de Pablo para anunciar el Evangelio a todo el mundo. La absoluta depravación descrita en el vers. 21 al 32 ilustra el poder del Evangelio para salvar a tan corruptos pecadores.
El vers. 18 declara la necesidad de la salvación.
La respuesta a todas estas preguntas ofrece muchísimo material para hacer un buen sermón. Probablemente más que el que el estudiante podrá incluir en una sola disertación y puede ya proceder arreglo del bosquejo en alguna de las indicadas es formas.
EJEMPLO 1."
EL DEBER DE NO AVERGONZARSE Romanos 1:16
Introducción. — Siempre ha sido difícil confesar a Cristo, en otros tiempos a causa de la persecución; y día en que este motivo de temor ha casi des¬parecido, la obra de Dios es detenida por temores mucho menos fundados: el de la opinión pública, posible pérdida en los negocios, de prestigio o de fama.
El apóstol tenía en contra suya motivos de toda índole; sin embargo, está dispuesto a avanzar en vez de retroceder. Consideremos:
I. De qué no se avergonzaba el apóstol. — Del Evangelio, Buena Nueva del perdón de Dios. ¿Qué motivos aparentes tenía para avergon¬zarse?
1º. Era una religión nueva, sin tradición.
2º. Despreciada de los sabios y poderosos de su tiempo.
3º. Perseguida en muchas partes: Hechos 28:23.
4º. Profesada por los más pobres y humildes: 1.a Corintios 1:27.
5º. No siempre honrada por sus mismos segui¬dores: 1.a Corintios 6:6.
6º. Vilipendiada y calumniada de muchas ma¬neras.
II. Por qué no se avergonzaba. — A pesar de todo lo dicho, no tenía temor ni vergüenza de esta doctrina, porque era poder de Dios:
1º. Para persuadir y convencer: Hebreos 4:12.
2º. Para dar salvación: Romanos 8:1.
3º. Para regenerar y transformar: 1.a Corin¬tios 6:11.
4º. Para dar herencia eterna: Juan 1:12. Por eso era el Evangelio su mayor gloria: Gálatas 6:14.
En estos bosquejos sobre un mismo texto hay mucho material que puede ser intercalado con pro¬vecho. Con tra¬bajo y esfuerzo puede ampliarse cualquier bosquejo de modo que llene todo el tiempo del sermón, y con frecuencia más del que disponemos, sin necesidad de salirse del plan del sermón.
Se ha dicho que los dos elementos indispensables Para la composición de un sermón son: material y plan. A veces puede tenerse mucho material sin plan, otras veces se tiene un magnífico plan sin que de momento aparezca todo el material que podemos y debemos usar, pero éste va viniendo poco a poco, ando lugar a los puntos subsidiarios si tenemos un buen bosquejo de puntos principales y deseos de trabajar sin cansarnos hasta obtener un adecuado men¬aje para las almas, fácil de comprender y retener por su lógica ordenación.
VI- Sermones Expositivos
Se llama sermón expositivo al que toma como texto un largo pasaje bíblico. Los antiguos padres de la Iglesia llamaban a tales sermones «Homilías»; de ahí la palabra «Homilética», que se aplica al arte de preparar sermones religiosos.
Los sermones expositivos pueden estar basados sobre:
Un capítulo de la Biblia. Una historia o parábola.
Una serie de versículos que desarrollan un pensa¬miento especial.
Tomar todo un capítulo de la Biblia para un ser¬món, meramente por seguir la división de capítulos, no es recomendable. Hay capítulos que sirven para tal objeto porque contienen un solo mensaje, pero hay otros que contienen materias tan diversas que, al querer comentar todo el capítulo, además de expo¬nerse el predicador a predicar un sermón demasiado largo, corre el riesgo de que por la diversidad de materias borre con las últimas la impresión de las primeras sobre la mente de los oyentes.
Solamente en una serie de estudios bíblicos en los cuales venga comentándose algún libro de la Biblia es admisible predicar sobre capítulos, y aun en tales casos es necesario no sujetarse a tal división, sino a los asuntos que se tratan en cada capítulo, predicando un sermón sobre aquel grupo de textos que desarrollan un asunto.
Esto es bastante difícil, especialmente en las epístolas de San Pedro y de San Juan y también en algunas porciones de las cartas de San Pablo. En todo caso debe procurarse agrupar aquellos textos que presentan un lazo de relación entre sí por alguna palabra o idea común, como tendremos ocasión de ver. No obstante, se encuentran bastantes capítulos en la Biblia que ofrecen material para un solo sermón.
SERMONES NARRATIVOS
La mayor parte de los sermones expositivos suelen basarse sobre historias bíblicas o parábolas.
Lo primero que tiene que hacer el predicador para preparar un sermón de esta clase es leer el relato con suma atención, anotando los hechos que más le interesen o contengan alguna aplicación práctica.
1. Formule preguntas relacionadas con el hecho, como, por ejemplo: ¿Por qué pronunció Jesús esta parábola? Probablemente hallará la contestación en el contexto.
¿Qué enseñanzas hay para los creyentes? Trate de aplicar en los detalles o en la totalidad del pasaje.
¿Qué enseñanzas hay para los creyentes? Trate de aplicar el pasaje a su propio corazón y piense en las necesidades espirituales de su congregación a la vez del pasaje leíd
2. Anote las palabras principales de la narración busque su significado espiritual. Por ejemplo: Si se trata de la parábola del sembrador, las palabras clave serán: sembrador, semilla, terreno, espinas, pedregales, aves, enemigo. Pregúntese y responda qué significado puede tener cada una de ellas en el terreno espiritual.
Si se trata de una historia del Antiguo Testamen¬to como, por ejemplo, la de Naamán, las palabras clave serán: lepra, profeta, criados, rey, Jordán, limpio, etc. Y, aplicando el sistema de preguntas, tendremos:
¿Qué es la lepra? ¿Qué representa la lepra? ¿Quién era el profeta? ¿A quién puede represen¬tar? Y así a cada uno de los personajes. Además puede preguntarse: ¿Qué aprendemos de la conduc¬ta del profeta? ¿Y de la del rey? ¿Y de los criados? ¿Y de la sirvienta? Con las respuestas a todas estas preguntas tendremos bastante material acumulado para un sermón, pero estará desordenado.
Antes de entrar en las aplicaciones del sermón, se procura referir la historia en un lenguaje vivo y dramático, sobre todo si hay en la congregación per¬sonas que nunca la han oído.
Al explicar la historia puntualice los detalles so¬bre los cuales quiere basar aplicaciones espirituales, por ejemplo: Lo incurable de la lepra, pues después tendrá que decir que el pecado es una enfermedad incurable; el error de Naamán acudiendo a una alta recomendación, pues ello le servirá para combatir la mediación de los santos; la sencillez del método de curación recomendado, pues luego tendrá que ha¬blar de lo sencilla que es la salvación por la fe, etcé¬tera. Pero resista la tentación de explicar la aplica¬ción mientras cuenta la historia.
Después podrá formular la aplicación en la si¬guiente forma o parecida:
EJEMPLO 1º
Tema: EL ERROR DE NAAMAN
2ª Reyes 5
I. La terrible enfermedad del pecado.
a) Aplíquese a grandes y pequeños.
b) Es inherente al hombre caído.
c) Trae infaliblemente un desastroso fin.
II. El remedio infalible: El sacrificio de Cristo.
a) Advertido por el testimonio personal.
b) Definido por los servidores de Dios.
III. Métodos erróneos para conseguirlo,
á) No por dinero. Véanse Mateo 10:8; Hechos 8:20; 1ª Pedro 1:18.
b) No por influencia: Juan 2:4; 1.a Timoteo 2:5.
c) Considerar otras cosas tan buenas o mejo¬res que lo que Dios ha revelado. Abana, Pharphar —religiones humanas, moralidad.
IV. El método indispensable.
á) Escuchar el mensaje con humildad.
b) Creerlo de corazón.
c) Obedecer sin excusas y de un modo com¬pleto.
Se pueden hacer también sermones expositivos yendo directamente a las aplicaciones del hecho sin referir la historia. Dicho método es recomendable cuando el tiempo es muy limitado y se está hablando exclusivamente a creyentes que conocen la historia sobradamente, pero el primer método es más recomendable si el predicador es un buen narrador y sabe poner colorido a la historia, refiriendo detalles que no están en la narración bíblica, pero que pudieron ocurrir con toda probabilidad.
El autor tuvo el privilegio de oír al Dr. Billy Graham predicar en Winona Lake ante unas 20.000 personas, la mayoría de las cuales eran cristianas, sobre la conocidísima historia de Daniel en el foso de los leones.
El gran orador pintó con tan vivos colores el desespero del rey, accionando con las dos manos, cogiéndose con ellas la cabeza, en contraste con la tranquilidad de Daniel que suponía escogiendo al león más gordo y haciéndolo acostar para reclinar su cabeza sobre el mismo como almohada, que todos nos deleitamos escuchando una historia conocidísima como si fuera nueva.
Lo más admirable del caso es que supo componer el sermón de tal forma que, sin forzar las aplicaciones de la historia, contenía un claro mensaje evangelístico, y cuando hizo un llama¬miento final, unas 300 personas acudieron a la pla¬taforma, muchas de ellas llorando, para testificar su aceptación de Cristo como Salvador personal.
Sin embargo, el predicador debe tener mucho cui¬dado, sobre todo si es joven y novel en el arte de predicar, de no forzar su imaginación de tal modo que pinte la historia con colores extraños, añadiendo detalles inverosímiles. Hay que evitar describir a Noé, como hizo cierto predicador, a la puerta del Arca leyendo la Biblia.
Siempre al añadir detalles a las historias bíblicas debemos proceder con sumo cuidado para distinguir lo que está referido en la Biblia y lo que es imagina¬ción del predicador. Nunca deben darse tales ideas como si fuesen de la Biblia, sino que debemos dis¬tinguirlas con un «probablemente...», «podemos su¬poner...», «es posible que...», «podía ocurrir que...», y nunca hacer una afirmación concreta que no se halle contenida en las Sagradas Escrituras. La primera cualidad del predicador es ser veraz.
MÉTODO ANALÍTICO
El sistema mayormente empleado en la clase de armones llamados expositivos es el método simple, que consiste en comentar versículo por versículo, este sistema, generalmente usado por los predicadores sin estudios, es también empleado por los grandes expositores de la Palabra de Dios.
¿La razón? pues que es el método que permite sacar más provecho de la porción que se estudia, ya que con él se analiza cada frase, cada sentencia, cada palabra, sin dejar nada por exprimir en consideraciones y comentarios.
El predicador sencillo lo encuentra maravilloso. No hay que preparar sermón alguno, ni bosquejo, con este sistema, sino tan sólo meditar cada versículo. Cuando se han terminado los pensamientos referentes a una frase se procede a la siguiente; sin embargo, este sistema puede hacerse muy pesado a los oyentes, sobre todo si éstos no son personas muy fervorosas, y el predicador es pobre de expresión y de conocimientos.
Pero puede resultar maravilloso si el predicador sabe ir de un texto a otro del modo debido, pues también este método más sencillo tiene su arte y sus reglas.
Al exponer así la Sagrada Escritura es necesario no pasar bruscamente de un texto al siguiente o de una frase a otra del mismo texto, sino que conviene relacionarlos.
a) Por contraste. Por ejemplo, si estamos comentando del Evangelio diremos: «El Señor nos declara en la frase anterior tal o cual cosa; ahora nos dice esto», haciendo notar la relación, diferencia o avan¬ce de pensamiento que hay entre ambas frases.
b) Por inferencia de lo no expresado, pero que se adivina o trasluce en el pasaje entre líneas. Las frases más diversas pueden ser relacionadas de esta forma si el predicador es un pensador ágil.
Rogamos al lector que lea el pasaje Juan 5:37 al 45. A primera vista le parecerá que el discurso de Cristo cambia completamente de sentido en cada texto de la porción leída. Puede, naturalmente, comentarlo así, separa¬damente, haciendo como un pequeño sermón para cada texto.
Sin embargo, por buenos que sean tales sermoncitos resulta desorientador para la mente de los oyentes oírlos juntos uno tras otro sin conexión alguna entre sí.
Pero puede darse cohesión a estos pensamientos, al parecer tan diversos, preparando un sermón expo¬sitivo bajo un tema en la siguiente forma:
EJEMPLO 2º
LAS CREDENCIALES DE CRISTO
Juan 5:36 al 45
Vers. 36. — El Señor está hablando del testimonio de Juan, a quien los judíos enviaron a preguntar si era él el Mesías (véase Cap. 1; 19). Pero éste, en lugar de testificar de sí mismo, habló en favor de Cristo (Cap. 1, vers. 29). Los judíos orgullosos no lo creyeron, sino tan sólo algunos pocos discípulos; por esto Jesucristo les señala en cuanto a sí mismo un testimonio superior, el de Dios.
Vers. 37. — Ahora bien, la pregunta que ellos y cualquiera se haría es: « ¿Pero qué garantía tenemos de que Dios ha señalado a un humilde artesano de Nazaret como el Mesías?» Si pudiéramos ver a Dios, oír su voz haciéndonos tal declaración, bien, pero no hay tal cosa como esto. A este escepticismo alude la segunda parte del versículo.
Vers. 38. — Dado el modo en que Dios se revela al mundo, el que no tiene el Espíritu de Dios en el corazón no sabe percibir el mensaje de Dios en boca de sus mensajeros. Esto observamos cada día en nuestros servicios religiosos y ocurría igualmente en los días de Cristo. Sólo los que viven más cerca de Dios descubren y entienden por intuición espiritual lo que Dios quiere revelar a sus almas, por medio de sus siervos.
Vers. 39. — Pero las profecías de la Sagrada Escritura son un testimonio evidente, aun para el que no tiene la intuición espiritual, con tal que tenga buena voluntad. Por eso Cristo les invita a escudriñarla, para que se persuadan de que lo que las Sagradas Escrituras dicen acerca del Mesías que había de venir, estaba cumpliéndose en su persona.
Vers. 40. — El resultado de tal estudio sería la vida eterna, pero no por el mero hecho de leer la Biblia como un libro mágico, sino solamente en el caso; que como resultado de tal estudio naciera en ellos la fe sincera que les hiciera aceptar a Cristo de un modo libre y espontáneo.
Vers. 41. — Este reconocimiento no aprovecha al mismo Cristo, ya que aquel a quien adoran las criatu¬ras celestes no necesita la poca gloria que podemos darle.
Vers. 42. — Pero El se goza de ver el amor de Dios reflejado en el corazón de los hombres hechos a su imagen. Cuando falta este amor todo está perdido.
Vers. 43. — La locura humana consiste, empero, esto precisamente:
a) Rehúsa glorificar a Dios y da la gloria a cria¬turas humanas (santos, papa, héroes, ídolos nacio¬nales, etc.). Vers. 44. —
b) Este gran error es fomentado por el humano orgullo, que procura obtener el honor para sí o para su grupo. (Mucho del honor que se da a los santos canonizados en cada época es fomen¬tado por el orgullo patriótico, de orden religioso, et¬cétera. Ejemplo: Juana de Arco y muchos otros.)
Vers. 45-47. — La Palabra de Dios será, empero, el juez infalible que juzgará a los que se han extra¬viado de tal modo. ¡Qué desengaño para los judíos cuando se den cuenta de que les condena aquel a quien ellos idolatraban como su gran legislador y Caudillo!
¡Qué desengaño para muchos católicos cuando la bendita Virgen María pueda hablarles, no según la ilusión de los que hoy pretenden tener visiones, sino según ella es y piensa en verdad, lo cual conocemos por las enseñanzas del Evangelio!
Conclusión. — Nadie sino Cristo tiene credencia¬les divinas. Aceptémosle y dejémonos guiar sólo por El.
Cualquier predicador inteligente sabrá desarrollar estos puntos mucho más allá de lo aquí sugerido; pero el breve comentario que damos ofrece la clave para unir y relacionar estos versículos entre sí, ha-ciéndolos la base de un sermón compacto. Nótese, empero, que para hacerlo así es indispensable tener un tema, y el de Las credenciales de Cristo es el mejor que corresponde a este pasaje.
Supongamos que el capítulo a comentar es 1.a Pe¬dro 1. También allí hay materiales diversos. ¿Cómo vamos a unirlos? En algunos casos es casi imposible, hay una brecha insalvable entre versículo y versícu¬lo; entonces convendrá agrupar el texto, o el grupo de textos que sigue, bajo otro título, y así sucesivamente, formando tantos sermones como pasos infranqueables encontramos entre versículo y versículo.
El análisis de 1.a Pedro 1, nos da cuatro temas.
I. La esperanza de los peregrinos: Vers. del 1 al 9.
II. El misterio escondido a los profetas: Vers. 10 y 12.
III. Exhortación a la santificación: Vers. 13 al 22.
IV. Permanencia de la Biblia: Vers. 23 al 25.
MÉTODO SINTÉTICO
Cuando el comentario abarca un capítulo fecundo, de las epístolas o de los salmos, por ejemplo, será conveniente para agruparlos bajo un tema omitir los textos que no se avienen al plan propuesto, haciendo la selección solamente de los que entran en el plan lógico del sermón.
Este método es aún más sugestivo que el explicar un versículo tras otro, y el público lo aprecia más, porque le permite recordar el mensaje muchísimo mejor.
Supongamos que se trata de exponer el capítulo 4 de Filipenses. El predicador puede agrupar los pensamientos principales de dicho riquísimo capítulo bajo un tema general, del siguiente modo:
EJEMPLO 3º
SIETE PRIVILEGIOS DEL CREYENTE
1. Gozo constante: Vers. 4.
2. Liberación absoluta de cuidados: Vers. 6.
3. Paz abundante: Vers. 7.
4. Amigo siempre presente: Vers. 9.
5. Contentamiento que nunca fracasa: Vers. 11.
6. Poder todo suficiente: Vers. 15.
7. Una inagotable provisión para cada necesidad: Vers. 19.
El mismo pasaje que comentamos antes por el sistema analítico, versículo tras versículo, puede ser tratado por el sistema sintético desde el punto de vista de los privilegios, usando solamente aquellos textos que corresponden al tema, en la siguiente forma:
Para hacer buenos sermones expositivos de cualquier pasaje de las Sagradas Escrituras es necesario buscar una línea de pensamiento que engarce los principales textos como en una especie de collar d perlas. Será la manera de que la gente las retenga todas y no pierda ninguna. Si se las ofrecéis sueltas no recibirán tanta edificación espiritual, ni podrán recordar tan bien el sermón.
Supongamos que el comentario que queremos hacer es sobre el 2.° capítulo de 1.a Juan. Este es un capítulo difícil de unir en una sola línea de pensamiento, pues el estilo de San Juan no sigue un argumento continuo, como algunos capítulos de las epístolas de San Pablo, sino que varía constantemente sin embargo, puede hallarse aquí un lazo de conexión en la persona de Jesús, y podremos decir que el ca¬pítulo nos presenta:
VII- Ordenación del sermón
El orden es la base y secreto del sermón, como indicamos en el capítulo II.
El arreglo del esqueleto será la base de dicho orden.
No podemos clasificar un montón de cartas si no tenemos a mano un archivador, y los mejores pensa¬mientos de un sermón no podrían ser ordenados si carecemos de un bosquejo bajo cuyas divisiones prin¬cipales podemos agrupar los pensamientos que la meditación del tema y las diversas lecturas que he¬mos hecho relacionadas con el mismo han traído a nuestra mente.
Es necesario que dichos puntos principales vayan sucediéndose en valor creciente e interés. O sea, dicho negativamente: Que no se ponga lo que es de más peso primero, y que lo mismo las frases que los argumentos vayan disminuyendo en fuerza de modo que los más débiles vengan al fin. De esta manera no se puede mantener el interés de la gente ni hacer impresión sobre los oyentes.
El lector atento habrá podido observar un orden evidente en los bosquejos que hemos dado en otros capítulos, y lo habrá notado también en otros bosquejos y en los sermones que haya oído de buenos predicadores. Esta lección tiene, empero, por objeto hacer resaltar este carácter esencial del sermón, para lo cual daremos estas sencillas reglas:
1.Lo general tiene que preceder a lo particular personal. Por ejemplo: Si tratamos de describir la universalidad del pecado, nunca diremos: «Tú y yo somos pecadores, todos los hombres del mundo lo son», sino al contrario: «Todos los hombres son pecadores, tú yo lo somos también.»
2.Si hay que relacionar algo presente con lo ausente, se toma lo ausente primero. Por ejemplo: El Señor, en Lucas 13, habla de «aquellos galileos», pero después dice: «Si vosotros no os arrepintiereis, pereceréis igualmente», aplicando el ejemplo de los ausentes a los presentes.
3.Si se trata de un asunto donde entra el elemento tiempo, no se debe invertir el orden, sino tom¬arlo en el de pasado, presente y futuro. Tenemos el ejemplo en Hebreos 13:8. No tendría la misma fuerza y belleza este pasaje si dijera: «Jesucristo es el mismo por los siglos, hoy y ayer.» Parece que esta regla cae por su propio peso; sin embargo, algunos predicadores faltan a ella con frecuencia
4.Si hay tales elementos como manifestación, causa y resultado, es natural que para tener orden lógico principie por causa, luego manifestación y por último resultado.
5.Siempre debemos poner como en el último lugar aquel punto que lleve a la decisión importante que se desea producir por medio de un sermón.
Estas reglas generales para las divisiones principales se aplican igualmente a las subdivisiones, y algunas de ellas aun a las mismas frases del sermón. por ejemplo, si tomamos como tema:
EJEMPLO 1º.
UN CORAZÓN QUEBRANTADO
Salmo 51:17
Poniendo las subdivisiones en esta forma:
I. Cómo se produce el quebrantamiento de co¬razón.
II. Por qué se recomienda un corazón quebran¬tado.
III. En qué consiste un corazón quebrantado.
Se observará una falta de orden que impide asi¬milar y retener la verdad.
Pero si colocamos los puntos en este orden:
I. En qué consiste un corazón quebrantado.
II. Por qué es indispensable y se recomienda un corazón quebrantado.
III. Cómo se produce el quebrantamiento de co¬razón.
Notaremos que este segundo bosquejo nos permi¬te explicar el asunto de un modo lógico y seguido, pasando de un punto a otro y terminando con apli¬caciones prácticas. Sería una insensatez tratar de explicar cómo se produce o se realiza una cosa sin antes saber lo que tal cosa es; por esto el orden conveniente es el segundo.
El orden del bosquejo debe abarcar no solamente los puntos principales sino extenderse del modo más escrupuloso y perfecto posible en las subdivisiones, pues traería la confusión igualmente a las mentes de los oyentes si se faltara a esta regla al explicar los detalles más ínfimos del sermón.
VIII- La introducción al sermón
Se ha dicho que las dos partes más importantes del sermón son la introducción y la conclusión. En la introducción obtenemos la atención de los oyentes. En la conclusión llevamos al auditorio al punto deci¬sivo, que es el objetivo de todo sermón, y «lo que bien empieza, bien acaba», por lo menos con cierta probabilidad.
Un auditorio bien dispuesto desde el principio escuchará con mayor atención al predica¬dor y sacará mayor provecho de todo el contenido del sermón.
¿Cómo empezar de modo que se gane el interés y la simpatía de los oyentes?
VENTAJAS Y PELIGROS DEL HUMORISMO
Muchos predicadores modernos, sobre todo en Norteamérica, han tomado la costumbre de contar un chascarrillo que despierta la hilaridad. Como se¬ría difícil hallar chascarrillos que se ajustaran al tema del sermón, la mayor parte de las veces tales introducciones no son sino una especie de bufonada con la cual el predicador trata de hacerse simpático a los oyentes, procediendo después a la parte seria y espiritual.
Aun grandes predicadores usan este método, el cual no es de censurar cuando el predicador sabe hacerlo con mesura y verdadera gracia. Lo malo son las burdas imitaciones de semejante proceder.
Hay predicadores que poseen un carácter tan simpático que no les «cae mal» este modo de despertar la atención de sus oyentes; sus maneras y su sonrisa natural son el marco adecuado de tales chas-carrillos inocentes.
Pero ¡ay! del predicador que trate de hacerse «gracioso» sin serlo por naturaleza. Se hará soberanamente ridículo y despreciable a la concurrencia a la cual trata de interesar o cautivar con sus ridiculeces.
Por esto los predicadores noveles deben comprender que lo que es permisible en un gran predicador, no lo es siempre a los que no poseen la fama, la autoridad o las dotes personales le aquel a quien vanamente tratan de parodiar.
El predicador que trate de ensayar este método, por el afán de hacerse gracioso, sino por el decidido y serio propósito de ganar la atención de los oyentes, debe andar con mucha cautela sobre ese terreno resbaladizo y no exagerar al principio sus frases graciosas, sino procurando, discretamente, conocer la opinión que ellas han merecido a las personas más sensatas de su auditorio.
Las opiniones pueden diferir a este respecto, pues hay personas excesivamente serias o pesimistas que siempre juzgarán mal una broma desde el pulpito, y otras que quisieran hallar en el pulpito casi tanta diversión como en un circo.
El predicador sensato no tardará en comprender cuál es el verdadero sentir de la generalidad de sus oyentes, pero el que se cree a sí mismo gracioso, puede pasar mucho tiempo sin darse cuenta de que en lugar de atraer repele y se hace ridículo por sus sandeces.
Aunque consideramos estas advertencias extraordinariamente importantes, no es de esta clase de introducción que tenemos que hablar en esta lec¬ción, sino de la introducción del sermón propiamente dicha.
DESPERTANDO EL INTERÉS
Se ha dicho con razón que nunca debemos empe¬zar a servir la mesa de la predicación sin despertar el apetito de los oyentes. Nunca debemos empezar a exponer enseñanza, doctrina o exhortación sin haber antes hecho pensar a nuestros oyentes: «Hoy sí que vamos a tener un buen sermón.» «Parece que va a ser grandemente interesante lo que el predicador va a decirnos hoy.»
Para esto, no basta con anunciar desde el prin¬cipio que vamos a predicar sobre un tema muy im¬portante, pues cuando habremos usado esta expresión media docena de veces como introducción a nuestros sermones los oyentes ya no encontrarán interesante que lo digamos otra vez. El único medio para des¬pertar el interés es hacer una introducción tan inte¬resante que ponga a los oyentes en favorable dispo¬sición para escuchar el resto del sermón.
I. Una de las mejores formas de introducción, siempre que exista tal posibilidad, es la referencia a un hecho actual, a un incidente que se ha publi¬cado en los periódicos. Sin embargo, esta clase de introducción ofrece dos peligros:
1º Que la introducción tenga poca o ninguna re¬lación con el tema y aparezca forzada y fuera de lugar.
2º Que el predicador, sobre todo si es más in¬telectual que un verdadero servidor de Dios, predi¬que, no la Palabra, sino sus propios comentarios a los sucesos del día.
Tal introducción debe ser siem¬pre solamente una excusa para entrar en materia, un medio para llamar la atención de los oyentes, pero no el verdadero tema del sermón, el cual ha de ser siempre Jesucristo, su obra y sus enseñanzas.
No tenemos otro tema los predicadores cristianos; de otro modo, el predicador tendría honradamente que dimitir de su cargo de predicador cristiano y hacerse conferenciante de club. Algunos predicadores harían un gran servicio a la obra de Dios si tomaran tal decisión.
II. Otro método de introducción es explicar el origen del propio sermón. Esta es una introducción extraordinaria, de la que no se debe abusar.
El público tolerará que el predicador le cuente sus experiencias íntimas de vez en cuando, sobre todo si nota en el mismo un sentimiento de sinceridad. Pero se hace ridículo y petulante el que está contando con frecuencia cómo Dios le inspiró el sermón.
El auditorio se apercibirá muy pronto de si el predicador está haciendo una sincera confesión o está jactanciosamente presentándose como una especie de profeta.
III. Puede empezarse algunas veces con una ponderación de la verdad o doctrina que nos proponemos exponer. Como todas las demás clases de introducciones, ésta es buena cuando no se abusa de ella, o que se alterna con muchas otras.
IV. A veces resulta necesario empezar el discurrir con una introducción sacada del contexto. La ocasión en que fueron dichas las palabras del texto, las circunstancias que rodeaban a la persona que las pronunció o escribió, etc.
Supongamos ahora que el tema a desarrollar sea Mateo 11:28: «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados y Yo os haré descansar.» El predicador puede formular la introducción de las siguientes maneras:
1. Del contexto. Leyendo atentamente los ver¬sículos 20 a 27 de este capítulo, encontrará que Jesús hizo en aquella ocasión una severa amonestación a las ciudades de Corazín y Bethsaida, y asimismo una oración de alabanza al Padre por haber escondido las cosas del Reino de los Cielos a los sabios y enten¬didos y haberlas revelado a los humildes, terminando con las solemnes palabras: «Todas las cosas me son entregadas de Mi Padre, y nadie conoció al Hijo sino el Padre, y nadie conoció al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.»
El predicador puede empezar explicando en vigo¬rosas frases los sentimientos del corazón de Cristo ante la incredulidad y dureza de corazón de aquellos privilegiados habitantes de Galilea, del gozo de Cris¬to mismo al ver que algunos habían comprendido las doctrinas del Reino y Su misión divina, como fue con el apóstol Pedro y otros.
Cristo se ve a sí mismo como el único recurso para las almas entenebrecidas y perdidas en sus pecados y ardorosamente parece exclamar: «Puesto que es así, puesto que estáis en el profundo abismo de las tinieblas y del dolor huma¬no y puesto que Dios ha enviado un Mediador Omni¬potente para levantaros de vuestra condición caída y revelaros los sublimes misterios del Reino de Dios: No desaprovechéis tan precioso privilegio. Venid a Mí, etc.»
2. Del autor del libro. El predicador puede tam¬bién formular una buena introducción a este gran texto diciendo: «Había una vez un hombre que es¬taba terriblemente fatigado por el peso de sus peca¬dos», pasando a contar muy brevemente la conver¬sión de Mateo, y añadir: «A este publicano debemos el haberse conservado las palabras que mayor con¬suelo han producido a la Humanidad»: «Venid a Mí, etcétera.»
3. Por un incidente personal. El predicador po¬dría despertar interés para la enseñanza de este pre¬cioso texto si pudiera contar, por ejemplo, de un modo gráfico y vivo, de un hombre o mujer a quienes ido venir muy cargados, supongamos con un gran haz de leña, y lo feliz que fue tal persona cuando supo poner su carga sobre otro, quizás el marido o un hijo que salió en su auxilio.
Pero tal ilustración carece de interés si el predicador no puede decir que es un incidente de su propia experiencia, y por su honradez como servidor de Dios y como cristiano no puede permitirse hacer tal afirmación si no fuera cierta.
4. Haciendo referencia a un hecho de actualidad; por ejemplo, el descubrimiento de la bomba atómica. Bien podríamos empezar diciendo que «desde que se descubrió tal artefacto la Humanidad está viviendo con una pesada carga de temor sobre su corazón» de ahí empezar a desarrollar la doctrina del texto.
5. Por una ponderación del propio texto. En tal caso, diríamos: «He aquí unas palabras misteriosas que nadie se ha atrevido a pronunciar. Palabras que serían una terrible blasfemia en labios de un simple mortal; ni Sócrates, ni Platón, ni Buda, ni Confucio, ni ninguno de los grandes maestros de la Humanidad ha soñado siquiera en arrogarse la facultad de auxiliar personalmente a todo el mundo.
Todos ellos se tan limitado a dar consejos para el buen vivir; pero he aquí Uno que se levanta en medio de los siglos y exclama: «Venid a Mí, etc.» ¿Quién era el que tales palabras pronunció? ¿Tenía autoridad para hablar de esta forma?, etc.
LIMITES DE LA INTRODUCCIÓN
La introducción no debe ser excesivamente larga, se trata de preparar solamente el interés del auditorio, y es un peligro decir en el exordio lo que tiene que ser expuesto en el sermón.
Igualmente lo es el divagar tanto con frases ampulosas y huecas en esta primera parte del sermón que, en lugar de despertar interés- el público lo pierda por cansancio. Spurgeon cuenta de una señora que decía de su predicador: «Cuando nuestro pastor prepara la mesa está tanto tiempo haciendo ruido con los cuchillos y tenedores que cuando llegan las viandas ya se ha perdido el apetito.»
A veces sirve bien, a modo de introducción, una referencia al asunto tratado el domingo anterior; no una repetición o resumen del sermón anterior, sino una mera referencia, quizá por contraste.
Por ejemplo: «El domingo pasado hablamos de la fe, hoy tenemos otro asunto no menos importante, el de las obras.» «El domingo pasado se habló del Jui¬cio, hoy de lo que sigue al Juicio, o sea, el Reino Eterno de los redimidos», etc.
Pero esta introducción no es de las más interesantes y sería pueril hacerla si no existe una verdadera relación de continuación o de contraste con el tema del domingo anterior.
Entre las ilustraciones de carácter personal está la de referir algo de interés que el predicador ha visto y que sus oyentes desconocen, como un monu¬mento, una obra de arte, una costumbre indígena.
Pues ello sirve muy bien para cautivar la atención. El doctor Torrey dice que ha usado como introducción de un sermón que ha predicado un sin fin de veces, y con el cual ha ganado millares de almas, la descrip¬ción de un cuadro que vio en una galería de pinturas de Europa; de modo que acostumbraba decir que su viaje a Europa había quedado bien pagado por el interés despertado por ese medio.
Al público siempre le gusta aprender, y por esto el predicador que viaja o lee mucho se hará cada vez más interesante, si es un buen observador y sabe almacenar en su mente, aaquellos incidentes que pueden servirle como introducción o ilustración de sus sermones.
Para el uso de tal clase de material el predicador debe, empero, hacerse cargo de que sus oyentes no han estado con él y la narración debe ser clara y detallada, pero omitiendo cuidadosamente aquellos detalles que no tienen referencia al tema u objeto que se propone.
Cierto predicador empezaba con frecuencia sus sermones sobre diversos temas refiriéndose al monumento a Colón en Valladolid, donde aparece el león de Castilla arrancando del escudo español la palabra «Non» y dejando el «plus ultra».
El predicador refería en tonos muy patéticos el sentir de los antiguos que creían que el Estrecho de Gibraltar era el fin del mundo, y así escribieron en el escudo de Castilla la frase «Non plus ultra» («No más allá»), hasta que por la ayuda de la reina de Castilla, Colón descubrió que existía un más allá, el Nuevo Mundo.
Esta ilustración puede ser usada provechosamente como introducción, a causa del interés que des¬pierta; pero es necesario recordar que su carácter es naturalmente introductivo y, por consiguiente, una vez presentada la ilustración, no se puede acompañar de consideraciones concluyentes tales como: del mismo modo, Cristo, el que es llamado el León de Judá, nos ha hecho evidente la existencia de un mundo más allá y nos ofrece una gloriosa esperanza de la «vida eterna», pues tales frases son más adecuadas para el final que para el principio del sermón.
Por eso, si queremos usar una ilustración como ésta para introducir el sermón, no podemos agotar desde el principio las consideraciones naturales a que se presta, sino decir: «Los hombres piensan que no existe nada más allá de la muerte.
Como los antiguos, han puesto sobre el escudo de sus vidas la marca del león plus ultra». ¿Pero puede conformarse el corazón con tan triste esperanza? ¿Será verdad que no existe nada más allá de la tumba?»
Si el predicador trae sus afirmaciones conclusivas al principio del sermón, la gente considerará ocioso seguir el curso del mismo, pero si formula preguntas de capital interés, poniéndose en el terreno del escéptico, se despertará el interés para saber cómo va a responder el predicador a tales preguntas y cautivará la atención hasta el final.
Entonces, en muchas mejores condiciones de mente y espíritu de parte de los oyentes, podrá dejar caer la conclusión: «Ciertamente, Cristo ha venido a darnos una glorio¬sa esperanza y la tenemos asegurada por tales y tales pruebas», las que habrán sido expuestas antes en el curso del sermón.
Hay predicadores que empiezan a lanzar exhorta¬ciones al arrepentimiento y a la conversión desde la introducción misma. No puede hacerse mayor equi¬vocación que ésta. Aun cuando muchos de los oyen¬tes hayan asistido mil veces a los cultos y conozcan el Evangelio tanto como el mismo predicador, éste ha de desconocerlo al preparar el sermón y hablar¬les como si fuera la primera vez que lo oyeran.
En primer lugar, porque es posible que entre los oyentes haya uno o muchos que se hallen en semejante situa¬ción, y en estas personas hay que pensar sobre todo. En segundo lugar, porque a los mismos oyentes an¬tiguos no les gusta oír un sermón desordenado, en el cual se dicen las últimas cosas al principio, sino que escuchan con mucho mayor deleite un discurso que empieza y sigue en un orden lógico.
IX- La conclusión del sermón
Si empezar bien es importante, no lo es menos terminar bien y terminar a tiempo.
Hay predicadores que no encuentran la manera de terminar y divagan repitiendo exhortaciones de carácter más o menos semejante, hasta que el pú¬blico, en lugar de sentirse conmovido por tales lla-mamientos, sólo desea angustiosamente que el predi¬cador ponga fin a su perorata.
«Di lo que tengas que decir y termina cuando lo hayas dicho», es el consejo de todos los maestros en la predicación.
¿Pero cómo se tiene que terminar?
MÉTODO RECAPITULATIVO
Una de las mejores formas y más comunes es haciendo una recapitulación de los puntos principa¬les del sermón. Esto no significa volver a explicar dichos puntos, sino simplemente mencionarlos para dar lugar con énfasis a un pensamiento final que será el llamamiento o exhortación. Esta clase de recapitulaciones suelen iniciarse con un:
«Puesto que...»
Supongamos que el sermón ha sido sobre: «Los privilegios del rebaño de Cristo», que tenemos en la página ??. Una mención de tales privilegios, seguida de una exhortación de poner la fe en Cristo para poder gozar de los mismos, será una buena conclusión.
Lo propio diremos sobre el bosquejo del Salmo 23 del que le sigue, que lleva por título «Lo que gana¬os por la fe en Cristo».
En cambio, el bosquejo «El poder de la oración», basado en Hechos 4 y 5, no permite una conclusión basada en los puntos principales, que son: «Calidad; la oración apostólica y resultados de la misma», habrá que buscar otra fórmula de recapitulación basada en los subtítulos y no en los puntos principales.
Por ejemplo: «Si nuestras oraciones son definidas, tienen un motivo especial, si son unánimes con nuestros hermanos y hechas con fe apoyándonos sobre las promesas de la Sagrada Escritura, recibiremos, sin duda, los mismos privilegios y recompensas que obtuvieron aquellos discípulos: gozo y valor y, por encima de todo, el don del Espíritu Santo.»
La forma recapitulativa no es indispensable en todos los sermones. Podemos terminar también el comentario de Filipenses 4 diciendo: «En vista de los grandes privilegios del creyente y ante la realidad de las cosas que Dios nos ha prometido, ¿quién no querrá ser como el apóstol San Pablo? ¿Por qué hemos de serlo? ¿Qué nos hará desistir de tal propósito? ¿Será el temor a la pobreza o al menosprecio? Lo había sufrido el apóstol (vers. 12). Pero las riquezas de Cristo superan a cualquier pérdida y la compensan mil veces. No dudemos, pues, en entrar y marchar con paso firme por el camino de fe.»
En el bosquejo del gráfico la recapitulación se ciñe a las subdivisiones del punto II porque son las de carácter activo, o sea, las que dependen de la vo¬luntad del oyente; dicha mención puede ser corrobo¬rada por una breve alusión a los resultados que se describen en las subdivisiones del punto III.
Pero en otros bosquejos la recapitulación puede ser una breve mención de todas las divisiones principales del sermón. Jamás debe ser una mención de todas las divisiones y subdivisiones, pues resultaría exce-sivamente largo y perdería por ello toda fuerza y vigor, viniendo a resultar más bien una repetición del sermón, lo cual debe evitarse a toda costa.
VARIEDAD Y VIVACIDAD
La conclusión no debe ser estereotipada y monó¬tona. No hay nada que produzca peor efecto a los oyentes que ver que el predicador se inclina a leer las palabras finales del sermón.
Se le dispensará al predicador la necesidad de mirar al bosquejo en otras partes del sermón, pero la conclusión es el punto culminante de su mensaje, y es en este momento cuando el predicador ha de hablar con la mayor solemnidad o el mayor ardor, según la naturaleza o carácter del sermón.
Es enton¬ces cuando su corazón ha de desbordarse de tal modo que el auditorio sienta que el predicador está, no leyendo unos pensamientos escritos en su oficina, sino, bajo el impulso del Espíritu Santo, tratando de hacer penetrar la palabra en los corazones.
Por esto hay que evitar, en este momento más que nunca, el pronunciar frases vagas y de poco sentido. Todo predicador ha notado que generalmente hay más facilidad de expresión al terminar el ser¬món, pero de ningún modo ha de confiarse a su facilidad de palabra en ese momento solemne y de¬cisivo.
Tiene que llevar algunas frases bien estudia¬das, que concreten el mensaje y lo hagan incisivo en el corazón de los oyentes; sin embargo, no debe imitarse a éstas. Si el Espíritu Santo le inspira nuevos pensamientos expóngalos sin temor, pero cuidando de que no sean simples repeticiones de lo ya dicho, sino pensamientos tajantes, más fuertes que todos los usados en el curso del sermón y penetrantes hasta partir el alma.
Evítese la excesiva extensión. La conclusión nunca debe exceder de unos pocos minutos. Es difícil fijar cuántos de un modo exacto, pues depende del carácter del propio sermón; pero lo que debe evitarse es que sea la conclusión en sí misma un nuevo sermón en miniatura.
Tampoco debe ser una repetición de lo dicho en otros sermones. Hay predicadores que en cada conclusión usan argumentos muy similares como el de: mañana podría ser demasiado tarde para aceptar Cristo».
Está bien que en cada sermón se haga énfasis sobre la necesidad de tomar una decisión inmediata, pero si las frases son estereotipadas e idénticas para todos los sermones, el predicador se hará muy pesado y el público temerá verle llegar al final, por el fastidio de escuchar lo que ya se sabe e memoria.
LOS LLAMAMIENTOS
No queremos terminar sin decir una palabra sobre la cuestión de los llamamientos. No estamos en contra del sistema cuando el ambiente es propicio el predicador tiene la convicción de que hay entre el auditorio «oyentes maduros», es decir, con bastante conocimiento del Evangelio para comprender en el paso que van a dar, faltándoles solamente la decisión.
En tales casos el llamamiento puede ser una verdadera bendición del Cielo para tales almas, pero insistir e insistir hasta provocar decisiones inmaturas de personas que ignoran los principios esenciales del Evangelio, además de ser insensato para el predicador, puede resultar en perjuicio de tales almas, ya que tales personas pueden venir a considerarse convertidas por medio de un acto mecánico que no afectó su corazón y que nada tiene que ver con el nuevo nacimiento.
Es verdad que algunas veces estos oyentes, acudiendo a los cultos, llegan a comprender más tarde aquella fe que pro¬fesaron inconscientemente, pero también puede ser motivo a algunos para que dejen de asistir a los cul¬tos, avergonzados por las burlas de sus compañeros no convertidos, ya que no existe en ellos fundamento sólido para saber defender su fe y llevar el oprobio de Cristo. Y en otros casos pueden dar lugar al en-durecimiento, en un falso concepto de conversión, siendo causa de que se introduzcan en la iglesia miembros no regenerados.
Recuerdo el caso de una persona a la cual feli¬citaban los creyentes por haberse levantado mani¬festando aceptar a Cristo, la cual respondió: «No, yo no entiendo de estas cosas, pero me daba lástima aquel pobre señor que nos pedía que nos levantáse¬mos con tanta insistencia.»
Evitemos tanto la frialdad como los excesos en este momento solemne del sermón; pues ni la exce¬siva insistencia ni la gritería extremada son señales evidentes de la inspiración del Espíritu Santo.
Es al final, más que en otro momento del sermón, cuando debemos movernos enteramente bajo su santa in¬fluencia; dejémonos, pues, conducir por El, pero re¬cordando que el Espíritu Santo jamás ha inducido a nadie a empalagar a la gente, sino que es su gran propósito y objeto llevar las almas a Cristo, o, por lo menos, dejar en ellas tan favorable impresión que vengan a ser inexcusables si no se convierten.
Se ha dicho con verdad que una conclusión fas¬tidiosa puede significar una piedra de tropiezo para el corazón mejor impresionado por el mismo sermón. Es preferible que queden los oyentes con deseos de oír más, cuando el sermón ha sido bueno, que no que las buenas impresiones recibidas se borren por una inclusión desafortunada y desastrosa.
Podríamos resumir lo dicho en los siguientes
CONSEJOS PRÁCTICOS
1. Sea cualquiera la forma de conclusión que uses, hazla adecuada al conjunto del mensaje. Que no a un nuevo sermón, sino la aplicación práctica de las verdades expuestas anteriormente.
2. No uses frases estereotipadas en la conclusión; de cada sermón.
3. Sé breve. No describas círculos y más círculos, como un aeroplano en descenso, repitiendo las mejores frases del mismo sermón y añadiendo nuevos materiales.
Desciende en línea recta, en picado, desde las alturas de tu disertación al mismo corazón de los oyentes. Que nadie tenga que decir lo que aclaró cierta labradora escocesa acerca de un buen sermón de conclusión interminable: «El pastor llegó casa en un viaje magnífico, pero tenía los caballos desbocados y no los pudo parar.»
4. Acentúa el lado positivo más que el negativo, la conclusión. Durante el curso del sermón puedes tener que tratar con el lado negativo, pero no termines con imprecaciones, lamentaciones ni expresiones desalentadoras.
El mensaje del Evangelio es siempre mensaje de esperanza. Levanta los corazones a lo positivo, a lo bueno, a lo sublime de las promesas de Dios, por grave o solemne que haya sido el sermón. Una conclusión neurasténica es la peor conclusión de un sermón.
5. Haz la conclusión personal, pero no excesivamente personal.
6. Nunca distraigas la atención ni debilites la fuerza de la conclusión con una apología.
En la in¬troducción puede alguna vez el predicador pedir ex¬cusas por su dificultad en hablar el idioma, su falta de tiempo para preparar el mensaje o su incapacidad para tratar el asunto; pero esto jamás es permisible en la conclusión.
Si el sermón ha sido bueno, tal apo¬logía demuestra pedantería y orgullo por parte del predicador. Si ha sido mediocre, sólo servirá para recalcar los defectos del propio sermón y desvalo¬rizar lo bueno que en él haya podido haber.
La conclusión del segundo libro de los Macabeos produce una impresión penosa y es la mejor prueba de la no inspiración de tal apócrifo. Pero mucho más que en un escrito, es contraproducente toda apo¬logía al final de un discurso hablado.
Termina el mensaje con la mayor dignidad, y en¬comienda al Santo Espíritu de Dios lo que tú no has podido o sabido hacer, aun en aquellas ocasiones en que, por el motivo que sea, sientas en tu concien-cia que fue un fracaso el sermón, comparado con otros tuyos o con lo que hubieses querido que fuera.
Ten presente que esta experiencia ocurre no sólo a los predicadores mediocres (éstos generalmente que¬dan más satisfechos de sus propios sermones que lo que debieran quedar), sino a los más grandes predi¬cadores.
Resuelve en tu corazón en tales casos pre¬pararte mejor otra vez. Tal resolución, hecha en el mismo pulpito al terminar un sermón deficiente, ha sido la génesis de otro sermón poderoso, en mu¬chos casos, y en la propia experiencia del autor de estas páginas.
7.° Evita las expresiones humorísticas en la con¬clusión. Ya hemos indicado con qué limitaciones y prudencia debe hacerse uso de tales expresiones al principio o en el curso del sermón, pero no es per¬mitido de ningún modo al final.
Como dice Reinold Niebuhr en un artículo titulado «Humor y Fe»: «Pue¬de haber risa en el vestíbulo del templo, y el eco de la risa en el templo mismo; pero solamente fe y oración, y no risa, en el lugar santísimo», que es la conclusión del mensaje.
8.° Abstente de cualquier acto que distraiga la atención. Un gesto exagerado: quitarse y ponerse las gafas, levantar un himnario, o el accidente de caerse una hoja de los apuntes, no son incidentes tan graves en el curso de un sermón; pero debe ha¬cerse todo lo posible para evitarlos al final.
Algo semejante debe decirse del hábito de mirar al reloj de bolsillo o pulsera que tienen algunos predicado¬res. Unos porque, no sabiendo qué decir, les convienen cerciorarse de que el sermón no ha sido demasiado corto, y otros porque, teniendo demasiado material, temen excederse del tiempo.
Huelga decir que la impresión que producen estos últimos en el auditorio (el cual suele darse perfecta cuenta de la situación en ambos casos) no es tan desastrosa como la que causan los primeros, pero aun en este último caso, más perdonable, esta sencilla acción puede ser per-judicial para muchos espíritus superficiales.
Es con¬veniente que haya en las capillas un reloj, bastante grande, colocado en la parte posterior, jamás de cara al público, para que el predicador pueda seguir el curso del tiempo sin que el auditorio se aperciba.
A falta de tal reloj, es buena precaución por parte del predicador poner su propio reloj sobre el pulpito en el momento de empezar, evitando hacerlo du¬rante el curso del sermón, y menos al final.
LA IGLESIA EN LA CONCLUSIÓN
Los diáconos y miembros de cada Iglesia debe¬rían ser educados acerca de la solemnidad de la conclusión. A veces son estos mismos los que contribuyen a distraer la atención sin darse cuenta de ello, haciendo preparativos para la terminación, tales como abrir las puertas, repartir himnarios para el himno final, preparar las bolsas para la ofrenda a la vista del público, etc.
Otras veces, miembros más entusiastas que dis¬cretos intentan corroborar el «éxito» del sermón su¬surrando exhortaciones o alabanzas acerca del mis¬mo a personas inconvertidas, o lo que es todavía peor, incitándolas a levantarse. Nada más equivoca¬do. Tales momentos han de ser solamente de aten¬ción y oración silenciosa por parte de los fieles de la iglesia.
Algunas veces el autor se ha sentido tentado a detener el sermón y pedir misericordia a las perso¬nas que en aquellos solemnes momentos se les ha ocurrido levantarse para ir al patio o salir del tem¬plo, a pesar de ver que el sermón estaba terminando y no corrían peligro de perder ningún tren.
Y no diremos nada del desastre que significa un bebé que rompe a llorar o se inquieta durante los cinco minutos finales del sermón. Algunos predica¬dores tienen la costumbre de pararse y aguardar en silencio hasta haber pasado tal interrupción.
Siempre es desagradable tener que hacer esto, por lo que cuesta recoger de nuevo la atención del auditorio. Ello es posible cuando se dispone todavía de muchos minutos, pero es casi imposible al final.
En ese pe¬ríodo del sermón, atención distraída es atención perdida. Por esto los miembros debieran conjurarse en ayudar al pastor: Los diáconos, atajando del modo más discreto y rápido cualquier perturbación. Los creyentes en general, bajando sus cabezas para orar, sin volverlas de un lado para otro para ver si se le¬vanta alguien.
Nada puede perjudicar tanto las deci¬siones como esta curiosidad imprudente. Sabemos cuan grato es para el creyente fervoroso, que está oando por un despertamiento, «ver» decisiones; pero ¡más sensato limitarse a «oírlas» de labios del testificante o en la respuesta del pastor, y será siempre mucho más gozoso para su propia conciencia haber mudado a tales decisiones con oración que estorbarlas con actitudes inconvenientes.
Es necesario hacer énfasis sobre estos detalles en las reuniones de iglesia, para el mejor orden y provecho en los cultos, sobre todo en los evangelísticos.
X- El estilo de la predicación
Hay muy diversas formas de tratar un texto o pasaje bíblico como hemos visto, y cada predicador suele aplicar a su estudio y desarrollo su estilo per¬sonal.
Al decir estilo, no nos referimos aquí al estilo oratorio propiamente dicho, o sea: las frases y figu¬ras retóricas peculiares de cada uno, sino a la forma de tratar el texto o el pasaje al componer el sermón.
ESTILO NARRATIVO
Es decir, saben narrar historias y hacer vivir ante las mentes de sus oyentes las ideas que existen en su cerebro. Son poetas y artistas por naturaleza. Regularmente los poetas en el pulpito lo son tam¬bién en su estudio y a ellos debemos muchas de las buenas poesías evangélicas.
Todo predicador debiera poseer este arte en cierta medida, aun cuando jamás llegue a escribir un verso. El espíritu poético y una imaginación exuberante son cualidades casi imprescindibles en el predicador.
Sin embargo, un buen predicador, y sobre todo los que son poetas, deben procurar no dejarse llevar demasiado lejos por este estilo, de modo que, pintando y floreando el sermón, se olviden de que el objeto esencial del mismo es enseñar, convencer y edificar.
Deben también velar para que sus figuras retóricas no sean tan exageradas que se hallen fuera el alcance de la mente y conocimiento de sus oyentes, y éstos salgan sin saber lo que ha dicho el predicador; o que, aun siendo comprensible, resulte, por ocupar demasiado tiempo en florida retórica, muy pobre el sermón en contenido espiritual.
La narración agradable y las altas figuras poéticas son como la sal y el colorido del sermón, pero del mismo modo que nuestro paladar repudia un manjar salado y nuestros ojos sufren a la visión de colores demasiado subidos, las mentes de los oyentes, sobre todo si se trata de personas sencillas, sufren literalmente por lo que puede llamarse «deslumbramiento intelectual», al verse obligados a escuchar continuamente frases de alto contenido poético en un sermón.
Otros predicadores tienen una facultad extraordinaria para el
ESTILO CONSIDERATIVO
Saben ver inmediatamente los diversos aspectos; una verdad, las aplicaciones que pueden sacar de una palabra o frase de la Sagrada Escritura, de modo que las divisiones y subdivisiones de un texto salen fácilmente de su mente y de su pluma. Es ésta también una facultad preciosa en el predicador. Spurgeon la poseía en grado sumo, no careciendo tampoco el don narrativo y hasta cierto punto poético.
La facultad considerativa sabe cavar hondo en el texto o pasaje leído como tema, y desentraña sus tesoros con facilidad. Lo observa todo, lo ve todo, en la forma de una palabra, el orden con que viene detrás de otra, cualquier detalle, cualquier matiz del texto le ofrece materia para un sermón.
El conoci¬miento de las lenguas originales Hebreo y Griego favorece la facultad considerativa en el predicador. Pero muchos la poseen de un modo innato, sin haber estudiado jamás en un Seminario, como ocurrió con el propio Spurgeon, que careció de tal oportunidad.
El estilo considerativo es el más propio para la edificación de los creyentes. Pero este estilo expone, no demuestra, no razona; dando por sentada la ver¬dad, la desenvuelve, y se acerca al corazón a ofre¬cerla, retirándose triste si la mente la rechaza.
Tal fue el estilo de Cristo al hablar a las multitudes igno¬rantes por medio de parábolas y por las grandes afirmaciones de sus admirables discursos. Este suele ser asimismo el estilo de muchos creyentes sencillos, que han recibido la verdad de Dios sin preguntarse el porqué, y apenas son capaces de comprender que otras personas tengan necesidad de razonar.
Pero el uso constante de este estilo, en toda clase de sermón y en todo período de cada sermón, es un defecto en un buen predicador. Cristo usó los estilos narrativos y considerativos cuando hablaba con cier¬ta clase de oyentes, pero con sus astutos enemigos que vinieron a acecharle con preguntas capciosas en el templo, no dejó de emplear admirablemente la argumentación y la lógica.
ESTILO ARGUMENTATIVO
Algunos predicadores son especialistas en este es¬tilo. Tienen en cuenta la mente de sus oyentes al formular su mensaje. Saben que la apelación última ha de ser al corazón, pues «ningún pecador se con¬vierte por la cabeza, sino por el corazón» como se ha dicho con verdad; pero la mente puede ofrecer obstáculos al corazón que debieran ser removidos para que éste no halle excusa al recibir el llama¬miento final.
El estilo argumentativo es el más propio para reuniones de evangelización en el presente siglo escéptico. Este estilo no significa siempre la presen¬tación de pruebas o evidencias de la religión cristia¬na, aunque éstas tienen una parte muy notable en tal clase de estilo, sino que el estilo argumentativo se halla también en la predicación dirigida a los creyentes, cada vez que apelamos a un argumento lógico, a un motivo por el cual debiera hacerse tal o cual cosa.
La facultad de razonar y hacer razonar es el don más precioso de todo predicador. Debemos tener en cuenta que no solamente razonan los sabios, sino también las personas más sencillas. «Convencer es vencer», se ha dicho con razón, y aun cuando no siempre los «vencidos» por la fuerza del argumento se rinden a la verdad para aceptar a Cristo, o para servirle como ellos mismos comprenden que debieran, es una gran cosa quitar los obstáculos a la mente; y abrir a los oyentes el camino de su deber de modo que se hallen «sin excusa» si no han andado por el mismo.
Los predicadores amantes de este estilo debieran tener, empero, en cuenta al hablar en tonos argumentativos, no sus propias mentes, sino las de sus oyentes. Muchos predicadores fallan en el camino del éxito por causa de este gran defecto: Olvidan su auditorio cuando razonan.
No tienen en cuenta que el mozo tendero, la criada y el barbero que se sientan en los bancos y no han pisado nunca las aulas de un Seminario o Universidad no tienen las mismas dudas que los sabios y eruditos; sin embargo, tienen sus dudas propias. Buscar cuáles son éstas, y res¬ponderlas, es el gran deber del predicador evangé¬lico, y a esto debe dedicar sus esfuerzos y los cono¬cimientos de su cultura un tanto superior a la de sus oyentes.
Por otra parte, debe abstenerse cuidadosamente de despertar, haciendo gala de su sabiduría, otras dudas que aquellos oyentes nunca han tenido. Spurgeon decía: «No seáis el instrumento del error es-parciéndolo al tratar de combatirlo» El predicador que sabe ponerse al nivel de las mentes de sus oyen¬tes cuando predica, será estimado y popular.
Sería muy buena cosa para todo predicador entablar con-versación durante la semana con oyentes de diversos niveles de cultura de su iglesia y hacerles explicar lo que recuerdan acerca del sermón del domingo. Al¬gunos tendrían grandes sorpresas al hacer esto, pero aprenderían mucho acerca de cómo deben predicar en ocasiones próximas.
El estilo argumentativo no se aplica solamente a los discursos propiamente apologéticos, sino que pue¬de ser empleado en cualquier clase de predicación o exhortación. El apóstol San Pablo emplea abun-dantemente este estilo, con diversidad de motivos.
Tanto cuando habla a los eruditos de Atenas como cuando defiende su propio apostolado, o al exponer la salvación por gracia en la carta a los Romanos, el estilo del apóstol es argumentativo, diferenciándose con esto notablemente de los demás escritores del Nuevo Testamento.
A fin de dar una idea de lo expuesto acerca de la diversidad de estilos, vamos a insertar tres bos¬quejos concebidos en las tres indicadas modalidades basadas sobre un mismo texto. Supongamos que éste es «Creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor Jesucristo», 2.a Pedro 3:18.
EJEMPLO 1º
Estilo narrativo, metafórico o poético
EL MAYOR FENÓMENO DE LA ESPIRITUAL
CREACIÓN. 2.a Pedro 3:18
Introducción. — El predicador describirá con fra¬ses poéticas el crecimiento de una planta, mencio¬nando el sol, la luna, los vientos, el rocío; con expre¬siones metafóricas, llamará, quizás, al sol «el astro rey» o «el rubicundo Apolo», si es un poco pedante, y al rocío «perlas de la mañana». Se referirá a la seda de los pétalos y al embriagador perfume de los capullos en flor. Luego dirá:
1.° El creyente es una planta espiritual.
a) Ha recibido la vida de Dios; no puede dársela a sí mismo.
b) Es regado por los arroyos de la Palabra Divina.
c) Recibe los vivificantes influjos del Espí¬ritu Santo.
d) Es azotado por los vientos de la adversi¬dad para que sea fortalecido.
2.° El creyente debe crecer.
a) Para desarrollarse y subir a un nivel mo¬ral más alto que las personas que le ro¬dean, a fin de ser distinguido como testigo de Cristo.
b) Debe dar frutos de trabajo activo.
c) Debe dejar tras de sí perfume de san¬tidad.
d) Debe cobijar bajo la sombra de su carác¬ter benéfico a los cargados y sedientos que andan por el camino de la vida.
Conclusión. — Sólo así compensará los afanes del gran Hortelano de la vida que le ha colmado de be¬neficios, y será una bendición en el árido desierto de ese mundo de pecado. ¿Lo eres tú? ¿No quieres crecer más?
EJEMPLO 2º
Estilo considerativo
NECESIDAD DE PROGRESO EN LA VIDA ESPIRITUAL.
2.a Pedro 3:18
PIGMEOS O GIGANTES EN LA FE
Introducción. — Dios ha dado a todos los seres el poder de la vida, pero por razones diversas de alimentación, ejercicio o mal estado de cierta glán¬dula interna unas personas alcanzan estatura y for¬taleza física muy superior a otras.
Del mismo modo hay diversidad de niveles espirituales en los hijos de Dios. Por ser esta vida una escuela de prueba para la eternidad, ha de ser nuestro mayor deseo alcanzar el grado máximo dentro de las circunstancias en que Dios nos ha puesto. Por consiguiente, nos conviene considerar a la luz de nuestro texto:
I. ¿QUE ES CRECER EN LA GRACIA?
1.° Es crecer en fe y amor a Dios. Los discí¬pulos dijeron: «Auméntanos la fe», que no es credulidad, sino confianza en las prome¬sas de Dios, ello hace sentirnos más cerca de El, en una intimidad amorosa y agra¬decida.
2.° Es aumentar nuestro conocimiento de su Palabra; de sus propósitos y deseos. No un mero conocimiento intelectual de historias o frases bíblicas, sino de experiencias personales con Dios andando a la luz de su palabra.
3.° Es un aumento en sentimientos similares a los de nuestro modelo, Cristo, quien nos exhorta a ser perfectos como nuestro Padre que está en los Cielos, a renglón seguido de ordenarnos amar aún a nuestros enemigos.
4.° Es, resumiendo los tres puntos anteriores, un aumento en santidad, de aborrecimiento al mal y acercamiento a todo lo bueno y a todo lo grato y agradable a la voluntad de Dios.
II. MODOS DE CRECER.
1.° Por la meditación de la Palabra de Dios. El salmo 119 es un exponente de la eficacia de la palabra divina para el crecimiento espiritual. Cítense los versículos 11, 105, 128, 165 u otros (no un número excesivo).
2° Por la oración. Las personas más elevadas espiritualmente han sido hombres y muje¬res de oración que vivieron en la presencia de Dios. Cítense ejemplos.
3.° Por la actividad. Como el ejercicio desarro¬lla y fortalece nuestros músculos, el tomar parte activa en la obra de Dios desarrolla nuestra vida espiritual.
4.° Por la abnegación. Es el aspecto doloroso de la actividad o de la inactividad forzada por enfermedades o pruebas que Dios nos permite, las cuales queman la escoria y de-sarrollan nuestras virtudes espirituales, si sabemos interpretarlas y aceptarlas como corresponde a hijos de Dios.
III. RAZONES PARA CRECER.
1.° Ningún padre se conforma con tener hijos enanos. Su desarrollo en todos los aspectos es su gozo; así nuestro Padre que está en los Cielos se complace en nuestra supera¬ción moral, que ha de habilitarnos para las glorias y deberes celestiales de nuestro eterno porvenir.
2.° En tanto estamos, empero, en el mundo, don¬de Cristo tiene su iglesia militante. Como los cristianos fieles eran el gozo y gloria de Pablo, lo somos nosotros de Cristo, cuando andamos según su voluntad. Cada acto de abnegación y de fe es una bofetada al ros¬tro de Satanás y una demostración de que el Hijo de Dios no ha fracasado en su pro¬pósito de atraer las almas por su sacrificio (Juan 12:32).
a) La honra de Cristo en la iglesia local, donde otros aprenden de su ejemplo.
b)En el mundo, por la atracción que ejer¬ce sobre los inconversos. Cítense ejem¬plos.
3.° La vida de un cristiano fiel no es en modo alguno una vida triste, pesarosa o llena de temor. Las personas más consagradas a Cristo se caracterizan por una sonrisa ce¬lestial que brilla en sus rostros, y sus días no transcurren en vano. Sienten en lo más íntimo de su alma la satisfacción de vivir una vida que vale la pena y esto mismo les da felicidad.
4.° Tanto los evangelios como las epístolas están llenos de la doctrina de un más allá que ha de ser la contrapartida de la vida presente, empezando en las Bienaventuran¬zas y terminando en las glorias del Apoca¬lipsis. Por esto el apóstol Pedro, tras una enumeración de las virtudes cristianas que ha sido llamada: la gradería de la santidad, concluye con la afirmación: «Porque ha¬ciendo estas cosas no caeréis jamás; y así os será otorgada una entrada amplia y abundante en el Reino eterno de nuestro Señor Jesucristo» (2.a Pedro 1:10-11).
Conclusión. — Si mantenéis latente en vuestros corazones el propósito de crecer en la gracia, o sea, superar vuestro nivel espiritual, y con oración usáis as métodos indicados: Meditación de la Escritura, ración, actividad y abnegación, sometiendo vuestra ida a la voluntad de Dios, creceréis verdaderamente en la gracia, para gozo de vuestra propia alma, para el bien de los que os rodean y para la gloria e Dios, obteniendo, no una admisión vergonzante en 1 Cielo, como tizones arrebatados del incendio, sino na «abundante entrada en el Reino eterno».
EJEMPLO 3º
Estilo argumentativo
EL SECRETO DEL CRECIMIENTO CRISTIANO
2.a Pedro 3:18
Introducción. — El crecimiento es un imperativo en el orden de la Naturaleza. Va unido a la vida en del mundo vegetal, animal y mental; asimismo en el reino de la Gracia.
I. El crecimiento de la gracia es un deber cris¬tiano.
1.° Porque es mandado por Dios.
a) Dios tiene autoridad para mandarnos crecer, porque es autor de la vida.
b) Dios no fuerza nuestro crecimiento en gracia, caridad o bondad, porque somos libres; nuestras acciones buenas no ten¬drían valor alguno si fueran forzadas.
c) Pero nos rodea de condiciones que favo¬recen nuestro crecimiento.
1) De carácter positivo: La Sagrada Escritura, los cultos, el ejemplo de personas más santas, sus beneficios y favores, respuestas a la oración, etcétera.
2) de carácter negativo: Las contra¬riedades que sirven para reforzar nuestro carácter y hacer nuestra fe de mejor calidad. Una fe sin prueba no sería fe, sino credulidad intere¬sada.
II. El crecimiento es ley en toda vida sana.
a) En la Naturaleza, como en la gracia, o ga¬namos o perdemos. La planta que no crece se mustia.
b) Si faltamos a las leyes de la Naturaleza poniendo una planta fuera de los rayos del sol, enfermará. Asimismo si nos alejamos de los medios de gracia.
III. La falta de crecimiento en gracia es el mayor perjuicio para nosotros mismos.
a) El agua que no corre se corrompe. Así el creyente estancado e inactivo.
b) La planta que se mustia produce frutos áci¬dos. Si no vivimos en la plenitud de la vida los frutos serán agrios y displicentes, haciéndose desagradables a los que nos ro¬dean.
c) La falta de frutos sanos a gloria y honor de Dios nos acarreará pobreza en el día de la recompensa (2.a Pedro 1:11).
Conclusión. — Para vosotros, cristianos, que lle¬váis el nombre de Cristo, es éste un privilegio que no puede ser recibido o rehusado según plazca, sino un deber vital. La palabra de Dios lo presenta como una prueba de ser discípulos de Cristo.
Examinémonos a nosotros mismos para ver si estamos avanzando o retrocediendo, creciendo para la gloria de Dios o perdiendo nuestro primer amor y entibiándonos hasta tener que ser rechazados de su boca. Jamás Dios lo permita.
Creemos que el estudiante habrá encontrado pen¬samientos útiles en cada uno de los tres métodos, a la vez que habrá descubierto cuánta riqueza puede desentrañarse de un mismo texto.
Obsérvese cómo el primer método es pintoresco, pero sin carecer de enseñanza; el segundo es explanatorio y edificante, y el tercero es autoritario y conminatorio.
Hemos presentado los tres bosquejos bien distint¬os porque estamos tratando del estudio del estilo en este capítulo; pero no queremos significar que todo sermón habrá de hacerse en un estilo determinado y seguir el mismo estilo en todo su desarrollo, sino que el mejor predicador será el que sepa manejar y sacar partido de los diversos estilos que a veces pueden basarse alternadamente en un mismo sermón.

Copyright © por Iglesia Misionera Evangelística Elohim Derechos Reservados.

XII- Elocuencia y retórica
Se llama retórica, en un sentido general, al arte de componer y pronunciar una buena pieza oratoria. En este aspecto todo lo que hemos venido diciendo es una ayuda a semejante arte, el cual incluye tanto el contenido como la expresión de un mensaje oral.
Pero en un sentido más particular se llama retó¬rica o elocuencia a la forma externa del sermón, que se obtiene mediante la selección de adecuadas imágenes, y de frases reiteradas en formas diver¬sas, que dan amenidad y fuerza a las ideas. En el sermón elocuente las ideas se graban en la memoria por el embeleso que causa a la mente la variedad de imágenes con que el predicador las presenta.
La homilética, o sea, la buena ordenación del ser¬món, es útil y necesaria para la buena comprensión, retención y efectividad del mensaje. Pero la homi¬lética, por referirse tan sólo al contenido básico, al esqueleto del sermón, es seca de sí misma. Lo mismo ocurre con su hermana gemela, la lógica, que es grata a las mentes profundas, a los buenos pensa¬dores, pero que no todos los oyentes saben apreciar del modo debido.
Podríamos decir que, si la homilética es el esqueleto del sermón y la apologética los nervios y la sangre del cuerpo oratorio, la retórica es la carne y los músculos. Es decir, lo que o redondea y lo llena, prestándole estética, color y amenidad.
Una de las características o virtudes de la oratoria es la de fijar los conceptos en la mente de los oyentes, por una reiteración de adecuados sinónimos que prestan a las ideas nuevos y variados matices. Esta variedad de imágenes y de frases bien redondeadas agrada al intelecto y entona el espíritu, del mismo modo que una música de armónicos y variados tonos recrea el sentido acústico.
Todos los predicadores debieran someter su mente a la provechosa práctica de leer trozos selectos de literatura; no para imitar al pie de la letra, aquellas celebridades literarias, antiguas o modernas.
Nada ridiculiza más al predicador novato que el defecto de la pedantería, del que pronto se darán cuenta sus gentes cultos, por más que ello parezca acreditarle de sabio a los ojos de unos cuantos admiradores ignorantes, como aquella oyente que decía de su pastor: «Debe haber dicho cosas muy profundas porque no he entendido ni una palabra del sermón.»
El aumento de la cultura en estos últimos tiempos hace, y hará cada vez más, que en todas las congregaciones cristianas se encuentren oyentes capaces de darse cuenta de si el predicador está usando un estilo superior a sus posibilidades oratorias, y hasta de identificar al autor a quien éste está remendando, quizá sin darse cuenta.
Sin embargo, el joven predicador debe leer literatura selecta, para ir enriqueciendo poco a poco su propio vocabulario y habilitar su mente para poder emplear frases propias, bien redondeadas, que den expresión a sus propias ideas con una rica variedad de imágenes.
Todo predicador debe familiarizarse con trozos de oratoria ejemplar, como el famoso discurso de Donoso Cortés en las Cortes Españolas, acerca de la Santa Biblia; así como obras clásicas de los maes-tros del Siglo de Oro de nuestras letras.
Obras dra¬máticas como El condenado por desconfiado, o La vida es sueño, de Lope de Vega, son especialmente útiles a tal objeto por su carácter teológico. No re¬comendamos a los predicadores emplear mucho tiem¬po en la lectura de novelas profanas, aun cuando pueden ser útiles también para enriquecer su voca¬bulario y su sintaxis, ya que las horas de un servidor de Dios son demasiado preciosas para ser emplea-das de este modo; pero el predicador del Evangelio necesita aumentar su cultura por los medios más eficaces y que le roben menos tiempo (Recomendamos como ejercicio de oratoria la lectura de un pequeño libro del doctor J. F. Rodríguez titulado El án¬gel de la bondad, consistente en quince mensajes radiofónicos, todos ellos expresados en un lenguaje altilocuente.
Es común y propio entre los predicadores utilizar dicho estilo en algún párrafo selecto del sermón; pero el doctor Rodríguez lo em¬plea en esta obrita casi desde la primera línea hasta la últi¬ma. Por esto puede ser un ejercicio muy útil a los estudian¬tes de homilética leer en alta voz esta serie de breves ser¬mones, una y otra vez, hasta que consigan hacerlo de un modo corrido y con la más perfecta entonación).
Vamos a exponer de modo muy breve los diversos recursos oratorios y figuras de lenguaje más co¬munes.
1.° La metáfora.
La Biblia es el mejor modelo de este estilo retó¬rico por ser propio de los pueblos orientales y par¬ticularmente del hebreo. Las gentes primitivas se veían obligadas a este recurso a causa de la pobreza de su lenguaje.
Así, por ejemplo, la palabra «cuerno» era usada para denotar fuerza; «monte» significaba soberbia; «carne», los sentimientos ruines y pecaminosos del ser humano; «llave», control o acceso, etc.
De este modo las ideas abstractas o desconocidas eran expresadas o aclaradas mediante otras deas familiares al oyente, aplicando las cualidades de lo conocido a lo desconocido.
Esto se observa no solamente en las metáforas directas como las antes citadas, sino también a las comparativas, de las que nos ocuparemos a continuación. Obsérvese un bello uso de metáforas en pasajes bíblicos como el de Isaías 10:1-20; 11:1-9; 18:1-7 y muchos otros.
El libro de Job está saturado de bellas imágenes que hablan a la mente con más elocuencia que todos los razonamientos. Es, esencialmente, un diálogo razonado con imágenes.
Jesucristo usó abundantemente este lenguaje, no lamente en sus grandes parábolas, sino también en sus discursos, como puede observarse en Mateo 5:13-26; 7:7-20; etc.
El uso de la metáfora, aunque no con tanta abundancia como en los tiempos bíblicos, se practica todavía en el estilo oratorio. En ella encuentran fuerza y belleza de expresión los mejores autores modernos.
Es de admirar el siguiente párrafo de estilo metafórico que nos ofrece Donoso Cortés en su discurso sobre la Biblia:
... «El Génesis es bello como la primera brisa que refresco a los mundos, como la primera aurora que se levantó en el cielo, como la primera flor que brotó los campos, como la primera palabra amorosa que pronunciaron los hombres, como el primer sol que apareció en Oriente.
El Apocalipsis de San Juan es triste como la última palpitación de la naturaleza, como el último rayo de luz, como la última mirada de un moribundo. Y entre este himno fúnebre y aquel idilio, se ven pasar unas en pos de otras las generaciones, etc.»
El autor de este Manual no está completamente de acuerdo con el juicio que le merece el Apocalip¬sis al eximio autor, ya que en el Apocalipsis vemos, particularmente en sus últimos capítulos, el albor de un nuevo día para la Humanidad redimida; pero prescindiendo del fondo no podemos menos que ad¬mirar la bella y apasionada oratoria del famosísimo discurso del gran literato español, que cantó como nadie las excelencias de la Biblia.
2.° La metáfora comparativa.
Es la forma retórica más abundante en el texto bíblico, sobre todo en la poesía hebrea, en la cual aparecen dos términos: Uno principal que se quiere realzar, ilustrado por otro secundario, más familiar y más fácil de comprender.
Obsérvese la vivacidad de expresión y de significado en las siguientes me¬táforas bíblicas comparativas:
«Como el agua fría al alma sedienta, así son las buenas nuevas de lejanas tierras» (Prov. 20:25). «Como zarzillo de oro en nariz de puerco, así es la mujer hermosa y faltada de razón» «Prov. 11:22). «La esperanza que se prolonga es tormento del cora¬zón, mas árbol de vida el deseo cumplido» (Prover¬bios 13:12).
En vez de muchas metáforas para un solo con¬cepto, puede a veces usarse una misma metáfora para diversos casos. Un ejemplo de ello lo hallamos en los primeros párrafos de un mensaje radiofónico del doctor J. F. Rodríguez sobre la paternidad. Helo aquí:
«No solamente es padre el que transmite su san¬gre a otra persona que se llama su hijo. Todo el que promueve una empresa se considera padre de la mis¬ma. Así, Stephen Douglas es el padre de la doctrina llamada «soberanía popular», en los Estados Unidos.
Hipócrates es padre de la Medicina; Homero, de la épica; Esquilo, de la tragedia; Herodoto, de la his¬toria; Rabelais, del ridículo; Aristófanes, de la come¬dia; Jefferson, de la democracia; Abraham, de la fe; Atanasio, de la ortodoxia, y Satanás, de la men¬tira».
3.° La antítesis.
Esta forma literaria consiste en poner en compa¬ración dos cosas enteramente opuestas para hacer resaltar aquello que se propone exaltar. Este estilo es muy adecuado para aplicarlo a sucesos tales como el nacimiento de Cristo, su resurrección o su ascensión.
Véase, por ejemplo, este trozo de Fray Luís de Granada, que pone en contraste la gloriosa preexistencia de Cristo con su encarnación.
«¡Oh venerable misterio, más para sentir que para decir; no para explicarlo con palabras, sino para ado¬rarlo con admiración y silencio! Qué cosa más ad¬mirable que ver aquel Señor a quien alababan las estrellas de la mañana, aquel que está sentado sobre los Querubines y que vuela sobre las plumas de los vientos, que tiene colgada de tres dedos la redondez de la tierra, cuya silla es el cielo y estrado de sus pies la tierra, ¡que haya querido bajar a tanto ext¬remo de pobreza, naciese, le pariese su madre en un establo y le acostase en un pesebre!».
Obsérvese en este trozo cómo la metáfora es usada a cual antítesis. Lo mismo que en el pasaje bíblico siguiente:
«Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros; para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El» (2.a Cor. 5:21).
4.° La interrogación y la admiración.
Hallamos en la Biblia abundantes ejemplos de estas formas de expresión como puede observarse particularmente en libro de Job, los Salmos y la carta a los Romanos. (Véanse Job 7:17-21; 15:1-16 y 38; Salmos 22 y 74 y Romanos 3, 8, 9 y 11.)
El pre¬dicador moderno que predica con énfasis, deseando que el mensaje llegue al corazón de sus oyentes, no podrá menos que hacer uso de tales formas incisivas de expresión, de las cuales no debe abusar hasta parecer un charlatán callejero, pero que no debe rehusar en lugares apropiados de su mensaje.
Los predicadores fríos, o pagados de sí mismos, parecen avergonzarse de aquellas formas de lenguaje que enfatizan las ideas. Tal es su afán de no salirse de tono.
5.° Figuras de reiteración.
Estas son muy frecuentes en la Biblia y suelen ser usadas también por los predicadores modernos más elocuentes, como hemos tenido ocasión de ver en el famoso discurso de Donoso Cortés.
Debe pro¬curarse, empero, que la reiteración tenga algún mo¬tivo y sentido, no una simple repetición. Es necesaria que la reiteración sea formulada mediante un sinó¬nimo adecuado que añada nueva luz y color a la inicial expresión de la idea. Esto es lo que obser¬varán nuestros lectores en el antedicho famosísimo discurso sobre la Biblia, desde el principio hasta el fin.
Véase otro ejemplo de Miguel de Unamuno en su libro Del sentimiento trágico de la vida:
«Una y otra vez, durante mi vida, heme visto en trance de suspensión ante el abismo; una y otra vez heme encontrado sobre encrucijadas en que se me abría un haz de senderos, tomando uno de los cuales renunciaba a los demás, pues que los caminos de la vida son irreversibles, y una y otra vez en tales únicos momentos he sentido el empuje de una fuerza consciente, soberana y amorosa. Y ábresele a uno luego la senda del Señor».
Vemos cómo la reiterada expresión «una y otra vez» embellece este párrafo poniéndole énfasis, y cómo su belleza oratoria es aumentada por algunas oportunas hipérboles.
Nótese que podía el autor usar esta expresión al principio y luego enumerar todas sus experiencias. Se hubiera entendido lo mismo y hasta hubiera ganado en brevedad; pero carecería el poder que le daba insistencia de la palabra «una otra vez» al principio de cada una de las frases. Consideremos este otro párrafo del mismo libro del famoso catedrático de Salamanca:
«Hay que creer en la otra vida; en la vida eterna; el más allá de la tumba, y en una vida individual y personal; en una vida en la que cada uno de nosotros sienta su conciencia, y la sienta unirse, sin confundirse con las demás conciencias, en la Conciencia suprema, en Dios. Hay que creer en esa otra vida para poder vivir ésta y soportarla y darle sentido y finalidad».
6º Figuras de reiteración al comienzo de las partes de la cláusula.
Un ejemplo de esta oratoria lo tenemos en el discurso de Anatole France ante los estudiantes de Buenos Aires:
«Creo en el amor; creo en la belleza; creo en la justicia; creo, a pesar de todo, que en esta tierra el bien triunfará del mal y los hombres creerán en Dios... ¡Soñad! Si en el sueño no hay ciencia, no hay sabiduría. ¡Soñad! Vuestros sueños no serán vanos.
La Humanidad, tarde o temprano, realiza los sueños de los sabios. ¡Soñad! No temáis la justicia, amad la verdad».
Como puede verse, todo el bellísimo efecto de este párrafo se debe a la repetición de la palabra creo, cuatro veces en el primer párrafo, y de la palabra ¡soñad!, tres veces en el segundo.
Observamos un breve párrafo de este estilo en el antes citado libro del doctor J. F. Rodríguez:
«Hablemos de algo que parece irse de la tierra; hablemos de algo que parece morir bajo el peor odio constante de los egoísmos, las violencias y el mate¬rialismo que impera en esta edad del siglo xx. Hable¬mos de la bondad».
O este otro párrafo de su sermón radiofónico «El privilegio de llorar»:
«Dios nos ha dado emoción porque en El mismo debe existir un caudal de ésta. Nos dio lágrimas por¬que El también llora; nos dio alegría porque El se alegra; e hizo posible la tristeza en nosotros porque su corazón se entristece.»
«Abraham lloró por Sara; lloró José cuando se arrepintieron sus hermanos, lloró Jeremías la condi¬ción apóstata de su patria, lloró David la ruina de Absalón, lloró Pedro su dolorosa caída, lloró la peca¬dora a los pies del Señor, lloraron reyes la pérdida de sus tronos. Y lloró nuestro Salvador, consagrando las lágrimas como un privilegiado cristiano».
He aquí un bello párrafo, también del doctor Rodríguez, con una reiteración basada en diversos aspectos de una misma persona, Cristo: «Nuevamente nos hallamos ante el Maestro. Ante Maestro con letra mayúscula. Nos hallamos ante el divino Rabí y Salvador Jesucristo.»
7°. Reiteración al final de los períodos.
A veces, la palabra que se repite puede ser colocada al final de cada período, produciendo también un interesante efecto de reiteración. He aquí un ejemplo de un autor cubano:
«Percibimos por hábito, imaginamos por hábito, sentimos por hábito, decidimos por hábito, y nuestro carácter es el conjunto de nuestros hábitos».
Obsérvese en este ejemplo cómo la frase final redondea y concluye el párrafo; expresando la aplicación general de las afirmaciones anteriores que concluyen todas con la palabra hábito.
8º. Al principio y al fin de los períodos.
Esta forma es más rara, pero puede observarse ejemplo que se hace incisivo por medio de preguntas:
«¿Quién quitó la vida a su propia madre? ¿No fue Neron? ¿Quién hizo expirar con veneno a su maestro? El mismo Nerón. ¿Quién hizo llorar a la Humanidad? Sólo Nerón».
En este párrafo la clave del énfasis es el propio nombre. Pero la palabra Nerón es presentada de formas diversas, mediante «fue», «el mismo» y «sólo».
Es esta variedad de formas, al par que las preguntas, lo que da belleza al párrafo.
9.° Comenzar una frase con la palabra o idea con que terminó la anterior.
He aquí un ejemplo de esta forma retórica en la segunda epístola de San Pedro, cap. 1, vers. 5-7:
«... vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, mostrad en vuestra fe virtud, en la vir¬tud ciencia, en la ciencia templanza, en la templanza paciencia, en la paciencia temor de Dios y en el te¬mor de Dios amor fraternal y en el amor fraternal caridad...»
O este otro del apóstol San Pablo:
«Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, se resucitará en incorrup¬ción.
»Se siembra en deshonra, se resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo animal, resucitará en cuerpo espiri¬tual; hay cuerpo animal y cuerpo espiritual... Cual el terrenal, tales también los terrenales, y cual el celestial, tales también los celestiales; y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos la imagen del celestial» (1.a Cor. 15:42-44 y 48-49).
Podemos observar en todos estos ejemplos cómo la retórica, cuando es fruto de una convicción sin¬cera (como ocurre en el caso de los escritores apos¬tólicos), no es una simple música de palabras, sino una reiteración que sale de dentro del corazón y enfatiza las verdades que se procura expresar.
10º. Relación de la homilética con la elocuencia.
Como hemos dicho al principio, la homilética pa¬rece ser enemiga de la elocuencia, ya que la ciencia homilética frena, detiene, marca senderos al predi¬cador y le obliga a volver al camino cuando éste ha alcanzado fogosamente su imaginación tras un bello párrafo oratorio. Pero la verdad es que la homilética representa el mejor apoyo de la oratoria.
Volviendo a la comparación que expresábamos al principio, diremos que la homilética es tan útil y esencial a la oratoria como el esqueleto lo es del cuerpo. ¿Qué sería, en efecto, nuestro cuerpo, sin el esqueleto que lo sostiene? Un montón informe de carne sin belleza ni estética alguna.
Así son los sermones que el autor ha tenido a veces que sufrir, escuchándolos de labios de predicadores fogosos y bien intencionados, pero faltos de los necesarios cocimientos de homilética.
Hablaban, gritaban, gesticulaban y se entusiasmaban diciendo «cosas buenas»; pero la gente decía después, en nuestro expresivo catalán: «Saps lo mateix quan ha comencat com uan ha acabat» (Sabes lo mismo cuando empieza que cuando acaba).
Porque lo cierto es que el mismo predicador no sabía por dónde andaba. Lo curioso del caso es que tales predicadores escriben a veces sus bosquejos y los traen al pulpito. Pero son bosquejos disparatados, sin orden lógico alguno, no forman un esqueleto ordenado, siguiendo un plan; sino que son un conjunto de frases de las que ellos mismos se han enamorado y las escriben como punto I, punto II, punto III del bosquejo, aun ando no tengan relación lógica entre sí. Solamente les sirven para alargar el sermón, saltando de una frase a otra; no para dar al mensaje un sentido planificado.
Algunas veces hemos recomendado a algunos predicadores enamorados de la retórica, pero faltos de homilética: «Ponga una cinta magnetofónica en operación y escúchese a sí mismo, después, a solas, procure seguir el hilo de su propio sermón y verá que no puede. Se dará cuenta de los saltos de pen¬samiento que se ha visto obligado a hacer por falta de plan.»
Sin embargo, hemos tenido que decir a otros: «No se limite a presentar un esqueleto en el pulpito, pues la gente espera y necesita algo más.» Hay predica¬dores hábiles para escribir un buen bosquejo, pero que son incapaces de revestirlo con la carne y los músculos necesarios para darle cuerpo.
Debemos decir que abundan más los predicadores del primer ejemplo que del segundo, sobre todo entre la raza latina, ya que nuestra idiosincrasia es de gente habladora. Al famoso orador Emilio Castelar daba placer oírlo, pero se dice que la Cámara de los Diputados temblaba cuando se ponía en pie, pues nadie sabía cuándo iba a terminar. Es mucho peor con los malos «Castelares» que conocemos.
El discurso oratorio es un arte de buena propor¬ción. Es necesario revestir de carne el esqueleto en cada una de sus partes; pero no con exceso en nin¬guna de ellas ni tampoco en su totalidad. En el cuer¬po oratorio, como en el cuerpo humano, es peor cuan¬do el exceso es parcial que cuando es total.
Recordamos a un predicador que a veces (no siem¬pre) traía al pulpito bosquejos bastante aceptables, y cuando anunciaba su plan, o nosotros lo preveía¬mos, esperábamos oír un buen mensaje.
Pero ocu¬rría, por lo general, que ponía tanta carne en el primer punto o en los dos primeros; es decir, habla¬ba tanto, extendiéndose en frases retóricas (que mu¬chas veces poco tenían que ver con el mensaje), que al llegar a los últimos puntos, los mejores y que más se prestaban a una enseñanza espiritual, tenía que apresurarse por el imperativo del reloj, a fin de evitar que algún diácono impaciente apretara desde el vestíbulo el botón eléctrico que iluminaba el letrerito del pulpito que decía: «Su tiempo ha terminado»; y así nos dejaba contristados y vacíos.
En cambio, hemos oído de otro predicador joven y de tendencia modernista, quien se limitaba a leer muy lentamente, con muy poco comentario y pasaba un martirio, haciéndolo pasar también a sus oyentes, con su hábito de mirar a cada momento su reloj de pulsera para cerciorarse de que ya fa
XIII- La elocución del sermón
Muletillas. — El predicador que no se ciñe es¬trictamente a un manuscrito, sino que predica con un simple bosquejo o sin él, se ve obligado a cons¬truir en el mismo pulpito muchas frases del sermón.
Muchas de ellas habrán sido pensadas de antemano durante el estudio y volverán a la mente del predi¬cador por asociación de ideas, pero muchas tendrán que ser improvisadas en el mismo momento de la predicación, y si el predicador no viene muy bien preparado, encontrará dificultad en formular las fra¬ses con la rapidez requerida.
En tal caso corre gran peligro de introducir palabras de significado vago, que se avienen a toda clase de conceptos y se llaman «muletillas», o sea, apoyos que permitan al predi¬cador descansar un instante para buscar las palabras que le conviene hallar.
Hay personas que se hacen insoportables por el gran abuso de muletillas que usan en la misma conversación, y no menos pesado se hace el orador que cae en el hábito de usar al¬guna de tales muletillas con excesiva frecuencia du¬rante la predicación. He aquí una lista de las
MULETILLAS MÁS USUALES
«Precisamente», «verdaderamente», «ciertamen¬te», «sencillamente», «de cierto», «en verdad», «grandemente», «oportunamente», «maravillosamente», «amigos míos», «queridas almas», «queridos hermanos», «en vista de esto», «en razón de lo dicho», «¿entendéis ahora?», «sabemos, pues», «comprénde¬los», «podemos pensar», «podemos estar seguros», podemos «afirmar», «podemos creer», «es necesario suponer», «en conciencia», «con toda verdad», «con toda certeza», «es innegable», «lo cual».
A veces se convierte en muletilla la repetición frecuente de un texto bíblico o de la línea de un himno. Hay predicadores que no pueden terminar un sermón sin tratar de demostrar la absoluta perdición de la insuficiencia humana por medio de la frase de Isaías: «Todas nuestras injusticias son como trapos de inmundicia», o bien: «Pasóse la siega, acabóse el verano y nosotros no hemos sido salvos.» Frases que a causa de su alto simbolismo resultan incomprensibles para el oyente nuevo y, por lo tanto, debieran evitarse, si no hay la oportunidad de explicar la figura.
Spurgeon fue advertido por un crítico, quien cada domingo dejaba sus observaciones escritas sobre su púlpito, del gran abuso que hacía de las siguientes líneas del himno:
Ningún precio traigo a ti,
Mas tu cruz es para mí.
Spurgeon reconoció la verdad de la crítica y nos dice que se esforzó en no abusar de una estrofa tan apropiada y de gran significado, pero que al ser repetida en tantos de sus sermones había llegado a perder gran parte de su valor para sus habituales oyentes.
En las oraciones, las muletillas más corrientes y la propia mención del nombre del Señor, que algunas veces se repite de un modo realmente abusivo, resultando, sin darse cuenta, un quebrantamien¬to del tercer mandato del decálogo.
Otros recurren a una muletilla más larga aña¬diendo algún adjetivo al nombre del Señor como «Pa¬dre de misericordia», «Padre amantísimo», «Señor todopoderoso», expresiones que repiten docenas de veces en unos minutos.
Todas las palabras y frases que hemos citado, y muchas más que podríamos añadir, son correctas y útiles usadas alguna vez en el lugar que les corres¬ponde, pero se convierten en fastidiosas muletillas tan pronto como se hace de ellas un uso abusivo. El predicador debe velar sobre sí mismo para evitar tales hábitos viciosos, y debe aun enseñar a sus miembros a evitarlos si es posible.
PRONUNCIACIÓN Y ENTONACIÓN
A la corrección de estilo sigue en importancia la buena elocución, o sea, la correcta pronunciación y entonación del sermón.
Spurgeon dice al respecto:
«Empieza a hablar con calma y sin levantar ex¬cesivamente la voz desde el principio. Ya vendrá la ocasión de hablar con calor en el curso del sermón. Sin embargo, principia con aire decidido, como el que está seguro de que tiene algo importante que comunicar, y asegúrate de que el volumen de voz es suficiente para que los que están sentados en los últimos bancos puedan oír desde la primera palabra.»
Aspira profundamente en las pausas, para que la falta de aire no te obligue en los párrafos largos a apresurarte y bajar la voz.
Articula las palabras distintamente. Procura co¬rregir los defectos de pronunciación regional. Los ingleses tienen sus propios defectos regionales. En cuanto a nosotros, podemos notar: las vocales abiertas, en los predicadores catalanes; la z en lugar le s y la falta de terminación de muchas palabras, entre los de origen andaluz.
Tanto unos como otros pueden, con perseverancia y esfuerzo, lograr hablar buen español. No es excusa el origen regional del predicador para no esforzarse a tal respecto. Todos deben esforzarse en conseguir la pronunciación correcta y completa.
Acostúmbrate —dice el Dr. Blackwood— a poner las pausas en el lugar que les corresponde. Tanto en textos bíblicos como los propios párrafos del sermón resultan mucho más comprensibles para los oyentes si el predicador los pronuncia con las pausas adecuadas. Haz la prueba con los siguientes textos, pronunciándolos, primero de corrido o como tienes por costumbre, y luego poniendo atención a las pausas según se indica. Mateo 11:28
«Venid a Mí (pausa) todos los que estáis traba¬dos y cargados (pausa) y Yo os haré (ligera pausa) descansar» Juan 4:8
«Dios es (pausa) amor.» Nótese la diferencia en el texto tan breve si se pronuncian las tres palabras de corrido sin hacer la pausa que se indica, si se pone antes del verbo «es». En tal caso la solemne frase perderá sentido, porque, sobre todo los oyentes de los últimos asientos, la percibirán como «dioses amor», expresión sin significado alguno. Juan 5:24
«De cierto, de cierto os digo (pausa): El que cree en Mí (.pausa ligera) tiene (pausa) Vida Eterna (.) y no vendrá (pausa ligera) a condenación (pausa), mas pasó (pausa ligera) de muerte a vida» (.). Isaías 1:18
«Venid luego (pausa ligera), dirá Jehová (pausa), y estemos (pausa ligera) a cuentas (pausa). Si vues¬tros pecados fueren (pausa ligera) como la grana (pausa), como la nieve (pausa ligera) serán emblan¬quecidos (pausa); si fueren rojos (pausa ligera) como el carmesí (pausa), vendrán a ser (pausaj como blan¬ca lana.»
Hágase la prueba de alterar las pausas aquí se¬ñaladas y se verá cómo se empeora la dicción y, por ende, la buena comprensión del oyente.
En las pausas marcadas como ligeras la voz debe mantenerse pronunciando la última sílaba más larga que las demás, mientras que en las pausas normales debe detenerse la voz en la forma acostumbrada cuando hallamos una coma en el escrito.
Al pronunciar frases muy solemnes y de amones¬tación y en todas las de alabanza a Dios, citas de la Sagrada Escritura, etc., la atención a las pausas es de gran importancia. En el calor del discurso y de la argumentación el predicador no podrá prestar tanta atención a las pausas; pero si está habituado a observarlas de un modo correcto al hablar des¬pacio y con solemnidad, lo hará instintivamente al hablar aprisa.
El sentido común, más que las reglas, ha de ser su guía al respecto. Si no se detiene sino en las puntuaciones propias de la peroración, puede privar a su público de parar atención a ciertas pa¬labras principales y producir la desagradable sensa¬ción de que está recitando su discurso como apren¬dido de memoria.
Si, por el contrario, hace sus fra¬ses demasiado cortas o pone las pausas en lugar indebido, corre el peligro de hacerse pesado a los oyentes, dando la impresión de un niño que empieza leer.
Predicadores bastante cultos producen a veces esta impresión cuando, pretendiendo hacerse solemnes, en el algún período del sermón apelan al curso de las frases cortas. El público inteligente: se da cuenta a la legua de cuando las frecuentes pausas y frases cortas son naturales y tienen como razón la solemnidad del mensaje, o cuando obedecen simplemente a la falta, de palabras o a la vanidad del predicador.
VELOCIDAD EN LA DICCIÓN DEL DISCURSO
¿Qué es preferible en el predicador, la predicación rápida, o la dicción lenta y pausada?
No puede darse regla fija al respecto, porque su conveniencia depende de muchos factores. En primer lugar el temperamento del predicador. Hay predica¬res a quienes por su carácter les caería mal la predicación pausada. Parecería un fingimiento, para los que conocen al predicador en la intimidad.
Otro factor determinante de la velocidad es la clase de sermón y los diversos períodos del mismo, ningún predicador sensato pronunciará su sermón desde la primera frase hasta la última a la misma velocidad, ya que con ello daría la sensación de que está recitando.
Como indicamos en la cita de Spurgeon, es necesario empezar a paso moderado y aumentar naturalmente la velocidad al hablar con mayor vehemencia. Cuando lleguéis a alguna frase que seáis que el oyente recuerde bien, parad el ritmo del discurso y pronunciad aquella frase con calma, o da una sensación de alivio a la mente de los oyentes, sobre todo si el predicador es fogoso y ya ha hablado largo rato a gran velocidad.
Spurgeon acostumbraba hablar a razón de 140 palabras por minuto según su taquígrafo. La predica¬ción por la radio suele hacerse a razón de 120. Estos datos se refieren a palabras de lengua inglesa.
Las palabras españolas suelen ser más largas, y el nú¬mero de ellas es inferior, excepto en predicadores muy fogosos. La predicación por la radio suele ser más regular que la del pulpito, debido a que la au¬sencia del auditorio priva al orador del entusiasmo que produce un público atento.
XVI- La actitud y el gesto
Spurgeon dedica dos capítulos de su obra más popular sobre la predicación, al estudio y crítica del gesto en los predicadores. Pero creemos que no es necesario hacerlo con tanta extensión en este libro. Con decir que debe suprimirse todo gesto raro o ri¬dículo y cultivar la naturalidad, está dicho todo lo esencial.
El gesto ridículo suele producirse por las siguien¬tes causas:
1.a El temor. El predicador se siente objeto de todas las miradas y busca alivio en alguna acción, llevado por su nerviosismo.
2.a La dificultad para encontrar la palabra ade¬cuada. Un predicador levantaba la cabeza e intro¬ducía dos dedos en el cuello de la camisa, paseán¬dolos alrededor, cada vez que sentía dificultad para hallar una palabra. Otros practican la fea costumbre de rascarse la cabeza, dando la falsa sensación de hallarse atormentados por parásitos. A los más les sobreviene una tos seca, forzada, artificial, que, al ser repetida constantemente por un predicador que no padece catarro ni tuberculosis, denuncia a la vis¬ta de todos que el motivo está en la mente y no en los bronquios del orador.
3.a El simple hábito, sin razón determinante alguna, es muchas veces suficiente para crear y perpetuar un gesto ridículo en ciertos predicadores.
He aquí algunos de los principales:
GESTOS Y ACTITUDES IMPROPIAS
a) Balancear el cuerpo de un lado a otro del púlpito en un movimiento que Spurgeon llama de péndulo.
b) Levantar las hojas de una punta de la Biblia, rozándolas con el dedo, como si estuviera buscando el número de una página que no encuentra.
a) Romper la Biblia a puñetazos a cada pensamiento pronunciado con énfasis. Lutero tenía tal hábito de golpear el pulpito, que se muestra todavía en Eisenach una gruesa plancha de madera que rompió «golpeando un texto».
d) Ponerse una mano en el bolsillo y para aliviar la tensión nerviosa mover algún objeto escondido en el mismo, una llave, calderilla, etc. Lo más desastroso de este hábito es cuando el predicador produce ruido con dichos objetos, distrayendo la atención de los oyentes. Hace medio siglo había un pastor en Barcelona que era notable por esta perniciosa costumbre, que todos sus buenos miembros lamentaban, pues con ello distraía la atención y producía una impresión muy desagradable a los nuevos oyentes, como si quisiera hacer ostentación del dinero que llevaba en el bolsillo.
é) Colocar ambas manos en la cintura, en la actitud que en el lenguaje vulgar se denomina «en jarras», parece un gesto demasiado vulgar y excesivamente ridículo; sin embargo, algunos oradores han llegado a adoptarlo en ciertos momentos de nerviosismo.
f) Levantar la palma de la mano izquierda y mirarla fijamente como si en ella estuviese escrito el sermón, es un gesto ridículo en el que han incu¬rrido varios predicadores. Spurgeon cuenta de uno que tenía además la costumbre de tocar el centro de la mano con el índice de la derecha como si tra¬tara de horadarla.
g) Pasar el dedo meñique sobre las pestañas cuando falla la memoria ha sido costumbre de mu¬chos predicadores importantes, pero debe evitarse si se convierte en hábito.
h) Levantar ambas manos a un tiempo es una actitud que no tiene nada de grotesco si no es exa¬gerada. Rafael pintó a San Pablo en esta actitud, predicando en Atenas, pero puede resultar ridícula si se repite con exceso. Es más natural levantar una sola mano con el índice en alto y moverla al compás de la frase. Pero aun esta acción tan natural, si se repite constantemente y no sólo en los momentos adecuados, que son al pronunciar consideraciones sentenciosas, resulta petulante.
Este mismo gesto, tan común en los buenos pre¬dicadores y el más adecuado para muchos períodos del sermón, resulta empero inadecuado en una exhor¬tación muy vehemente, para la cual es más propio levantar las dos manos.
i) Una acción no permisible en ningún caso, pero en la cual han caído algunos predicadores, es la de cerrar el puño o a veces ambos puños y levantarlos en alto como si amenazaran con ellos a la concu¬rrencia.
j) Apoyarse sobre la Biblia, extendiendo el cuer¬po hacia adelante como para lanzarse sobre los oyen¬tes, era una actitud característica y común de Juan Knox, que resultaba natural y adecuada para el ve-hementísimo reformador (véase el último grabado sacado de un dibujo de la época), pero que de ningún modo conviene a un predicador moderno si no es en un momento de gran emoción, que no en todos los sermones ha de producirse.
LA RIGIDEZ
Hay muchos predicadores que por temor a caer en gestos ridículos apenas gesticulan al predicar, ateniéndose en una pose rígida, calculada y fría, que en nada ayuda a la comprensión del sermón, ni habla mucho en favor de la misma sinceridad del predicador. Se cuenta a este propósito de un predicador anglicano, el cual preguntó a un popular dramaturgo:
—¿Cómo es que diciéndoles la verdad de Dios el pueblo no acude a escucharme y concurre en masa oír a usted que sólo representa farsas imaginarias?
A lo que respondió, muy acertado, el actor teatral:
—Es muy sencillo: Usted habla de la verdad como si fuese mentira, y yo presento la mentira como si fuese verdad.
La gesticulación es muy útil en el sermón para dar énfasis y comprensión al mismo, siempre que se practica acertadamente y con moderación.
GESTOS INOPORTUNOS
Una de las peores calamidades gesticulatorias del predicador es el gesto inoportuno. Parece imposible, pero algunos predicadores han adolecido de este defecto. El gesto no corresponde con la frase o pensamiento en el mismo momento que se pronuncia.
Spurgeon refiere de un evangelista que pronunciaba las palabras «Venid a Mí todos los que estáis trabajados, etc.» con el puño levantado, y ponía énfasis en la última frase del texto «yo os haré des¬cansar», con una enérgica evolución del puño en alto. Es fácil comprender el efecto contraproducente de este gesto tan poco adecuado a la frase que pre-tendía subrayar.
El predicador debe estar alerta sobre sí mismo para desarraigar cualquier hábito impropio, tanto de fraseología como de acción. Como todos los hábitos, es muy fácil suprimir un gesto ridículo al principio, pero cuesta mucho si se hace viejo. Cada predica¬dor debe tener advertidos a sus íntimos de que le avisen si observan en él algún hábito anormal, y pro¬curar corregirlo inmediatamente.
Que ningún predicador se deje empero intimidar por el temor de incurrir en gestos inadecuados, que sea natural, que exprese las cosas como las siente, accionando según sea su costumbre en la conversa¬ción, excepto en frases de exhortación sentenciosa que raramente ocurren en la conversación vulgar.
El predicador es un servidor y un profeta de Dios y no un actor; por lo tanto, no debe, como éste, exa¬gerar el gesto. Ningún gesto es malo si es suyo, es decir, algo natural de su persona en el hablar común.
Solamente en el caso de un gesto muy desacertado, cuando corre el peligro de repetirlo para toda clase de frases convirtiéndose en hábito, es que debe mi¬rar de corregirlo. Pero como esto ocurre a los pre¬dicadores con excesiva frecuencia, por esto son necesarios estas advertencias y el estudio del gesto en los seminarios y escuelas bíblicas.
COMO CORREGIR EL GESTO Y LA DICCIÓN
En ciertos colegios de predicadores se corrigen los defectos del orador sometiéndole a la crítica de sus compañeros, en la siguiente forma:
El profesor distribuye hojas que contienen una descripción de todos los juicios posibles que puede merecer el predicador a sus oyentes, y cada estudiante subraya de la lista lo que le parece aplicable al compañero predicador, el cual puede ver la impresión que ha causado a la mayoría de sus oyentes por medio de las hojas referidas.
Juicio crítico del predicador X.
Actitud general: ¿Descuidada? ¿Tiesa? ¿Cabeza atrás? ¿Inclinado adelante? ¿Manos en los bolsillos? De puntillas? ¿Movimiento oscilante del cuerpo?
Actitud con respecto a los oyentes: ¿Pretenciosa? De superioridad? ¿Indiferente? ¿Egoísta? ¿Absorbido en el sermón?
Expresión facial: ¿Dura? ¿De estatua? ¿Cruza el entrecejo? ¿Muecas con la boca? ¿Enseña los dientes?
Los ojos: ¿Fijos en el espacio? ¿Mira a menudo el techo? ¿Al suelo? ¿Los fija en alguna puerta, ventana u otro objeto del local?
Primeras palabras del sermón: ¿Demasiado altas de tono? ¿Demasiado fuertes? ¿Demasiado débiles? Demasiado rápidas? ¿Indistinguibles? ¿Con expresión de enfado? ¿De timidez?
Voz: ¿De garganta? ¿Nasal? ¿Chillona? ¿Mono¬na? ¿Normal?
Alientos: ¿Respira poco? ¿Incluye demasiadas palabras entre respiración y respiración? ¿Queda sin aliento? ¿Rompe la frase para respirar?
Volumen: ¿Insuficiente para la sala? ¿Insuficiente al principio? ¿Excesivo al final? ¿Demasiado débil al final? ¿Baja la voz al final de párrafo?
Tono: ¿Demasiado alto al empezar? ¿Monótono? ¿Soporífico? ¿Olvida los cambios de tono?
Velocidad: ¿Demasiado aprisa al principio? ¿Demasiado despacio en general? ¿Poca variación de velocidad en el curso del sermón? ¿Poca variación entre discurso y discurso?
Fraseología: ¿Frases demasiado largas? ¿Ídem cortas? ¿Pausas impropias?
Pronunciación: ¿Correcta? ¿Erres demasiado fuer¬tes? ¿Ídem débiles? ¿Con sonido de G? ¿Faltas entre B y V? ¿Vocales abiertas? ¿L demasiado pronun¬ciadas con la lengua apretada al paladar? ¿Omite por provincialismo consonantes al final de palabras? (ejemplo: Madrí por Madrid). ¿Las sustituye por otra letra? (ejemplos: Madriz por Madrid; R por L, en curto por culto, arto por alto; J o X por Y, en cuyo, cayado, coyuntura (cuxo, caxado, cojuntura o coxuntura).
Énfasis: ¿Lo pone equivocadamente en palabras que no lo requieren? ¿Deja de ponerlo en pala¬bras que lo necesitan? ¿Demasiado énfasis para ga¬nar tiempo? ¿Demasiado poco, a estilo de recitación?
Gestos: ¿Poco movimiento? ¿Excesivo? ¿Empieza a gesticular demasiado pronto? ¿Demasiados gestos iguales? ¿Demasiado mover la mano de arriba a abajo? ¿Gestos espasmódicos impropios? ¿Demasia-do índice doctoral? ¿Uso normal y correcto del ín¬dice? ¿Puño apretado? ¿Movimientos de charlatán con ambas manos?
El estudio de las observaciones de los oyentes sobre una lista semejante es muy útil al predicador, por lo que recomendamos a los que nunca han pasado por esta prueba en un Seminario se sometan a ella poniendo esta lista en manos de la esposa o de ami¬gos íntimos, de percepción aguda y buena compren¬sión.
Sin embargo, queremos repetir con Spurgeon: «No se deje el lector intimidar por estos detalles temiendo a cada paso el ridículo. Corríjase de algún defecto grave si tiene de ello necesidad; pero olvide los juicios del público al dar el mensaje de Dios. "La vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido", dice Jesús.
Del mismo modo, la parte espiritual del mensaje es más que estos detalles. Predicadores correctos en sus maneras pueden ser muy pobres espiritualmente o en contenido del sermón, y predicadores cargados de defectos de expresión han sido grandes profetas de Dios.
Pero si es posible alcanzar ambas cosas, mayor será nuestra eficacia y más alto el crédito de la gloriosa causa que defendemos.» Tratemos de servir a nuestro adorable Señor con los mejores dotes que El mismo nos ha concedido y usémoslas del modo más adecuado y eficaz posible.
CONCLUSIÓN:
El predicador en el púlpito, proclama la palabra de Dios por mandato divino. Los mensajes deben buscar el interés y la transformación con la finalidad de Salvación. Por esto debe ser hombre convertido, debe haber descubierto su vocación ministerial y aún amar profundamente a los perdidos. Sin olvidar que el ministerio conlleva la Cruz.
Por otra parte debe ser capaz de comunicar el mensaje de la Biblia, a su vez informar, convencer y persuadir a la audiencia, siendo capaz de seleccionar los temas que sean importante y necesario.
El predicador no puede perder de vista que todo debe ser puesto antes en oración. Ser optimista y no pesimista es lo que le conviene a la audiencia. Tomar un temperamento medio, ni intelectual ni emocional, buscando a su vez trasmitir un espíritu de convicción y nunca de duda respecto de la verdad.
No usar en el púlpito demasiadas bromas ni tampoco ser muy escandaloso (en el tono de la voz), siendo capaz de presentar su sermón en un tiempo prudente para que sea efectivo a la audiencia. Y por su puesto nunca avergonzarse del evangelio "...porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree;..." (Rom. 1:16)


BIBLIOGRAFÍA
Hacia una predicación comunicativa......... Dr. Rubén Gil
Discurso a mis estudiantes......................... Spurgeon
Historia de la predicación cristiana ............Alfredo Ernesto García
Púlpito Teología y Esperanza.......................Samuel Pagan
Curso obrero Instituto Baxter
Rev. Samuel Vila

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada